Alemania

Los últimos serán los primeros Maestros de Katharina

Eduardo Benarroch
viernes, 26 de agosto de 2011
Bayreuth, sábado, 30 de julio de 2011. Bayreuther Festspielhaus. Die Meistersinger von Nürnberg (estreno, Múnich, 21.06.1868) de Richard Wagner. Dirección de escena: Katharina Wagner. Escenografía: Tilo Steffens. Vestuario: Michaela Barth y Tilo Steffens. Elenco: James Rutherford (Hans Sachs); Burkhard Fritz (Walther von Stolzing); Norbert Ernst (David); Michaela Kaune (Eva); Carola Guber (Magdalene); Georg Zeppenfeld (Veit Pogner); Charles Reid (Kunz Vogelgesang); Rainer Zaun (Konrad Nachtigal); Adrian Eröd (Sixtus Beckmesser); Markus Eiche (Fritz Kothner); Edward Randall (Balthasar Zorn); Florian Hoffmann (Ulrich Eisslinger); Stefan Heibach (Augustin Moser); Martin Snell (Hermann Ortel); Mario Klein (Hans Schwarz); Diógenes Randes (Hans Foltz); Friedemann Röhlig (Ein Nachwächter) – Coro del Festival de Bayreuth (Eberhard Friedrich, director del coro). Orquesta del Festival de Bayreuth. Director de orquesta: Sebastian Weigle. Festival de Bayreuth 2011. Aforo al 100%
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Cinco años han pasado desde que Katharina hiciera su debut en el Festival de su papá Wolfgang, y en esos cinco años muchas cosas han sucedido. Sus padres Wolfgang y Gudrun no se encuentran más con nosotros y el festival está en manos diferentes, las de Eva y Katharina Wagner. Pero el mensaje coherente de Katharina sigue vigente, si bien con ciertos reparos. Este es el último año de esta producción, que dio mucho que hablar por sus ingeniosas y divertidas ideas, por ejemplo la de los cabezudos; y aun más importante, por el aburguesamiento de Hans Sachs, el carácter que hasta esta producción era el que más se hacía querer de todas las creaciones wagnerianas.

Nunca más. Katharina de un plumazo le ha quitado redondez y le ha descubierto ángulos peligrosos que cortan y hieren. El público reaccionó como era de esperar, con enojo, ¿cómo se atrevía una descendiente del gran Richard Wagner hacer eso con la obra preferida de su padre Wolfgang? Los abucheos duraron cinco años, pero la obra sobrevivió esos abucheos porque el mensaje de Katharina era válido, no era contra Hans Sachs sino contra la sociedad que había creado un mito. Hans Sachs (al igual que Titurel) era para ella “ein Mensch wie alle”, un ser humano como todos, y por esa misma razón era él quien sufría en carne propia el amor de Eva por otro y también quien se refugiaba en el arte hasta osificarlo y convertirlo en una religión. Nadie discutía su talento como poeta y como hombre de bien, pero tampoco era un superhombre.

Pero la mira del cañón de Katharina apuntaba también hacia un sistema que creaba esos mitos, un sistema educacional rígido que no daba espacio para pensar excepto de una forma, la correcta, y cualquier otra era vista con sospecha y hasta con enojo. Para los lectores que leen acerca de esta producción por primera vez haré un pequeño resumen de lo que considero más importante.

 

 

La acción transcurre en una academia de arte donde los maestros son profesores y los aprendices alumnos. En esa academia aparece dentro de un piano Walther von Stolzing, un pintor hippy que exhibe sus pinturas a los Maestros Cantores y de paso causa un montón de desarreglos, como sacar las teclas del piano. Beckmesser es un profesor pedante joven que se da más valor que el que tiene, simplemente porque ha leído mucho. Las cosas tienden a cambiar radicalmente hacia el final del segundo acto, cuando Walther pasa de hippy a burgués y Beckmesser de pedante a esclarecido. Esto no es visto en su totalidad hasta el final de la ópera, cuando se ve a Sachs como un sacerdote vestido de traje negro frente al cordero de oro oficiando al coro y a Beckmesser vestido de sport a un costado, horrorizado por este inesperado resultado. En medio se habían visto a los cabezudos, seres con enormes cabezas de figuras importantes en el arte alemán: Goethe, Schiller, Beethoven y Wagner por ejemplo. Katharina culpaba al sistema educativo con una trompada al estómago y aquellos que habían seguido ese mismo sistema se rebelaban contra ella.

Los decorados de Tilo Steffens eran usados continuamente, consistiendo en un enorme patio interior en el edificio con galerías por donde al comienzo aparecía Walther y sobre ese patio sucedía todo. En el tercer acto ese patio se convertía en el modernísimo departamento de Hans Sachs y por detrás aparecían los cabezudos para recordarle qué lugar debía ocupar el arte.

No creo que esta sea la última producción de Katharina de esta tan querida y también tan malentendida ópera, es posible que en unos veinte años algún lector de Mundo Clásico lea acerca de la nueva producción, ¡que quien sabe qué mensaje tendrá!

 

 

El elenco fue excelente, James Rutherford -al igual que el año anterior- demostró que no es un cantante de carrera fugaz, su Sachs lo tuvo todo: juventud, impetuosidad, reflexión y una voz redonda con dicción clarísima que convencieron al público. Georg Zeppenfeld fue un Pogner lleno de dudas, pero también resuelto y de voz feroz. Adrian Eröd fue el más pedante y puntilloso Beckmesser que he visto por muchos años. Eröd es un cantante joven, delgado que sabe moverse bien, y de paso que enuncia cada palabra con vigor y muy buena técnica. Todo esto lo convirtió en un héroe, a pesar de que la producción no los fabrica. Markus Eiche mostró un Kothner que se muere por las celebridades. Norbert Ernst cantó muy bien en todo el registro y actuó un obediente David, y Carola Guber fue una ejemplar Magdalena, de movimientos similares a Eva. Por su parte Michaela Kaune lució juvenil e impetuosa como Eva y de paso cantó con voz fresca y técnica segura.

Burkhard Fritz tuvo que seguir los pasos del creador de este especial Walther pintor y triunfó con una creación diferente a la del buen mozo Klaus Florian Vogt. Fritz lo convirtió en un personaje menos anárquico, menos exagerado y más aceptable, pero así también se perdió un poco de la ironía que Katharina había invertido en el rol. Fritz cantó con voz segura y plena, y sin ningún problema.

Como es costumbre el coro se lució mucho, cantando con fuerza y con sutileza y un color excepcional, y ojalá pudiera decir lo mismo de Sebastian Weigle, cuya lectura fue insípida, monocroma, monodinámica, de poco fraseo y una muestra de un director que necesita repensar su carrera.

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