España - Galicia

Inhalando esencias de tango

Julián Carrillo
martes, 24 de mayo de 2011
Astor Piazzolla Astor Piazzolla
A Coruña, viernes, 13 de mayo de 2011. La Casa de los Peces (Aquarium Finisterrae). De ContraBando (Alejandro Szabo, bandoneón; Diego Zecharies, contrabajo). ‘Todo Piazzolla’, programa: Contrabajeando; Quejas de Bandoneón; De tal Palo; La casita de mis viejos; Escualo (con la colaboración de Raymond Arteaga, viola); Los poseídos; Kicho; Oblivión; y Nostálgico. Festival Mozart. Ciclo Festival en el Mar
0,000262 De todos los posibles lugares en los que se puede asistir a un concierto, es difícil encontrar uno más extraño y surrealista que el acuario de un museo científico. De entrada, asombra la extraña lividez de la luz artificial que ilumina fantasmalmente la sala desde el interior de los tanques. Luego, el incesante zumbido de las bombas que hacen circular para su depuración el agua de los tanques hace dudar sobre si se podrá tener una correcta audición. También es curiosa su disposición espacial como sala de conciertos: el público queda separado por las gradas y dividido en dos grupos que forman un ángulo recto y los músicos se sitúan en el cruce de ambas perpendiculares. Resulta casi doloroso el contraste entre los curvos movimientos de los animales, en el continuo deambular por su prisión, con tanta y tan abrumadora perpendicularidad de planos y rectas.

Abducido por ese extraño ambiente andaba, cuando el aplauso de bienvenida a los músicos me sacó de mis cavilaciones y las síncopas de Contrabajeando lograron enderezar cuerpo y atención. Por poco tiempo: el ambiente sonoro creado por Szabo y Zecharies y la nostalgia de Quejas de bandoneón excitó a “la loca de la casa” y allá se perdió definitivamente cualquier derechura de cuerpo y espíritu. Por las características de su insólita composición como dúo y la limitación armónica de sus instrumentos, DeContraBando somete al tango a un proceso de extración de esencias más cercano a la sublimación que a la destilación .

Del mismo modo en que Piazzolla convirtió el tango de cabaré en su esencia de concierto, DeContraBando transforma la música del discípulo-descubrimiento de Nadia Boulanger en un vapor que se disuelve en el ambiente para transportar a quienes los escuchaban -tal vez con la apreciable ayuda del ambiente - de la solidez sonora del zumbido de las bombas de agua al vaporoso y ensimismado estupor de “respirar” la música del Río de la Plata. O de acoplarse a los suspiros del bandoneón -primero entrecortados y más tarde amplios y llenos de ansiedad- hasta sentirlos como propios en su versión de De tal palo. Y llegar a sentir la fusión-confusión de los sentidos cuando las primeras notas de La casita de mis viejos sonaron elegantes, lentas y serenas como la procesión del solemne cardumen de lubinas en la pecera, para ondularse luego como las morenas al introducir su viscoso cuerpo en los huecos de las piedras del tanque, en unas madrigueras más soñadas que reales.

Y fue entonces, en ese bendito estado que está a sólo unos centímetros de la enajenación -o segundos; que eso no consta en los manuales-, cuando desde el interior de mi cabeza surgió clara la voz de un buen amigo y aficionado porteño diciendo “Estos locos han debido de amaestrar a los peces, che”. Razón no le faltaba: cuando tocaron Escualo con la colaboración de Arteaga, se pudo sentir la presencia cercana y amenazante de varias filas de afilados dientes triangulares. Algo bien turbador cuando se sabe que los tiburones y otros selacios nadan en la pecera-circuito de la sala Nautilus, a decenas de metros de donde nos encontrábamos.

Cuando las piezas finales volvieron a potenciar la imaginación, imágenes del Estuario del Plata volaron por el interior de muchas cabezas. En una sucesión tan imparable y poderosa como las mareas, potenciada con la interpretación de Nostálgico, se alternaron serenidades e inquietudes. Fuera de programa, DeContaBando nos regaló -en el más noble sentido de la palabra- con Libertango, otra vez con la colaboración de Arteaga, como final de una noche de fuerza, aromas y esencias. Como colofón de un concierto que, al volar sus intérpretes por encima de las características de la sala, pudo gozarse más allá de la música misma.
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