Alemania

Extraviada en el París ocupado

Maruxa Baliñas y Xoán M. Carreira
jueves, 24 de enero de 2013
Fráncfurt, domingo, 30 de diciembre de 2012. Oper Frankfurt. La Traviata, ópera en tres actos de Giuseppe Verdi con libreto de Francesco Maria Piavi. Dirección de escena: Axel Corti (1991). Dirección escénica de la reposición: Tobias Heyder. Decorados: Bert Kistner. Vestuario: Gaby Frey. Luces: Olaf Winter. Coreografía: David Kern. Intérpretes: Cristina-Antoaneta Pasaroiu (Violetta Valéry), Francesco Demuro (Alfredo Germont), Jean-François Lapointe (Giorgio Germont), Nina Tarandek (Flora Bervoix), Elizabeth Reiter (Annina), Beau Gibson (Gastone), Franz Mayer (Barone Douphol), Dietrich Volle (Marchese d’Obigny), Alfred Reiter (Dottore Grenvil), y otros. Coro y Orquesta de la Ópera de Frankfurt. Omer Meir Wellber, dirección musical
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La Ópera de Frankfurt ha decidido reponer veintiún años después de su estreno la mítica producción de La Traviata del director franco-austríaco Axel Corti (París, 1933- Oberndorf, cerca de Salzburgo, 1993), ambientada en París entre 1939 y 1942, que presenta como trasfondo el colaboracionismo y la cuestión de los judíos en París y la solución final (e introduce seguramente detalles autobiográficos, ya que Corti vivió esta ocupación). La propuesta de Corti es que Violetta no es una 'apestada' por ser tuberculosa, sino por ser judía, y ambienta el acto final, el de su muerte, en una estación donde está esperando para ser deportada o huir ella misma (no queda muy claro). El contexto geopolítico del estreno de esta producción en 1991, dos años después de la caída del Muro de Berlín, era enormemente propicio en Alemania a la adaptación en clave política de cualquier libreto convencional. Y evidentemente una historia realista, propicia a la interpretación político-social, como la que presentan Piave y Verdi, es campo abonado para esta y cualquier otra trasposición.

El éxito que en su día obtuvo esta producción está espléndidamente ambientado por las escenografías y decorados de Bert Kistner y su equipo de colaboradores, que derrochan conocimiento, imaginación, talento y sensibilidad. Baste mencionar detalles como la delicadeza con la que se nos informa de que es Violetta la que está manteniendo a Alfredo y ello le obliga a vender un cuadro ‘pseudo-Balthus’ que recogen unos operarios mientras Giorgio y Violetta hablan. Pero a su vez se nos está dando información sobre Violetta, quien posee dos Balthus, lo que a un conocedor de este pintor le indica que Violetta tuvo una infancia difícil, que posiblemente sufrió abusos sexuales en la infancia. En la segunda parte del segundo acto, que nos habla del colaboracionismo, la casa de Flora se convierte en un circo, pero un circo expresionista -estilo Grosz o Dix- que nos dice que todo es una burla y una burla sanguinaria. Así la fiesta al comienzo tiene una primera danza que es protagonizada por los bailarines de una carmagnole (la danza de la muerte de la Revolución Francesa) mientras la seguidilla española es bailada por cabezudos de soldados con cascos prusianos (pueden ser de la Guerra Franco-Prusiana o de la 1ª Guerra Mundial). Igualmente es espléndida la realización e iluminación de la estación de tren de París en la que transcurre el último acto.

 

Cristina Antoaneta Pasaroiu (Violetta Valéry), Francesco Demuro (Alfredo Germont), Alfred Reiter (Dr. Grenvil), Jean-François Lapointe (Giorgio Germont)

Todos estos aciertos han sido recuperados, reutilizados y modernizados por Tobias Heyder, quien no ha podido hacer lo imposible: dar vida dramática para el público de 2012 a la historia de Violetta Valéry, tal como la cuenta Corti, cuya producción -en todo caso- ha conseguido convertirse por derecho propio en una versión de referencia de La Traviata y como tal se estudia.

No se trata de que a nosotros no nos interese la historia, tremenda historia, de aquellos judíos parisinos conducidos a la ‘solución final’ o que nos interese menos que al público de 1991. La diferencia está en que esa historia nos interesa por sí misma, no a través de una metáfora, mientras que cuando asistimos a una representación de La Traviata lo que nos emociona y nos trastorna -entre otras cosas, pero muy principalmente- es que el imbécil de Alfredo en ningún momento de la ópera es capaz de decirle a Violetta que la quiere (¡hay que ser mal bicho!).

 

Cristina Antoaneta Pasaroiu (Violetta Valéry), Francesco Demuro (Alfredo Germont)

 

El aspecto musical

Musicalmente la cuestión fue mucho más clara y nítida. La orquesta de la Ópera de Fráncfurt no tiene la fama de otras orquestas de foso, pero puede competir con muchas de ellas. Sebastian Weigle, su director principal, ha logrado una gran mejora en estos últimos años y ahora se muestra dúctil, y más suave y delicada cuando hace falta de lo que era antes de su llegada, además de lograr un preciso empaste de los metales, que se han convertido en una de las bazas de la orquesta. Omer Meir Wellber (Israel, 1981), su director en esta función, aprovechó esta delicadeza y ductilidad de la orquesta para lograr momentos redondos en las partes exclusivamente instrumentales -preciosa la obertura inicial y los interludios del tercer acto- y acompañó con efectividad durante toda la función.

Asistíamos a la función porque estaba anunciada Aleksandra Kurzak como Violetta, pero Cristina-Antoaneta Pasaroiu nos entusiasmó de un modo que quizá no lo hubiera conseguido Kurzak. Ninguno de nosotros conocía a esta joven cantante rumana (Bucarest, 1986), pero nos ha dejado encandilados. Ya no es la belleza de la voz, ni el amplio fiato, ni la musicalidad de su fraseo, ni su expresividad algo contenida, ni que se le oiga sobrada siempre, sino que por momentos apunta además ese 'algo más' que tienen las cantantes realmente buenas.

 

Francesco Demuro (Alfredo Germont), Cristina Antoaneta Pasaroiu (Violetta Valéry), Jean-François Lapointe (Giorgio Germont)

Lástima que a su lado tuviera el peor Alfredo que Maruxa recuerda haber visto. Francesco Demuro simplemente no está capacitado para cantar Alfredo, pero además de faltarle las condiciones físicas también carece de esa valentía que se espera de un cantante que acepta un papel protagónico. O sea, ya no es que la voz se le rompiera (como cuando le arroja el dinero a Violetta) o que se fuera totalmente de tono y resultara cómico-ridículo, cosa que le ocurrió en varias ocasiones, sino que además no se esforzaba en enderezar sus errores, seguía hasta terminar su intervención sin ningún titubeo ni duda, como si ni siquiera se oyera a sí mismo. Que al final de la ópera recibiera aplausos -incluso siendo Alfredo- nos dejó totalmente asombrados.

Menos mal que Demuro fue el único problema. Jean-François Lapointe fue un Giorgio Germont canónico, aunque algo frío: ni resultó suficientemente insensible al romper la felicidad de Violetta ni sonó demasiado arrepentido posteriormente. Vocalmente resultó ejemplar pero expresivamente no tanto. Los secundarios, tal y como nos tienen habituados en Fráncfurt (un teatro de compañía bien engranado), funcionaron muy satisfactoriamente. Del buen hacer de algunos de ellos ya hemos escrito en otras ocasiones -Alfred Reiter (y ahora su hija Elizabeth), Dietrich Volle o Franz Mayer, por ejemplo-, otros son nuevas incorporaciones que con su buen nivel aseguran con total naturalidad la continuidad de la compañía. Espléndida igualmente la participación del coro, bailarines y figurantes, que tienen gran importancia en esta producción.

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