España - Valencia

La madera mágica del bayán de Sofía

José-Luis López López
miércoles, 30 de noviembre de 2011
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Alicante, viernes, 23 de septiembre de 2011. Sala de Cámara del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA). Solista: Geir Draugsvoll, acordeón bayán. Solistas de Trondheim (Noruega). Øyvind Gimse, director artístico y violoncellista. Programa: Arne Nordheim, Nachruf (estreno en España). Emilio Calandín, Ten Minutes Without Time: Devenir (encargo del 27 FMA, estreno absoluto). Igor Stravinski, Concierto en Re. Sofia Gubaidulina, Fachwerk (estreno en España): con Geir Draugsvoll, acordeón bayán; y Anders Lougin, percusión. 27 Festival de Música de Alicante, Sección 'Rusia-España'
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Junto con el rumano Archaeus Ensemble, los Solistas de Trondheim (cuerdas de la Orquesta Sinfónica de Trondheim, Noruega, con el refuerzo del bayanista Geir Draugsvoll y del percusionista Ander Lougin en la obra “estrella” de la velada, Fachwerk, de Sofia Gubaidulina) han sido los únicos grupos no españoles de este 27 FMA, que se ha surtido de dos ensembles valencianos y uno vasco, más los músicos y orquestas oficiales del ámbito estatal español, radicados, en esta nación nuestra aún tan centralista en algunos ámbitos, en Madrid, y, por ello, más o menos cercanos a la “casa” (es decir, el Ministerio de Cultura y el INAEM). No hacemos con esto ni un reproche ni una alabanza, sino una simple constatación (tal vez se haya debido a que los ejecutantes han resultado así menos caros).

La ciudad de Trondheim (170.000 habitantes, con tendencia continua a crecer) es la capital de la provincia de Sør-Trøndelag, en el centro de Noruega, a 63º 25’ 45” de latitud norte, y en ella vive el 63% de la población provincial. No es de extrañar, pues, que en Trondheim se concentre la mayor parte de la vida cultural de su entorno (e incluso de todo el país, ya que es la tercera en número de habitantes, tras Oslo, cerca de seiscientos mil, y Bergen, medio millón; Noruega, en su conjunto, no alcanza los cinco millones): a su prosperidad económica y su alto nivel se añaden monumentos (la gran Catedral de Nidaros -antiguo nombre de la ciudad- de estilo gótico inglés, es el principal templo de Noruega y uno de los más grandes y famosos de todos los países nórdicos, es, por no extendernos, el principal de todos), e instituciones (la Biblioteca Pública, el Teatro de Trøndelag, el Museo de Arte, la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología -la segunda más grande del país-, el Colegio Universitario de Sør-Trøndelag -ambos centros docentes, con varios campus cada uno, atraen a numerosos estudiantes de toda Noruega, por lo que la población real de la ciudad es bastante mayor que la censada-, SINTEF, el Instituto de Investigación mayor de toda Escandinavia, el Centro interactivo de Ciencia, el Museo de Historia Natural y Arqueología, el Conservatorio y la Escuela Municipal de Música, el Festival multimusical de San Olaf, el Festival de Jazz, el Festival de Música de Cámara, la amplia comunidad musical de clásica, jazz y rock, que tiene como “buque insignia” la Sinfónica de Trondheim y, ligados a ella, los Solistas de Trondheim…), que nos dan una idea de la excelencia cultural de la ciudad, y, por lo que a esta reseña se refiere, de los intérpretes que nos visitaron en este penúltimo día del 27 FMA.

La Orquesta Sinfónica de Trondheim (Trondheim Symphoniorkester, TSO, en noruego) es heredera de la tradición musical de la ciudad, que en el siglo XIX era el punto focal de la música religiosa escandinava, en la Catedral de Nidaros y otros antiguos y esplendorosos templos. La TSO fue fundada en 1909 y ganó un gran impulso en 1930, año del jubileo de St. Olav (San Olaf), patrono de la nación. Desde 2009 estableció una estrecha cooperación con los Solistas de Trondheim, que funciona como un Ensemble autónomo. El director actual de la TSO es el polaco Krzysztof Urbanski.

Solistas de Trondheim (Noruega)

Por su parte, los Solistas de Trondheim fueron fundados en 1988, y su actual director, Øyvind Gimse, nombrado como tal en 2002, había sido solista de cello en la TSO. Es una de las formaciones jóvenes (promedio de edad de menos de 30 años) más excelentes del panorama internacional joven, y han conseguido numerosos galardones. Nuevas colaboraciones y frescas constelaciones han complacido del mismo modo a intérpretes y público, y la orquesta ha sido destacada por su versatilidad musical, interpretando desde el repertorio barroco y romántico hasta tango, jazz, rock y música contemporánea. Los Solistas de Trondheim son asimismo un importante embajador de la música noruega. El grupo ha recibido múltiples encargos y estrenado numerosas obras e invariablemente incluye piezas noruegas en sus programas de concierto. La discografía de los Solistas de Trondheim incluye más de 20 grabaciones hasta la fecha, con más de un millón de copias vendidas.

Sinfónica (TSO) y Solistas (TS) son, por tanto, dos orquestas diferentes, aunque relacionadas de algún modo: la TSO es una típica sinfónica, de repertorio internacional; los Trondheim Soloists, un conjunto de cuerdas que interpreta todos los géneros, subrayando siempre su compromiso con la música noruega, e incluyendo, a veces, solistas que no son de cuerdas, como veremos un poco más adelante. Pero no deja de ser curioso que, independientes como son TSO y TS, en la grabación del sello Naxos que incluye Fachwerk de Gubaidulina, interpretada en Alicante por los TS, y puesta a la venta pocos días después, por los mismos intérpretes, figure en el booklet del CD “Trondheim Symphony Orchestra”, y en el propio CD “Trondheim Simphony Orchestra Strings”, en lugar de “Trondheim Soloist”. ¿Un error, una vinculación administrativa, o -no nos consta- los Solistas son la sección de cuerdas -o parte de ella- de la Sinfónica?

Bien. Como quiera que fuere, la plantilla con que se presentaron en Alicante los Solistas comprendía 21 músicos (6 violines primeros, 5 violines segundos, 4 violas, 4 cellos -entre ellos, el director artístico del grupo, Øyvind Gimse, ostensiblemente más veterano que el resto- y 2 contrabajos). Fieles a sus principios de incluir siempre en sus actuaciones música noruega, el concierto comenzó con Nachruf (1975, estreno en España), pieza de unos 8 minutos de Arne Nordheim (1931-2010), compositor muy respetado en Noruega (acogido durante sus últimos años en la residencia honoraria Grotten, cercana al palacio Real noruego, reservada para artistas y personajes ilustres, y a su muerte honrado con funerales de Estado), mas -seamos sinceros- por desgracia casi completamente desconocido en España, aun para los amantes de la música contemporánea, aunque fue figura fundamental, a partir de los 70, para el desarrollo de la música moderna en su país. La escritura para cuerdas ocupa un lugar destacado en su producción camerística; y, camerística o no, su obra más famosa es Epitaffio per orchestra e nastro magnético (“nastro”, en italiano, es “cinta”), escrita en 1963 en memoria del flautista noruego Alf Andersen, que murió en 1962 a la tempranísima edad de 16 años, y que contiene el poema de Salvatore Quasimodo (eso explica el título italiano) Ed è subito sera (1930), el más breve y famoso del Premio Nobel siciliano de 1959: “Ognuno sta solo sul cuor de la terra / trafitto da un raggio de sole: / ed è súbito sera…” (Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol / y de pronto es la tarde…). Esta conmovedora pieza de Nordheim, en su versión original, es fácilmente adquirible por internet (por ejemplo, en cualquiera de las tiendas virtuales Amazon): este es un consejo de amigo.

Pero no es esa obra (que aprovechamos para recomendar) la que tiene que ver con Nachruf, sino otra completamente diferente, que sólo tiene en común con la anterior el título. En 1956, Nordheim compuso un cuarteto de cuerdas, que él consideraba su Opus 1, en tres movimientos, cuyo tercero se llamaba, también, Epitaffio. De este movimiento emprendió, en 1975, una orquestación para orquesta de cuerdas, que tituló Nachruf (en alemán “último adiós”, “obituario”, “escrito necrológico”), y que fue la pieza interpretada en este concierto por los Solistas de Trohdheim; de color oscuro, sombrío, lúgubre y tempo muy lento, evoca el carácter fúnebre de su nombre, en italiano o en alemán. Orquestación, por lo tanto, de una obra juvenil, que, según el autor, recuerda al más triste Sibelius, de Bartók, del Adagio de la Novena Sinfonía de Mahler; pero, sobre todo, la influencia más intensa es la de su compatriota, el depresivo Olav Fartein Vagen (1887-1952), en su tono contenidamente elegíaco.

De nuevo, la “cuota” regional: Emilio Calandín (Valencia, 1958). Compositor y pedagogo musical, ha desarrollado su actividad estable en la tres provincias de la Comunidad Valenciana. Su producción compositiva supera la cincuentena de obras de orquesta de cámara y para solista (especialmente guitarra y piano), escritas entre 1982 (Pequeñas variaciones para guitarra) y el año en curso (la obra interpretada en este concierto, encargo del 27 FMA, estreno absoluto). Volvemos a encontrarnos, una vez más, con un título en inglés, Ten minutes without time: Devenir, que, al parecer, es más expresivo que Diez minutos sin tiempo: Transcurrir. A veces dudamos si la razón de tanta anglofilia (y, a veces, germanofilia) se debe a motivos comerciales, de extensión del conocimiento de la obra, o es una coartada que pretende mostrar un culto universalismo. Los 10 minutos, como su nombre indica, se dividen en cinco movimientos (Gelido, Ostinato, Preludio, Calmo y Crepitante agitato). Pese a la excelencia de los Solistas noruegos, la obra, a nuestro juicio, no pasa de ser un ejercicio de honrada artesanía, que ni conmueve ni aporta ninguna innovación de relieve.

Como el concierto se anunciaba dentro de la sección España-Rusia, los Ten minutes de Calandín eran “España”, que no quedó muy bien parada en relación con la segunda parte, íntegramente rusa, constituida por obras (¡y qué obras!) de Igor Stravinski y Sofia Gubaidulina.

Del espléndido Concierto en Re, para orquesta de cuerdas (1946, unos 8 minutos) de Stravinski sólo cabe objetar su carácter de “demasiado” clásico del XX, una pieza conocidísima aun en su brevedad: ¿es una obra propia para un Festival de Música “contemporánea” como este (aunque haya perdido la palabra, porque se supone que ça va de soi)? ¿La preciosidad rítmica, la variedad tímbrica, la extraordinaria inventiva con las que Jerome Robbins hizo la brillante adaptación coreográfica The cage (La jaula), que triunfó en la década de los 50 con el New York City Ballet? ¿Y por qué no, entonces, también Prokofiev? Desde luego, las tres partes, rápida-lenta-rápida, del Concerto in D se oyen -y más con estos intérpretes- en un suspiro de éxtasis, pero insistimos: ¿era el FMA su lugar?

Con todo, la “bomba” más conmocionante del concierto (y, tal vez, de todo el 27 FMA) estaba por llegar (hubiera sido un final glorioso del Festival, aunque no nos quejamos del colofón de Olavide al día siguiente): Fachwerk, de Sofia Gubaidulina (que el pasado 24 de octubre cumplió 80 años). La obra, dedicada al fabuloso bayanista Geir Draugsvoll, estaba previsto que se estrenara mundialmente por los Solistas de Trondheim, con Draugsvoll y el percusionista Anders Lougin, el 28 de julio de 2009, en el Olavsfestival de esa ciudad. Lastimosamente, una enfermedad de la compositora obligó a cancelarlo. Gubaidulina, ya recuperada, concluyó Fachwerk en octubre de ese año. Su estreno, con Draugsvoll y Anders, pero con la Amsterdan Sinfonietta dirigida por Reinbert de Leeuw, se llevó a cabo en el Centro Musical del Biljoke Complex de Gante el 13 de noviembre del mismo año. Por tanto, son los protagonistas del frustrado estreno originario los que escuchamos en Alicante (y los que lo han grabado, junto con otra obra anterior de la compositora, en un CD conmemorativo del 80º aniversario de su nacimiento, que ya puede adquirirse con facilidad: en breve, haremos en Mundoclásico una reseña de ese CD).

Aquí, el título no es, en absoluto, arbitrario: Fachwerk, o Fachwerkhaus (casa de paredes entramadas) es el nombre alemán (en Suiza lo llaman Riegelhaus), Se trata de una casa cuyo soporte estructural es de madera vista en fachada. Sus espacios son, o también de madera, o de barro o de ladrillos:

Fachwerkhaus alemana (Baden-Württemberg)

El diseño de la armazón se ha usado desde tiempos remotos hasta el siglo XIX (aunque los edificios más antiguos que sobreviven son de los siglos XIII y XIV). Se extendió por toda la Europa noroccidental (Suiza, Francia, Bélgica, hasta Inglaterra) y por buena parte de Europa oriental (donde existió el dominio o la influencia prusiana, incluso en Rusia, en Kaliningrado, la antigua Königsberg, patria de Immanuel Kant). Durante la Segunda Guerra Mundial hubo una gran destrucción de este tipo de edificios, aunque en Alemania subsistén aún más de un millón. El “esqueleto”, visible, es de madera de roble, castaño o abeto, con elementos auxiliares internos de barro o ladrillo, como hemos dicho. Este tipo de construcción fascinaba a Gubaidulina, quien escribió, como consta en el programa del concierto: “El título de esta obra se remonta a mi entusiasmo por el estilo arquitectónico de las fachadas con entramado de madera. Se trata de un estilo único, muy especializado, en el que los elementos constructivos de un edificio no se ocultan detrás de la fachada sino que, por el contrario, se muestran abiertamente. Los elementos constructivos indispensables para un edificio así, tales como los postes, los herrajes de puertas y ventanas y los techos de viguetas, forman distintos tipos de patrones geométricos que se convierten en un fenómeno estético. Y en ocasiones, detrás de esta belleza trasluce un fenómeno aún más profundo, un fenómeno esencial, intrínseco” [Es cierto: en esta arquitectura se insinúa un mundo mágico].

Y continúa la compositora: “Imaginaba que se podría mostrar algo en música que recordara a este estilo, es decir, componer de manera que que la construcción de un determinado instrumento de un determinado instrumento se hiciera visible y se transformara en algo de naturaleza estética”. Y aquí viene lo decisivo: “De hecho, existe un instrumento que permite realizar esta idea. Es el bayán, en el que pueden alternarse el teclado melódico y el de acordes (o armónico). La línea melódica se ejecuta con la parte superior o inferior de botones y, al mismo tiempo, los acordes se disponen en la zona central. En esta estructura, en principio, hay una dominante (la línea melódica superior, una subdominante (la línea melódica inferior) y una tónica (acordes en la zona central): tres aspectos que determinan la esencia del orden del universo. En mi composición para bayán, percusión y cuerdas he tratado de mostrar esta característica del instrumento en los momentos cadenciales de una variación. En una de las secciones más importantes, sin embargo, la sucesión de acordes del teclado tocados en el modo armónico suena simultáneamente con su variante melódica. Y es aquí donde podría decir sin exageración que esta sección fue compuesta por el propio instrumento”. Palabras insuperables que copiamos exactamente del programa, que, a la vez, hizo lo mismo con las notas de Gubaidulina, cuando tuvo lugar el estreno de Fachwerk hace casi exactamente dos años en Amsterdam. Pero, entonces y ahora (y en la grabación que sería un dislate no adquirir) el milagroso instrumento contó con un prodigioso intérprete: Geir Draugsvoll, que ha tomado el testigo de los mejores bayanistas (este acordeón cromático ruso de botones que ha cumplido los 100 años de existencia) y que, durante 32 minutos, literalmente hipnotizó a los oyentes que lo escuchábamos y contemplábamos arrobados, mientras él contaba con el concurso maravilloso de Anders Lougin (con un extenso set de percusión, de punta a punta del fondo del escenario, mas dispuesto por la compositora en la partitura para que sólo necesitara de un ejecutante, eso sí, excepcional), y de los celestiales Solistas de Trondheim.

Geir Draugsvoll (n. 1967), bayanista noruego

Y para absoluto redondeo de la velada, Draugsvoll nos regaló un “bis” delicioso: la versión para bayán sólo de Chiquilín de Bachín de Astor Piazzolla, sobre un poema del uruguayo Horacio Ferrer (que trata sobre un niño de ocho o nueve años -de ahí, “chiquilín”, que es un “uruguayismo”- entrañable vendedor de rosas por las mesas del colmado o boliche cuyo dueño se llamaba Bachín), y que es una de las canciones más populares de la Argentina.

Únicamente puedo insistir, para quienes no estuvieron allí -y para los que sí tuvimos esa fortuna- que escuchen el CD con Fachwerk (mañana mismo, si no pueden hoy), o en Spotify, donde inmediatamente ha sido incluido. Sofía Gubaidulina es tan amante del bayán que lo ha empleado en numerosas composiciones, empezando por De profundis (1978), que dedicó a Friedrich Lips, el más famoso bayanista ruso. Sin embargo, está claro que el portentoso instrumento se multiplica por mil con la genialidad de Gubaidulina, a quien felicitamos en su 80º cumpleaños y le deseamos una larguísima vida.

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