Argentina

El oro del Rin en La Plata

Gustavo Gabriel Otero
viernes, 23 de marzo de 2012
La Plata, domingo, 18 de marzo de 2012. Teatro Argentino, Sala Alberto Ginastera. Richard Wagner: El Oro del Rin (Das Rheingold). Prólogo al Festival Escénico 'El Anillo del Nibelungo', libreto de Richard Wagner. Marcelo Lombardero, dirección escénica. Diego Siliano, escenografía. Luciana Gutman, vestuario. José Luis Fiorruccio, iluminación. Hernán Iturralde (Wotan), Ernesto Bauer (Donner), Martín Muehle (Froh), Francesco Petrozzi (Loge), Héctor Guedes (Alberich), Sergio Spina (Mime), Christian Peregrino (Fasolt), Ariel Cazes (Fafner), Adriana Mastrángelo (Fricka), María Bugallo (Freia), María Isabel Vera (Erda), Victoria Gaeta (Woglinde), Gabriela Cipriani Zec (Wellgunde), Florencia Machado (Flosshilde). Orquesta Estable del Teatro Argentino. Dirección musical: Alejo Pérez
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Con las representaciones de El oro del Rin, prólogo de El anillo del Nibelungo, el Teatro Argentino de La Plata dio inicio a la gran saga wagneriana con la característica de presentar la Tetralogía por primera vez en su historia, a razón de dos títulos por año (inicio y cierre de las Temporadas 2012 y 2013) y con un equipo completamente iberoamericano.

Al mando de las huestes escénicas y musicales dos grandes artistas argentinos: Marcelo Lombardero y Alejo Pérez.

Nuevamente Lombardero produce un trabajo de primer orden en lo visual junto a su habitual equipo de trabajo: Diego Siliano, en el diseño escenográfico, y Luciana Gutman, en diseño de vestuario. Al que se sumó José Luis Fiorruccio, en la iluminación.

El acorde inicial nos lleva -mediante una proyección- por la superficie de un río (muy vasto y sin orillas visibles: evidente intención de evocar al Río de La Plata y su ancho singular), seguidamente nos hundimos en un viaje submarino donde pasan por nuestra vista flora y fauna marina, restos de embarcaciones y de naufragios, hasta llegar a tambores de combustible, basura y neumáticos de camión que nos sitúan en el fondo de algún riacho contaminado entre Buenos Aires y La Plata.

Las tres ondinas que custodian el oro son unas chicas de bajo fondo, que aparecen con escafandras submarinas, el nibelungo Alberich ingresa a la escena desde un basural. Como fondo se pueden reconocer las chimeneas humeantes que rodean a Ensenada -localidad cercana a La Plata- en una visión de una contemporaneidad vaga y con una clara denuncia de contaminación ambiental.

© 2012 by Guillermo Genitti

En la segunda escena, un viaje por las alturas nos lleva a la morada de los dioses, previo paso por distintas escenografías que podrían ser la transición ente Ensenada y este piso alto de un rascacielos que podría situarse en el porteño y lujoso barrio de Puerto Madero. La ambientación de la morada de los dioses está teñida de inmaculado blanco. Recurren a ciertas ideas del equipo visual para caracterizar a los poderosos: asepsia, luz blanquísima, copas de Martini y de whisky, vestuario blanco, ocio por doquier, mobiliario moderno, recursos tecnológicos ilimitados (el celular de Loge, las pantallas con proyecciones, la posibilidad de videoconferencia con Erda, etc.).

La traslación al mundo de los Nibelungos se efectúa por medio de la proyección de un ascensor que baja, dejando ver paredes cada vez más añosas.

El reino de los enanos es sólo una casilla rodante desde la cual se ve una mina a cielo abierto, que podría estar situada en cualquiera de las provincias argentinas en las cuales se da esta actividad (San Juan, Mendoza, Catamarca o La Rioja) y que son de rigurosa actualidad por las protestas de grupos ambientalistas. Los sometidos nibelungos son niñas y niños menores de edad.

Nuevo desplazamiento vertiginoso y se vuelve a la morada de los dioses para finalizar con la visión del Wallhalla que es una altísima torre que culmina con una construcción circular (¿la vieja torre de Interama?) con pista de aterrizaje incluida.

Cada uno de los rubros técnicos funciona con asombrosa precisión, las proyecciones son perfectas, el vestuario de un diseño creativo y de admirable confección, las ambientaciones escénicas notables y la faz actoral cuidada, natural, coherente y prolija. Un nuevo triunfo de Lombardero como director escénico.

© 2012 by Guillermo Genitti

El elenco, evidente producto de las decisiones de Alejo Pérez y de Lombardero -en este caso en su rol de director artístico- es una muy buena selección de cantantes locales o regionales.

El Wotan de Hernán Iturralde es compenetrado, profundo, con una dicción inmaculada y con matices no sólo en lo actoral sino también en lo vocal.

Se luce Héctor Guedes con su Alberich incisivo en lo vocal y lascivo, autoritario y, luego, vengativo en lo actoral.

El tenor peruano Francesco Petrozzi compone un Loge estupendo, caracterizado casi como un operador político, mezcla de motoquero y figura de un comic con sus cabellos y bigotes rojos.

Adriana Mastrángelo vuelve a sorprender como Fricka por su calidad vocal. Párrafo aparte merece su aplomo actoral y su natural belleza que realza al personaje y es realzada por el magnífico vestido creado por Luciana Gutman.

© 2012 by Guillermo Genitti

Sergio Spina es un Mime de adecuada calidad, los bajos Christian Peregrino y Ariel Cazes, como los gigantes Fasolt y Fafner, aportaron solidez vocal y la necesaria rusticidad a la composición de sus roles. La chilena María Isabel Vera fue una Erda de voz cálida y bien proyectada.

Ernesto Bauer y Martín Muehle, como los dioses Donner, del trueno, y Froh, del amor, cumplieron su tarea con profesionalidad y convicción. Quizás faltó algo de potencia en Bauer en su llamado a la tormenta de la escena final. María Bugallo es una Freia bellísima, juvenil y sensual con adecuada línea de canto. Victoria Gaeta, Gabriela Cipriani Zec y Florencia Machado como las ondinas aportaron soltura vocal y actoral.

El rediseño del foso, bajo las ideas del ingeniero acústico Gustavo Basso, que lo cerró más de lo habitual, a lo que se sumaron nuevos paneles acústicos en lo alto, buscó mejorar la amalgama del sonido orquestal y la mejor proyección de las voces a la vez que intentó reconstruir la ilusión wagneriana. La idea se concretó eficazmente dejando que las voces fluyan con naturalidad y con una mejora notable de la proyección.

Quizás falte ajustar mejor la proyección de la orquesta, pues en algunos momentos el sonido resultó demasiado apagado y con falta de brío. Con todo, la mejora acústica es más que satisfactoria.

Alejo Pérez condujo con pericia y solvencia a la Orquesta Estable del Teatro Argentino la cual respondió con calidad. Algunos pasajes orquestales resultaron con menor grandeza a lo que todos tenemos en la memoria, pero esto puede ser una decisión deliberada del maestro para concretar una versión homogénea entre las voces y el foso.

En suma: un gran Wagner en La Plata con la felicidad de una puesta renovada y diferente y una versión musical de primer orden.

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