Francia

Carmen hortera

Jorge Binaghi
martes, 11 de diciembre de 2012
París, martes, 4 de diciembre de 2012. Opéra Bastille. Carmen, París, Opéra Comique, 3 de marzo de 1875. Libreto de H. Meilhac y L. Halévy y música de G. Bizet sobre la novela de P. Merimée. Dirección escénica: Yves Beaunesne. Vestuario: Jean-Daniel Vuillermoz. Escenografía: Damien Caille-Perret. Coreografía: Jean Gaudin (colaborador de la puesta en escena). Intérpretes: Anna Caterina Antonacci (Carmen), Nikolai Schukoff (Don José), Ludovic Tézier (Escamillo), Genia Kühmeier (Micaela), Olivia Doray (Frasquita), Louise Callinan (Mercedes), François Piolino (El Remendado), Edwin Crossley-Mercer (El Dancairo), Alexandre Duhamel (Morales), François Lis (Zúñiga) y otros. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Patrick Marie Aubert). Director: Philippe Jordan. Aforo completo
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Si algo que en el papel sonaba como un plato fuerte, más que interesante, de toda la temporada se va a pique por la ‘nueva producción’ (que habrá costado lo suyo en estos tiempos) mal están las cosas en el mundo de la ópera. De todos modos, el 13 de diciembre tal vez algunos de los probables lectores podrán comprobarlo en la transmisión en directo que, imagino, quedará luego inmortalizada para la posteridad en un dvd que, desde luego, no seré yo quien recomiende. El abucheo al bajar el telón al final de la velada fue impresionante, aunque menos nutrido que el mayor escándalo que recuerdo en esta casa, el del horrible Roi Rogier de la era del benemérito Mortier que luego lo ha importado a Madrid. Espero que al menos esta Carmen acabe aquí (pero me temo que, dado que hacía unos diez años que no se daba y era una ‘novedad’, las próximas reposiciones se harán con la misma dirección y presentación escénica, a menos que Lissner decida -ojalá- enviarla a su merecido olvido).

Al parecer, se trataba de presentarla en medio de la ‘movida’ (escrita con cursiva). En el programa hay una foto de Carmen Maura en un film de Almodóvar. Algunos vestidos y movimientos parecían sacados de Pepi, Lucy y… Pero convivían con unas mantillas que harían la envidia de una muy castiza dirigente política española actual, vestidos de posguerra o de los años cincuenta, un magnífico traje de luces (pero antes el torero aparecía como un chulo de barrio de los setenta), uniformes indefinidos, gigantes y cabezudos para la procesión (Carmen en el balcón de autoridades con gafas de sol y el duettino con Escamillo cantado a lo Romeo y Julieta o a lo Tyrone Power-Rita Hayworth en Sangre y arena ….Tézier debería reclamar un complemento ya que desde el principio del cuarto acto aparece vistiéndose en radiante tecnicolor).

Ni la Antonacci es capaz de hacer creíble una protagonista oxigenada ‘pre Marilyn’ (digamos entre Jean Harlow y Gloria Grahame) casi permanentemente en combinación (sería interesante saber por qué todas las cigarreras llevan una bata más o menos colorida abierta y dejan ver sus enaguas por las que habrán pagado una fortuna -no creo que los sueldos de entonces fueran mejores que los de ahora, que ya es decir). Tampoco sabíamos que Carmen tiene instintos maternales (primera parte de la ‘Habanera’) aunque si los niños (capitaneados por dos Lolitas insolentes y vestidas con un mal gusto supremo) son tan insoportables como esos tal vez los instintos sean -encubiertos- los de Herodes. Mucha ‘innovación’, pero coro (los precedentes) y ‘habanera’ sin mucho movimiento y de cara al público (con los coros la cosa es más o menos así hasta que se animan, por lo del contrabando -realizado en cómodas y modernas bicicletas tipo Bicing, supongo que robadas).

Micaela, vestida de colegiala de escuela privada tocada de coqueta boina azul, llega a Sevilla desde Navarra en bici y cargada con una pesada mochila, pero en el tercer acto lo hace a pie. La canción gitana es una representación que a lo mejor algún club de dudosa fama podría considerar alquilar y los interludios (el preludio se salva) son actuados (el más disonante es el del tercer acto ya que, con esa música, lo que vemos es, colmo de la originalidad, cómo las mujeres ayudan a los contrabandistas a reducir a los carabineros en una actuación que calificar de serie D sería bondadoso).

Para completar la fiesta habría que determinar quién permitió a Schukoff salir a cantar en el estado vocal en que se encontraba. Cuando una parte del público lo protestó, el tenor mostró su pesar y señaló su garganta. No sé cómo interpretar el gesto: si estaba enfermo, debió cancelar o hacerlo anunciar (desde la primera frase fue previsible lo que iba a ocurrir luego); si se encuentra en un mal momento, debería reconsiderar sus compromisos y volver a trabajar (el material sigue siendo interesante y no parece dañado, el francés es óptimo, el artista, incluso en esta producción, inteligente). No tiene sentido encarnizarse y señalar durezas, incapacidades y defectos de emisión, de volumen, problemas de timbre.

Kühmeier fue la que salió mejor parada de todo esto pese a sus terribles ‘r’; no hizo un personaje interesante, pero al menos no fue contra la música y hacía tiempo que no la oía tan cómoda en su canto y tan adecuada a la parte que representaba. Antonacci sigue siendo formidable como cantante y actriz, maestra de la intención y el matiz, pero lo dicho: ni ella podía contra esta puesta.

La lozanía y esplendor vocal de Tézier (mejor un barítono que un bajobarítono para este rol en el fondo poco agradecido) chocaban con lo que se veía obligado a hacer (por ejemplo, pellizcar los pezones de un travesti al retirarse en el segundo acto).

Con las partes ‘secundarias’, una vez alabado el muy interesante Morales de Duhamel, sólo queda la pareja de contrabandistas, pero a Piolino lo he oído mejor otras veces. Lis está más cómodo en Zúñiga que en otras partes de mayor compromiso, pero la irregularidad de volumen y timbre se advertía aquí y allá, y como siempre es mejor intérprete que cantante.

Las compañeras de Carmen no tuvieron mucha suerte: si Callinan demostró tener un color y volumen apreciables, su agudo casi nunca fue bien colocado, Doray fue una Frasquita de voz pequeña e ingrata y un agudo molesto (cuando lo alcanzaba).

El coro tuvo buenos momentos (en particular el sector femenino) pero al final del segundo acto y principio del tercero hubo desencuentros.

La orquesta sonó como siempre magnífica y la dirección de Jordan -ovacionado con delirio- fue correcta, pero no de las especialmente notables y se caracterizó por una primera parte de la canción gitana más que soporífera y algunos momentos de fraseo totalmente plano (el preludio y el momento inmediatamente anterior al aria de la flor).

Y a propósito de flor, no se pierdan ustedes la sensacional transformación de la manzana (supongo que la de Eva) mordida por niños y Carmen durante la habanera, en flor -un tanto marchita, la verdad- al final de la misma (luego de que los hombres se lancen sobre la gitana, no sé si para violarla o qué).

Tengo la impresión de que ha sido la primera (y si no la segunda) vez de que en la Opéra la obra se dio con los diálogos como en la Opéra Comique. No entró hasta muy tarde en el repertorio y lo hizo con los recitativos de Guiraud (al que ahora, como testimonian los últimos Cuentos de Hoffmann de la Salle Pleyel, se lo empieza a sacar del limbo al que se lo había condenado). Alguna vez sería interesante volver a escucharlos. Como ventaja tendríamos que, como los subtítulos se utilizaron sólo para las partes cantadas, y no todos tenían una dicción nítida, hubo que acudir a la adivinanza o al recuerdo (como de costumbre, Antonacci y Tézier fueron de una articulación milagrosa, pero también hay que decir lo mismo de Schukoff).

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