España - Galicia

El arte como realidad trascendente

Paco Yáñez
martes, 29 de mayo de 2012
Santiago de Compostela, lunes, 21 de mayo de 2012. Cidade da Cultura de Galicia. Carlos Blanco, presentador. Álex Salgueiro, fagot. Taller Atlántico Contemporáneo. Diego García Rodríguez, dirección. Edgar Varèse: Octandre. Mauricio Kagel: Zehn Märsche um den Sieg zu verfehlen. Alfred Schnittke: Serenade. Michael Daugherty: Dead Elvis. Ocupación: 95%
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Vuelve Mundoclasico.com a una Cidade da Cultura de Galicia en perenne cuestionamiento por prácticamente todos los ámbitos políticos, culturales y sociales gallegos no plegados a la disciplina de pensamiento único del Partido Popular. En las últimas semanas, han expresado en voz alta sus dudas sobre el proyecto publicaciones internacionales como Time o The Guardian, que se suman a la ya habitual pugna de localismo tribal que caracteriza en los medios galaicos los debates sobre esta descabezada montaña sin magia. El problema no es ya sólo la absoluta artificialidad del proyecto, sino hasta el edificio en sí: más diseño que funcionalidad, con unas carencias que se ven y verán a lo largo de los próximos años; imperdonables, habida cuenta el desmedido presupuesto del complejo (medio) erigido en el monte Gaiás.

Otro aspecto que desacredita al proyecto de la CdC es que, como en muchos otros sangrantes casos, el contenedor supera con mucho al contenido: típico deje de esas ‘nuevas ricas’ (ahora prematuras pobres) que fueron nuestras urbes en el periodo del desarrollismo habido en España en el tránsito de los siglos XX a XXI. En tiempos de vacas flacas, el contraste se acentúa y un proyecto que se pretendía de relevancia internacional queda relegado a una programación precaria que nada tiene que ver con las veleidades y fabulaciones de quienes pusieron en marcha tal desatino. Éste es el caso de la música culta contemporánea, en cuyas actividades brillan por su ausencia tanto compositores vivos de primer nivel internacional como sus intérpretes de referencia. Así como en otros ámbitos: literatura, museística, teoría del arte, música pop, etc., se están invitando a algunas figuras referenciales en sus diversos campos, la música culta contemporánea se vuelve a dejar (como ocurre en otros festivales promocionados o subvencionados por la Xunta: Galicia Classics, Via Stellae...) en manos de formaciones locales sin apenas experiencia en dicho ámbito, con las carencias que ello supone a la hora de abordar partituras de verdadera enjundia (prácticamente inexistentes en lo que a música actual de calidad se refiere en la breve historia de la CdC).

Loable es el intento del Taller Atlántico Contemporáneo por desarrollar una programación que me consta han tenido que luchar con ahínco en medio de este panorama de recortes y del errático populismo que caracteriza las actividades de la CdC. Ahora bien, precisamente parecen haber caído los ‘Seráns do TAC’ en ese mismo defecto: en buscar una accesibilidad, un edulcoramiento, un ambiente facilón y festivo que poco adecuado parece para buena parte de las obras que se abordan. En ese sentido, uno no acaba tampoco de comprender muy bien a qué se refiere ese tan poco afortunado lema de "La música contemporánea sin complejos" del que ha hecho una bandera el TAC. Llevo muchos años escuchando música contemporánea, sea en vivo o en disco, y algunos menos escribiendo sobre ésta en diversos medios, y ciertamente nunca he padecido ningún ‘complejo’ al respecto. Ello me ha dado la oportunidad de conocer y establecer una buena relación con notabilísimos compositores e instrumentistas de diversos países europeos y americanos, y tampoco podría decir que ellos se sientan, en absoluto, ‘acomplejados’... Sigo sin comprender exactamente a qué viene esa suerte de exculpación por nadie pedida, y sí creo que tiene mucho más que ver con una búsqueda del público a través de lo fácil; algo que, a diferencia de los pretéritos ciclos del propio TAC en el Centro Galego de Arte Contemporánea -mucho más centrados en la sustancia musical-, ha caracterizado a varios de sus conciertos en esta CdC que se pretendía paradigma de la excelencia en la cultura gallega...

Entre los compositores con los que he tenido la fortuna de entablar una buena amistad, se encuentra Helmut Lachenmann. En mis conversaciones con el genio de Stuttgart (por cierto, clamorosa ausencia en las programaciones de los ensembles gallegos de música contemporánea -como tantos otros compositores cruciales de nuestro tiempo-), si algo he aprendido es la relevancia de comprender la música como un hecho trascendente (algo, por supuesto, ajeno a ‘complejos’, ‘populismos’, o cuestiones por el estilo). Es esto lo que más ha venido a mi mente a lo largo del primer ‘Serán’ del TAC en 2012, especialmente tras su presentación a cargo de Carlos Blanco, un soberano despropósito se mire por donde se mire. Más allá de un par de guiños cómicos risibles, desde un punto de vista musical e informativo su presentación fue bochornosa e incluso hiriente para con la música que iba a ser interpretada a continuación.

¿Qué cara se le quedaría a Varèse escuchando tal pantomima, habida cuenta lo que tuvo que luchar por su música para que ésta fuera comprendida como una creación seria y de vanguardia? Quizás sea eso lo que deba pensar un programador de este tipo de actividades, en el respeto a aquellos que han creado la música que van a interpretar, más que en establecer una suerte de ‘club de la comedia’ que poco a poco va creando la sensación de asistir a una velada de humor con gags alternos entre unas piezas de música que, ciertamente, acaban por parecer algo secundario, una ambientación acústica para amenizar el evento. Una buena presentación de las piezas: del sentido de las Diez marchas de Kagel en el contexto de la dictadura argentina, de los hallazgos rítmicos y tímbricos que supone Varèse, del ágora de poliestilismo schnittkeano como palimpsesto histórico, de las connotaciones fáusticas que Daugherty revive en Elvis como mito y tragedia, etc., hubiesen despertado en el oyente un interés mayor por la música en sí, nos habrían impelido a una escucha atenta, no a un distanciamiento que inevitablemente se padece al tratar un evento de un modo tan banal, trivial y populista. En tiempos de semejantes estrecheces económicas, que la CdC destine una partida presupuestaria a pagar una intervención como la de Carlos Blanco esta noche, me parece una irresponsabilidad.

Centrándonos propiamente en el programa musical de este ‘Serán’ del TAC, el conjunto gallego ha titulado a su evento ‘A contracorrente’, habida cuenta la posición de lucha activa que los compositores hoy escuchados han mantenido durante su vida contra diversas dictaduras, fueran políticas, culturales o musicales (claro está que una lucha de ese tipo, incluso canalizada a través del humor -como en los casos de Kagel o Daugherty-, no deja de ser algo trascendente, que merece un tratamiento más respetuoso). En su día tuve la oportunidad de entrevistar y asistir a ensayos de sus obras con Mauricio Kagel (1931 - 2008), del cual esta noche escuchamos sus Zehn Märsche um den Sieg zu verfehlen (1978-79). Aunque Kagel recurrió en muchas ocasiones a lo teatral, la música era el objeto central de sus propuestas musicales o escénicas. No he tenido esta sensación hoy con la fragmentación y sobreactuación que se ha llevado a cabo de sus Diez marchas, al punto de que creo se ha perdido la progresión que éstas desarrollan internamente, esa deriva hacia el cataclismo, ese decaimiento progresivo a través de la falta de tono, desarticulación y presencia difusa de los temas. El propio Kagel abre la puerta a su ejecución de forma discontinua, pero cargar tanto las tintas en lo paródico al dramatizarla acaba desenfocando el mensaje político de las mismas, su realidad como objeto musical de denuncia más que como mera comparsa para el entretenimiento, que imagino será la sensación con la que habrá salido el público...

Diego García, director del TAC, ya había brindado este año una meritoria interpretación de Déserts (1950-54) con la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia; concierto reseñado por Mundoclasico.com en su día [leer reseña] y en el que nos congratulábamos de escuchar sobre nuestros escenarios la música de un compositor, Edgar Varèse (1883 - 1965), olvidado año tras año en nuestras programaciones, aun tratándose de uno de los verdaderos genios musicales del siglo XX. Emocionante ha sido ver las calles de Santiago de Compostela empapeladas en las semanas previas a este concierto con carteles en los que aparecía el rostro del compositor parisino, algo tan inusual como esperanzador. Para esta velada a contracorriente, el TAC puso sobre sus atriles Octandre (1923), pieza de una complejidad rítmica endiablada y un trabajo tímbrico siempre exigente, con esa suerte de balance entre lo arcaico y lo futurista que palpita en las disonancias vareseanas. De nuevo, la dirección de Diego García de los movimientos de Octandre ha sido notable, muy enfática y generosa en cuanto a despliegue sonoro e intensidad dinámica.

Por lo que al conjunto instrumental se refiere, me quedaría con un espléndido Carlos Méndez, un contrabajista de un sonido denso y profundo, de gran musicalidad, cuyas intervenciones a lo largo de todo el concierto fueron interpretativamente el punto más sobresaliente de la noche. También el trombón de Iago Ríos volvió a destacar por su precisión y moderno lenguaje, en una ejecución que ha tenido en los instrumentos de registro grave (sumamos también entre los destacados a ese magnífico fagot que es Álex Salgueiro) a sus pilares de mayor solidez musical.

Más lograda aún me ha parecido la interpretación de la heterogénea y vibrante Serenade (1968), del ruso Alfred Schnittke (1934 - 1998). Ya desde ese arranque paródico, que transporta la tonalidad del arrollador comienzo en glissando de la Rhapsody in Blue de Gershwin a una altura mayor y más desenfrenada, ha destacado la vivacidad y entrega del clarinete de Saúl Canosa. Muy contrastada en sus sucesivas secciones, la lectura del TAC ha resultado ágil y cargada de swing, sin por ello perder la calidez en sus compases más lentos, así como la oscuridad que subyace por debajo de los pasajes en pianissimo, auténtico contraste entre los mundos que se enfrentan en esta (y tantas otras) partitura(s) de Schnittke, que rescata la historia de la música, la pluralidad de estilos que ha generado y su vitalidad como voluptuoso canto de denuncia contra el totémico realismo soviético. Si el protagonista de esta lectura fue Saúl Canosa, no menos destacados estuvieron sus compañeros de ensemble, especialmente el antes citado Carlos Méndez y José Vicente Faus en la percusión, muy enfático y evocador, con sus aromas y métricas de estilos populares. Aunque los credos estéticos de uno se encuentren muy lejanos de lo que Schnittke representa, es siempre un placer comprobar su integridad como artista y su capacidad para dotar de coherencia y altura técnica a un discurso tan plural y desprejuiciado. Esta noche ha vuelto a ser el caso; y, obviamente, la música se valía por sí misma para hacerlo explícito...

© 2012 by Paco Yáñez

Con sucesivas interpolaciones de las Märsche de Mauricio Kagel, progresivamente desoladoras y paralizadas; aunque su ejecución consecutiva hubiese enfatizado más esa desarticulación musical, esa progresión del sinsentido y la esclerosis musical, llegamos a la última de las partituras programadas: Dead Elvis (1993), del norteamericano Michael Daugherty (1954, Cedar Rapids/Iowa). Antes de su notable interpretación, el TAC presentó un vídeo supuestamente humorístico sobre la resurrección de Elvis, de soberana cutrez, que privó al público de la sorpresiva (para quien no haya visto la obra previamente, sea en vivo o en la red) aparición del fagot solista disfrazado al más puro estilo del cantante de Mississippi, en este caso Álex Salgueiro, miembro de la Orquesta Sinfónica de Galicia, solista del TAC y, en mi opinión, uno de los músicos más destacados del ensemble gallego, no sólo por dominio técnico y capacidad expresiva, sino por su moderna concepción y lenguaje actual a la hora de tocar su instrumento.

Escrita para la misma plantilla instrumental que la Histoire du Soldat de Stravinsky, Dead Elvis, según el propio Daugherty, pretende igualmente rastrear el mito fáustico, actualizado aquí en la figura de Elvis Presley y su más contemporánea venta del alma: el duelo entre el Elvis sureño y apolíneo de sus primeros años contra el Presley decadente de Las Vegas y su final tendido a lo bizarro. El uso del Dies Irae medieval, que desde el violín se irá fugando al resto de instrumentos, después de un motivo rítmico a modo de ostinato que abre y articula la pieza en fagot, percusión y contrabajo, es para Daugherty una reflexión sobre la muerte (o no) de Elvis. Más allá de tal controversia, para el compositor de Iowa, "Elvis, para bien o para mal, es parte de la cultura, historia y mitología americana", un personaje que hay que entender para conocer a fondo ese país...

Como en el caso de la reciente ópera Anna Nicole (2011), del británico Mark-Anthony Turnage, el mayor problema que encuentro a esta partitura de Daugherty es el tratamiento musical y estilístico que se da a estos dramas de la contemporaneidad, de por sí sustanciosos para comprender el mundo que vivimos, pero cuyos aparatos estéticos distan mucho de dar profundidad a sus contenidos, dejando el producto final en un ejercicio vacuo y sensacionalista (mejor no recordar la kitsch cita del O Sole mio napolitano que entona el fagot, lamentable); algo que afecta en especial a numerosas producciones del entorno anglosajón. Precisamente desde las islas (aunque escritos a lo largo del continente para tomar esa distancia necesaria para reconstruir el mundo en el propio pecho -que diría Goethe-), provienen esos entramados de cotidianeidad que son los Ulysses y Finnegans Wake joyceanos; verdaderas lecciones de cómo el estilo en el arte lo es todo.

En el caso de Dead Elvis, no se encuentra tal excelencia artística, ni mucho menos, en sus pentagramas, y todo el aparato hermenéutico que Daugherty despliega en sus textos sobre la obra cae en saco roto por la trivialidad de una pieza de tan escasa sustancia musical (una de ésas que, en una presencia desproporcionada, se escuchan en tantas programaciones musicales gallegas).

Tras el concierto, el restaurante Abastos 2.0 sirvió un sabroso ágape (de inspiración marina) que, como siempre, supuso una excelente oportunidad para que público e intérpretes pusieran en común sus ideas. De esos corrillos me consta que ha surgido ya más de un proyecto de colaboración artístico-musical, y por ello su disposición como fin de evento, además de probar las bondades de la gastronomía gallega, es un acierto y una rara oportunidad para convertir estos espacios culturales, habitualmente tan fríos y desangelados, en un ágora viva y agradable. Esperemos que esos proyectos de futuro fragüen eventos en los que el arte se comprenda más en clave de realidad trascendente, en proceso de conocimiento y profundización, que en el divertimento tan trivial y banal que hoy hemos padecido en buena parte de este primer ‘Serán’ del TAC. Desde luego, uno no se imagina su próximo y atractivo programa (aunque tan poco contemporáneo): Schönberg & Mahler, del 11 de junio, en la línea de lo hoy presenciado...

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