Discos

Cuenta saldada

Paco Yáñez
jueves, 18 de octubre de 2012
Tomás Luis de Victoria: Officium Defunctorum (Madrid, 1605); Motetes. Collegium Vocale Gent. Philippe Herreweghe, director. Frederik Styns, productor ejecutivo. Markus Heiland, ingeniero de sonido. Un CD DDD de 59:40 minutos de duración grabado en Notre Dame du Liban, París (Francia), del 3 al 5 de noviembre de 2011. PHI LPH 005. Distribuidor en España: Diverdi
0,000344 "Hay algo que me interesa especialmente y es la extraordinaria música española del Renacimiento, a mi modo de ver una de las más ricas de Europa en esa época". Son éstas palabras del compositor barcelonés José Luis de Delás, pronunciadas en una conversación con Heinz-Klaus Metzger y Rainer Riehn, en mayo de 1992 (recogidas en el volumen José Luis de Delás, de la colección ‘a tempo’ de la Universidad de Alcalá). Delás, como diversas generaciones de compositores españoles contemporáneos, como Cristóbal Halffter, como José María Sánchez-Verdú -estos con presencia explícita del abulense como eco histórico en los abigarrados palimpsestos intertemporales que conforman sus partituras-, ha sentido una intensa fascinación por la polifonía de Tomás Luis de Victoria (Ávila, 1548 - Madrid, 1611), por la floración que el canto sacro experimentó en la Península Ibérica en un tiempo de tan intenso fanatismo religioso, de tan cruenta guerra de religión (en España no sólo barniz y máscara para movimientos en el tablero geoestratégico mundial, sino verdadera causa y auto de fe de unos dirigentes empecinados en extender urbi et orbi el relicario católico hispánico).

Recuerdo igualmente haber charlado al respecto con otro de los grandes compositores españoles de nuestro tiempo, Mauricio Sotelo, que rememoraba cómo su maestro, el veneciano Luigi Nono -otro apasionado de la música renacentista-, le sugería repensar la tradición musical de su país para encontrar rutas a través de las cuales injertar su creación en la historia para actualizarla con las aportaciones del presente, a modo de gran rizoma. Entre las rutas que Nono apuntaba al compositor madrileño se encontraba no sólo el flamenco, de cuya fusión con la herencia de las vanguardias Sotelo ha creado un estilo enteramente personal, sino la rica polifonía española del Renacimiento; para el italiano de una modernidad intemporal, objeto de una inspiración continuamente renovada en la riqueza de sus estructuras, de sus voces, de sus texturas; en la capacidad para adentrarse en la mística, en lo más profundo de la espiritualidad.

El interés por la creación de uno de los verdaderos genios musicales en la historia de España (quizás de los pocos que este país ha dado), se extiende en las últimas décadas no sólo al campo de la composición, sino al de la interpretación, que con motivo de los cuatro siglos de la muerte de Victoria ha visto cómo al mercado se lanzaban grabaciones de enorme valor para comprender estas polifonías que son belleza en estado puro (tantos años patrimonio casi exclusivo de los coros británicos, gracias a la publicación en las islas de estas partituras). Mención especial merece el cofre que el sello Archiv (477 9747) publicó recopilando los diez compactos grabados -en auténtico tour de force- entre 2008 y 2009 por el Ensemble Plus Ultra de Michael Noone, con numerosas misas, motetes, himnos, secuencias, salmos y antífonas del abulense (una edición que nadie interesado en esta música debería perderse).

Sin embargo, de entre los grandes coros especializados en música antigua, se echaba en falta la incursión (grabada) en la música de Victoria especialmente de uno de ellos, del Collegium Vocale Gent, conjunto que ya había realizado incursiones en la polifonía tardía con excelentes resultados. La suya con Victoria, y más específicamente con una de las obras vocales más bellas y profundas del Renacimiento, el Officium Defunctorum (Madrid, 1605) en memoria de la emperatriz María de Austria, era un cuenta pendiente que el propio Philippe Herreweghe sabía tenía que saldar desde hacía décadas. Ha sido por fin en 2012 cuando esta cuenta ha sido saldada, con la publicación de este excelente registro, quinto en el catálogo del sello PHI, que recoge tomas grabadas en 2011.

A la hora de afrontar este Officium Defunctorum, nos encontramos principalmente con dos vías para organizar su material musical: estructurar las distintas polifonías que conforman la Lectio secunda ad matutinum, la Missa pro defunctis, el Motectum y la Absolutio como continuo; o, tal y como apunta Luis Lozano Virumbrales, estructurar la polifonía como lo hubiese realizado un maestro de capilla español en el siglo XVII: alternando el canto llano y la polifonía para completar el oficio litúrgico, del cual el canto polifónico era parte y no todo (si bien algunos pasajes de este Officium Defunctorum fueron añadidos por Victoria a lo estrictamente litúrgico como homenaje personal a la emperatriz, como el bellísimo motete Versa est in luctum, insertado entre la Communio y la Absolutio). Si bien Herreweghe respeta la estructura antes expuesta, su lectura no será fiel a esa organización litúrgica de canto llano y polifonía que sí respetaba en su referencial grabación Paul McCreesh (Archiv 447 095-2), en un Officium Defunctorum cuyo registro en octubre de 1994 marcó un giro copernicano sobre la concepción musical de la partitura, que adquirió en las voces del Gabrieli Consort una profundidad, una carga dramática y un tenebrismo realmente acongojantes.

La propuesta de McCreesh para Archiv (cuya interpretación en vivo de esta partitura continúa siendo una de las experiencias musicales más sobrecogedoras que recuerdo) se articulaba en base a un coro estrictamente masculino, formado por dos grupos de falsetistas (3 voces cada uno), uno de tenores (4 voces), dos de barítonos (3 voces cada uno) y uno de bajos (3 voces), a los que se sumaba un bajón tapado para doblar los bajos; todos ellos dispuestos en semicírculo y estructura armónica antifonal, con el bajón en el centro. Según nos indica el libreto de esta edición de PHI, Herreweghe estructura las cuerdas vocales de su coro en dos grupos de sopranos (2 voces cada uno), uno de contratenor (2 voces), dos de tenores (2 voces cada uno) y uno de bajos (3 voces). El uso de voces femeninas crea unas tesituras radicalmente distintas al efectivo de McCreesh, así como la falta de bajón y el carácter que imprime al conjunto, al continuo, el intercalar el canto llano. En cierto sentido, la propuesta de Herreweghe se acerca a la de coros británicos como el Tallis Scholars por el uso de voces blancas, si bien Peter Philips en su grabación para Gimell (454 912-2) disponía un grupo de altos en el que reunía voz de contralto y contratenor, mientras que Herreweghe unifica esa cuerda con dos contratenores. El resultado sonoro, unido al distinto planteamiento estilístico del maestro de Gante, nos brinda un Officium Defunctorum con personalidad propia, tan único como parece ‘condenada’ a ser única la conformación vocal -cuando no vocal-instrumental- de cada interpretación de este réquiem.

Remitiéndonos a la pintura renacentista, si el Officium Defunctorum en manos de Paul McCreesh era un Caravaggio de densidad y tenebrismo perturbadores; y la lectura de Peter Philips procedía a una hiperestilización al modo del Greco, con un dominio de la verticalidad apabullante, especialmente en las voces de las sopranos (en una versión hoy denostada por el historicismo, y que, comprendiendo estas críticas, me sigue pareciendo de una belleza subyugante); esta grabación de Philippe Herreweghe nos remite a Rafael, a una lectura más humana, redonda y terrenal. No quiere ello decir que renuncie a la espiritualidad consustancial a estas polifonías, a su carga trágica como réquiem que es, pero el director belga parece apuntalar en primer lugar lo estrictamente musical, ‘sacrificando’ a ello la posible coherencia histórico-litúrgica antes mencionada (o las florituras ornamentales de los Tallis un tanto fuera de estilo en la actual comprensión de Victoria). Estamos, así pues, ante una interpretación muy cuidada y comedida, de voces de una afinación impoluta, limpia, ajenas al vibrato y pulcras a la hora de exponer su línea vocal tanto en la declamación como en las floraciones polifónicas, cuyos momentos de harmonización empastada son belleza en estado puro en esta grabación, de enorme elegancia.

Completa el disco una selección de cuatro motetes de Tomás Luis de Victoria; piezas en las que el abulense basó buena parte de su reputación entre sus contemporáneos: O Domine Iesu Christe a 6, del Officium Hebdomadae (Roma, 1585); Domine, non sum dignus a 4 (Roma, 1583); Salve Regina a 6, del Liber primus (Venecia, 1576); y Vadam et circuibo civitatem a 6 (Venecia, 1572). Son todos ellos parte del ‘camino de perfección’ que Victoria desarrolló en Italia a partir de 1565 para enraizar su arte en las más importantes corrientes vocales del Renacimiento europeo. Así es como plantea Herreweghe estos motetes, estrechamente ligados a los maestros de la polifonía trasalpina, con un sonido transparente, límpido y terrenal. Tal y como nos señala en las notas del compacto Bruno Turner, la personalidad musical que predomina en Victoria no sería la de su ‘canto de cisne’, la del elegiaco Officium Defunctorum (genialidad y absoluta madurez, así como pura significación histórica como réquiem que será de todo un imperio), sino la de sus motetes y piezas de celebración de la Natividad o la Ascensión; festividades cuya exaltación le sería más próxima que el oscuro dramatismo de la Semana Santa. Con unos efectivos vocales más reducidos, Herreweghe modela una sonoridad escultórica, en la que las sopranos delinean unos agudos sostenidos de forma etérea, luminosa, brillante: transubstanciación sonora del pensamiento religioso de un compositor que, con su vuelta a casa, cerró uno de los círculos más importantes de la historia musical española: inspiración para tantos creadores aún siglos después.

Las grabaciones son ejemplares a todos los niveles; permitiendo, capítulo esencial en esta música, personalizar cada cuerda vocal, individualizar las líneas de estos intrincados artefactos polifónicos. La edición es la habitual de PHI: muy bien presentada. En el ensayo, no excesivamente amplio, se echa en falta el castellano, habida cuenta el compositor en cuestión. Se presentan igualmente los textos de las obras y fotografías del director belga y de ediciones originales de las partituras de Victoria, a cuya música estas interpretaciones aportan luz y belleza; quizás para el Officium Defunctorum versión de obligado conocimiento junto con las de Paul McCreesh (Archiv) y el Hilliard Ensemble (ECM 1653).
 
Este disco ha sido enviado para su recensión por Diverdi
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