Italia

Coraje organizativo y esfuerzo económico

Anibal E. Cetrángolo
viernes, 21 de diciembre de 2012
Venecia, jueves, 29 de noviembre de 2012. Otello, drama lírico en cuatro actos, libreto de Arrigo Boito, música de Giuseppe Verdi. Primera representación: Milán, Teatro alla Scala, 5 febrero 1887. Personajes e intérpretes: Otello: Gregory Kunde (16, 20, 24, 29 de noviembre) y Walter Fraccaro (22, 27, 30); Jago: Lucio Gallo (16, 20, 24, 29) y Dimitri Platanias (22, 27, 30); Cassio: Francesco Marsiglia; Roderigo: Antonello Ceron; Lodovico: Mattia Denti; Montano: Matteo Ferrara; Un araldo: Salvatore Giacalone (16, 20, 24, 29) y Giampaolo Baldin (22, 27, 30); Desdemona: Leah Crocetto (16, 20, 24, 29) y Carmela Remigio (22, 27, 30); Emilia: Elisabetta Martorana. Puesta en escena: Francesco Micheli. Escenografía: Edoardo Sanchi. Vestuario: Silvia Aymonino. Director del coro: Claudio Marino Moretti. Directora del coro de niños: Diana D'Alessio. Orquesta y Coro del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director: Myung-Whun Chung. /// Tristan und Isolde, acción en tres actos. Libreto y música de Richard Wagner. Primera representación Munich, Koenigliches Hof- und Nationaltheater, 10 de junio de 1865. Puesta en escena: Paul Curran. Escenografía y vestuario: Robert Innes Hopkins. Ingeniero de luces: David Jacques. Personajes: Tristan: Ian Storey; Rey Marke: Attila Jun; Isolda: Brigitte Pinter; Kurwenal: Richard Paul Fink; Melot: Marcello Nardis; Brangania: Tuija Knihtila; Un pastor: Mirko Guadagnini; Voz del marinero: Gian Luca Pasolini; Un piloto: Armando Gabba. Orquesta y Coro del Teatro La Fenice. Director del Coro: Claudio Marino Moretti. Director y concertador: Myung-Whun Chung.
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La polémica que en estos días atañe a los teatros de ópera italianos es a cuál de los grandes festejados del 2013, Verdi o Wagner, corresponde dedicar la inauguración de la temporada. El problema es más comprometido en una ciudad densa de historia lírica como Venecia, que acogió el nacimiento de La Traviata y Rigoletto, y que vio la muerte del creador de Parsifal.

La Fenice resolvió el dilema con un acto de coraje organizativo y con un esfuerzo económico que en estos momentos es notable: abrió la temporada alternando nada menos que Otello con Tristán e Isolda. La cifra unificadora fue la de la batuta: en ambos títulos fue confiada a Myung-Whun Chung. Presencié la ópera de Verdi el 29 de noviembre y Tristán dos días después. En ambas ocasiones el teatro estuvo colmado en su capacidad.

Chung dirigió las dos operas con total solvencia. El maestro ofreció sonoridades llenas y consiguió un resultado excelente de la orquesta de la Fenice. En la ópera de Verdi se escucharon texturas aterciopeladas, sobre todo en las cuerdas graves, que serán memorables. En ambas ocasiones el público premió con ovaciones entusiastas el trabajo del célebre músico coreano. Chung, que fue en juventud asistente de Giulini, afrontó las complejidades de ambas partituras dirigiendo casi siempre de memoria.

Después de esta mención a la común conducción musical de las dos operas, paso a relatar mi experiencia en cada una de las ocasiones.

Empezando por Verdi

La regia de Otello fue confiada a Francesco Micheli y allí las escenas fueron de Edoardo Sanchi. Diferentes paneles móviles que mostraban las constelaciones jugaban dinámicamente en función de las necesidades de la escena. La elección resultó funcional y acertada en su clara referencia tanto a la cartografía marinera afín al ambiente veneciano como al protagonismo de los astros en marcar el destino de los personajes de la tragedia shakesperiana. Si el regisseur se hubiese mantenido en tal propuesta podría haber evitado el mayor pecado que un metteur en scène puede cometer: el de molestar a la musica. No fue asi. Aquella escena estelar fue marco de un cubo pletórico de sugestiones arabizantes muy en estilo negocio de kebab (narguile incluido en 'Vieni, l'aula è deserta') con profusiones de kilims y cojines que hospedaron actos de fetichismo por parte del sexagenario protagonista quien hubo de besar las extremidades inferiores de su sólida partner.

En realidad, un habitué de la opera no solo no se sorprende de estas cosas sino que ya las pone en cuenta. En efecto, como en un tiempo se sabía que después del recitativo viene el aria, las nuevas convenzioni liricas consisten en que la escena prevista en la época de los dogos se desarrolle en el siglo XIX, o que los muertos -en este caso Desdemona- resuciten. Personalmente no fue eso lo que me molestó, como digo, son cosas que pongo en cuenta. Pero que en la escena maciza, tremenda, de la fantástica tempestad inicial -sobre todo en esta versión tan virilmente sonora- uno tenga que ver que los coristas interpretan la batalla ¡con barquitos de juguete!

Pero dejo para el final lo imperdonable. Encuentro que uno de los momentos más trascendentales del teatro musical es el final del primer acto de Otello. Dúo del protagonista con Desdemona que conduce a lo sublime y a los versos de Boito que recitan: “Vien. . .Venere splende.” Todo funcionaba bien: fondo ya citado de constelaciones ... hasta que hacia el final Otello alza el brazo hacia el infinito (como Tasio en Muerte en Venecia) y en el firmamento ... se encienden mil lucecitas de árbol navideño que transforman el cubo estelar en un gigantesco monumento a lo cursi, tipo Bacio Perugina ... Necesitaré de muchos Otellos para poder purificarme de este recuerdo .... Ante tales resultados me pregunto si ciertos regisseurs, además de descerebrarse buscando bizarrías en los libretos, poseen alguna sensibilidad para escuchar. Al final de la ópera, en medio de los aplausos generales, se escucho un sonoro “buffone” dirigido al responsable escénico.

Pasando a lo vocal, registro que el reparto fue irregular.

La joven soprano Leah Crocetto debutaba en Italia y cantaba Desdemona por primera vez. Su propuesta interpretativa fue convencional. No fue presentado perfil dramático alguno. Hubo notables limitaciones en el legato. Su timbre es acerbo, y tanto su voz como su actuación recordaban a colegas de lejano pasado.

Lucio Gallo fue Jago. Si su labor vocal fue correcta en la cantabilidad liviana -'Essa t'avvince coi vaghi rai'- en la mayoría de los casos su trabajo fue señalado por emisiones forzadas. En los momentos exigidos, como el famoso brindis o el tremendo 'Credo' lo que se escuchó fue absolutamente insuficiente. Gallo, que es un barítono activo sobre todo fuera de Italia, trató de reemplazar actoralmente lo que la técnica vocal no le permitía. Pero también aquí se vieron límites serios. Según su actuación resulta incomprensible entender cómo Verdi alguna vez pensó que la ópera debía llevar el titulo del antagonista del Moro. La propuesta de este baritono empuja al personaje a un rol totalmente secundario. Su Jago es reducido a la labor de un actor característico, lo que en el lenguaje teatral se llama una macchietta.

Dejo para el final la excelencia. Fue estupendo el trabajo del maduro y experimentado Gregory Kunde en el papel protagónico. La parte, de dificultades sobrehumanas -Richard Tucker decía que era un rol para tenores locos- fue presentada de manera muy convincente por este artista que sorprendentemente frecuenta un repertorio más liviano, tanto es asi que la Fenice lo recordaba en un Ernesto del Don Pasquale de Donizetti. Sin embargo su volumen en la zona central fue generoso y no temió rivalizar con la sonoridad abierta que pedía Chung a su orquesta. Director y tenor contribuyeron a darnos momentos para recordar como 'Ora e per sempre addio sante memorie'. Es claro que su vocalidad tiene fronteras -los agudos en pianissimo- pero su experiencia hizo que gobernase muy bien sus límites. Por cierto, Kunde fue víctima especial de la regie. Hubo de cantar 'Dio! mi potevi scagliar tutti i mali' molestado por personajes demoniacos surgidos de la desesperada búsqueda de originalidades por parte de Micheli.

Los restantes miembros de la compañía fueron muy correctos, especialmente los responsables de los papeles de Emilia, Cassio y Rodrigo. El coro resultó excelente.

Y terminando con Wagner

La escena presentada en Tristan por Robert Innes Hopkins es coherente y de gran belleza. Los elementos que uno conoció en la primera parte del drama se muestran, otra de las convenzioni mas recurrentes, de manera desordenada en la parte final.

Dentro de ese marco -iluminado a menudo cenitalmente por David Jacques- la dinámica gestual indicada por Paul Curran fue apenas la que señalaba el libreto. Tal parsimonia en el trabajo de regie motivó que a la salida del teatro se opinara que tanto valía haber presentado una simple versión de concierto. Personalmente pienso que después de un Otello tan “creativo”, este Tristan tan discreto resultaba una bendición.

Los roles principales, el Tristán de Ian Storey y la Isolda de Brigitte Pinter, son apenas suficientes. Ambas voces son sonoras y precisamente en el volumen lleno funcionan bien pero esta ópera pide todos los matices y todos los gestos expresivos de la voz, requisitos que estos cantantes no pueden cumplir. Storey presentó un buen trabajo actoral, sobre todo en el último acto. En el caso de la protagonista femenina, si bien pudo exhibir agudo sonoros y seguros, su vibrato exagerado impide sintonizar su voz con la propuesta que las notas fijas de los bronces constantemente piden. Sus notas graves fueron apenas insinuadas. En general su expresividad careció de juego dinámico.

Fueron muy buenos, en general, los trabajos realizados por los responsables de los papeles secundarios. Especialmente hermoso fue el Kurwenal de Richard Paul Fink, y sobre todo la estupenda Brangania de Tuija Knihtila, quien interpreta Brangania con bella y sonora voz. El Marke de Attila Jun resultó de gran sonoridad aunque de escasa nobleza y de afinación incierta. Bien los demás.

El director inició su Wagner con un preludio tenso y muy lento. Al final de la opera fue despedido con una ovación de entusiasmo.

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