España - Castilla y León

L´incoronazione di Patrizia

Samuel González Casado
miércoles, 22 de febrero de 2012
Valladolid, jueves, 9 de febrero de 2012. Teatro Calderón de la Barca. Monteverdi: L´incoronazione di Poppea. Director de escena: Emilio Sagi. Escenografía: Patricia Urquiola. Vestuario: Pepa Ojanguren. Iluminación: Eduardo Bravo. Ayudante de dirección: Javier Ulacia. Sabina Puértolas (Poppea), David Hansen (Nerone), Manuela Custer (Octavia), Xavier Sabata (Ottone), Miguel Ángel Zapater (Seneca), Ana Nebot (Drusilla), Olatz Saitua (la Virtud, Damisela, Coro de Amores I), José Manuel Zapata (Arnalta), Pino de Vittorio (la Nodriza), Jon Plazaola (Lucano, Soldado I, Cónsul I, Familiar de Seneca II), Isaác Galán (Familiar de Seneca III, Mercurio, Lictor, Tribuno I), Javier Abreu (Valletto, Tribuno II), María José Suárez (la Fortuna, Venus, Palas, Familiar de Seneca I), Manuel de Diego (Liberto, Soldado III, Cónsul II), Marta Ubieta (Amor), Paula Mendoza (Coro de Amores II), Aída Santos (Coro de Amores III). I Turchini. Dirección musical: Antonio Florio. Ocupación: 95%
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Esta coproducción entre el teatro Calderón, la Ópera de Oviedo, el Arriaga de Bilbao y el Villamarta de Jerez no defraudará a los seguidores de la diseñadora industrial Patricia Urquiola, que se erige en protagonista indiscutible de la escena –muy por encima de Sagi– en una especie de muestrario de todo lo que hoy día "mola" estilísticamente en esta disciplina. Discípula del mítico Achille Castiglioni, Urquiola emplea algunos diseños propios bien conocidos, como las sillas "Pavo real" para Driade y "Frilly" para Kartell, ambas bastante maltratadas en el escenario. En dos de los componentes escénicos más impactantes, el dosel y la corona, parece haber una pequeña referencia estilística a la serie de lámparas "Allegro" que Atelier Oï diseñó para Foscarini, aunque en realidad el elemento estructural del que parten es muy distinto.

Pese a su vistosidad, como suele pasar con Sagi, la puesta en escena no va más allá de una complementación muy leve. No hay un concepto trabajado en cuanto a la simbología de los objetos con respecto a la música, ni ideas o visión personales al interpretar la trama desde un acercamiento actual, y mucho menos un desarrollo bien trabado que discurra paralelo a y en interacción con la música. Existe alguna excepción a la superficialidad apuntada, como que la corona en realidad se transforme en jaula (buena idea, pero realizada de forma poco sutil y con un efecto compositivo final algo desmañado), quizá por lo que históricamente pasaría después y que puede llegar a explicar en cierto modo el final "amoral" de la ópera. También la semejanza entre el dosel y la corona (¿el poder se logra en la cama?), y todo lo que de "urdimbre" implican los paneles y biombos, de trenzados industriales y celdillas geométricas de rabiosa actualidad.

La dirección de actores es más bien tradicional y en sus movimientos no hay nada innovador; se va a lo seguro y así las cosas funcionan aceptablemente. En el lado positivo, hay que reconocer que la música se puede disfrutar con pocas interferencias, y la escena muestra elementos contundentes y hermosos –aparte de una iluminación muy estudiada y un vestuario colorista– que dan moderado juego actoralmente. En el negativo, también hay que admitir que hoy día a un director de escena debería exigirse una labor más concienzuda.

Entre los cantantes hubo mucha irregularidad. Nada bueno hacía presagiar la primera escena, ambientada en un “spa”, vocalmente vergonzosa; pero la cosa mejoró paulatinamente con la presentación de tres de los protagonistas de la ópera: el contratenor David Hansen en el papel de Nerone, la Poppea de Sabina Puértolas y la Drusilla de Ana Nebot, los tres mejores cantantes de la noche, con buen material, no perfectos técnicamente pero inteligentes en la administración de sus recursos.

El australiano Hansen es todo lo expresivo que le permite cierto exceso de presión al que tiene que recurrir para encontrar buenas posiciones en su tesitura, lo que paga en su capacidad para hacer reguladores y en el agudo, normalmente no muy bien preparado; pero, pese a las inherentes limitaciones que conlleva esta modalidad de canto, es de los contratenores más capaces, sobre todo en este papel. Un sonido tan potente se agradece.

Puértolas y Hansen

© 2012 by Gerardo Sanz

Puértolas estuvo algo dubitativa en su primera escena, aunque fue a más y terminó dueña y señora del papel, por encima de fidelidades estilísticas de canto monteverdiano que evidentemente pueden afinarse; también hay que reconocer el buen trabajo que el director ha hecho con estos cantantes jóvenes. Los dos últimos dúos fueron emocionantes, y los protagonistas mostraron especial química, en parte por ser ambos muy guapos.

Plausible y guapa, igualmente, Ana Nebot, aunque debe tener cuidado de no perder de vista el agudo como referencia fundamental de su canto. Por lo demás, su interpretación fue intencionada, y estuvo especialmente brillante en la escena en que es injustamente detenida.

El resto del reparto no resultó memorable. Respecto a perder la referencia del agudo, lo anteriormente dicho puede enlazarse con el caso de Manuela Custer, cuyo sonido está prematuramente envejecido por haber ensanchado y remendado toda la zona del centro-grave, lo que le impide ya casi cualquier cosa a no ser eso que a veces he llamado "quemar cartuchos", o sea, dar zambombazos "dramáticos" que están más emparentados con la imposibilidad que con el concepto. De todas maneras, es una artista con tablas y en este papel aún hay cosas interesantes. Algo parecido puede decirse de Miguel Ángel Zapater, si bien su carácter –y el del personaje– es otro, y su aplomo es gratificante.

Xabier Sabata es un contratenor limitado, con un sonido de esos que algunos llaman "redondito" como si fuera una cualidad, y que fastidia irremediablemente los extremos de la tesitura y la capacidad de proyección. La voz está en buen estado y hay mucha cancha para la mejora, que debería darse pese a disfrutar ya el cantante de carrera comercial, máxime cuando es inteligente y tiene buena presencia (rasgo este último al que ya se ha hecho mención y que resulta fundamental hoy si hablamos de contratenores y sopranos). El resto de cantantes secundarios –como suele decirse cuando no hay cosas realmente destacables– se señaló por la labor de conjunto.

Eso sí, resultó muy curioso ver a José Manuel Zapata en el papel cómico de Arnalta, que el granadino concibe como una pista libre para dar rienda suelta a su expresividad y sus recursos, pese a una técnica de emisión que siempre le ha restado maleabilidad. En ocasiones resultó muy gracioso, y casi siempre cometió ese tipo de infracciones estilísticas con las que se suele levantar la mano cuando hablamos de personajes cómicos (oscilaba sin pestañear entre abuela maruja y tenor verdiano).

No puedo terminar esta crítica sin hacer mención especial a los maravillosos I Turchini y su director, Antonio Florio, toda una garantía en este repertorio. En el mundo de los grupos historicistas aún se distinguen con claridad meridiana los buenos de los mediocres, por mucho apoyo institucional y mediático de que puedan gozar algunos de estos últimos. El público no está sordo y todo lo demás es tomarlo por idiota a la par que se malgastan sus impuestos. Esto suena lejano cuando aparece un grupo instrumental de gran calidad como I Turchini, comandado por un director que materializa sus ideas con elegancia, prudencia y estudio, pero hay que estar atentos: en el historicismo las modas muestran gran importancia, y se sigue dando gato por liebre (cantantes, orquestas, coros) . Hay mucho diseño en las portadas de los discos, pero en no pocas ocasiones quinientas sopranos o mezzo-sopranos buenas y doscientas malas podrían cantar mejor que el contratenor protagonista de turno. Por no hablar de las "contraltos". Contra las modas, precaución y discrecionalidad.

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