España - Galicia

La contemplación de un siglo

Paco Yáñez
miércoles, 3 de abril de 2013
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Santiago de Compostela, lunes, 25 de marzo de 2013. Igrexa da Universidade. Grupo Instrumental Siglo XX. Florian Vlashi, director. Arnold Schönberg: Die eiserne Brigade. György Ligeti: Kammerkonzert. John Adams: Chamber Symphony. VII Festival de Músicas Contemplativas. Ocupación 100%
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Recupera Santiago de Compostela el ‘Festival de Músicas Contemplativas’, que alcanza este año su séptima edición tras una ausencia en 2012 debida a los recortes económicos que, como una plaga, asolan nuestro Estado. Con su habitual filosofía de diálogo entre culturas, tiempos y espacios, pretende este festival (un tanto desdibujado este año con respecto a ediciones previas, de mayor calidad) establecer un ágora de comunicación entre las distintas músicas del mundo, asomándose, en el concierto que nos compete hoy, a dos continentes y a tres formas de ‘vanguardia musical’; denominación ésta con la que no sé si tanto György Ligeti como John Adams se sentirían muy cómodos.

Sea como fuere, la velada titulada Chamber Symphony, os mestres das vangardas, nos ha permitido el reencuentro en Compostela con el decano de nuestros ensembles de música contemporánea: el Grupo Instrumental Siglo XX que dirige el violinista albanés Florian Vlashi, al que ya se echaba de menos en nuestra ciudad, especialmente cuando nos ofrecen un programa tan atractivo y sólido como el de esta noche, en el que prácticamente repasaban en toda su extensión el siglo que les da nombre, al menos en tres momentos tan definitorios como el de la vanguardia histórica, la avantgarde de la segunda posguerra, y la posmodernidad que ha marcado el final de siglo.

En un espacio escénico, el altar de la Iglesia de la Universidad, que a duras penas daba cabida a la amplia plantilla de instrumentos del GISXX (y que creo ha incidido de forma negativa en la proyección sonora del conjunto), abordó Florian Vlashi la primera de las partituras programadas; obra quizás un tanto fuera de lugar en relación a las siguientes piezas. De recalar en Arnold Schönberg (Viena, 1874 - Los Angeles, 1951), y aunque el concierto se hubiese alargado, creo que la partitura más pertinente para esta propuesta hubiese sido la Kammersymphonie Nº1 (1906), que conferiría una base histórica más precisa para las piezas de Ligeti y Adams, además de cerrar circularmente el programa con respecto a la partitura del norteamericano, que cita la opus 9 del vienés en los últimos compases de su obra, en un ejercicio paródico a cargo de los metales.

La pieza de Arnold Schönberg hoy programada fue el quinteto con piano Die eiserne Brigade (1916), obra que ya escuchamos al GISXX en 2011, en un muy bella e interdisciplinaria propuesta escénica basada en la Verein für musikalische Privataufführungen. Con respecto a su lectura de hace dos años en el Teatro Jofre de Ferrol, ésta me ha parecido más brahmsiana y clásica; algo que no nos debe extrañar, si pensamos en el enorme valor que Schönberg concedía a la música del compositor alemán. Entremezclado con ese carácter, destellos tanto del vals como del cabaret: síntesis de las músicas cultas y populares que poblaban la escena vienesa antes de la guerra. Así parece entender toda la primera sección Florian Vlashi, con un fuerte equilibrio entre elegancia y despreocupación mundana. La irrupción del tema expresionista, de la marcha bélica, la realiza Vera Pavlova al piano muy en lejanía, acechante y en progresivo acercamiento. También así será expuesto el célebre pasaje del animalario y sus onomatopeyas, con mayor comedimiento que en la más expresionista lectura de 2011. Se pierde algo en énfasis, pero se gana en claridad, con un muestrario vocal muy logrado por parte de los músicos, con especial mención para la precisa violonchelista Teresa Morales y para el violinista albanés en sus últimos compases como perro y lobo, soberbio. Igualmente, el trémolo de cuerda podría sonar más hiriente y marcado, pero ello no deja de conformar una propuesta creo que muy conscientemente buscada por Florian Vlashi, que desde esa distancia nos hace contemplar de forma más paródica y absurda el horror de la guerra, el zoo(i)lógico y galería de infamias que es la historia de la humanidad. Su modo de retomar el tema inicial, desenfadado y lúdico, tan ingenuo, empapado del pasado y de un tono hasta irreflexivo, ha sido brillante. Al fin y al cabo, todos conocemos la historia, lo que sucedería en y tras la inmediata posguerra...

Superada la segunda conflagración mundial, y con otras no menos cruentas purgas operando en el continente, György Ligeti (Dicsöszentmárton, 1923 - Hamburgo, 2006) forma parte de los compositores que, en un estado de ánimo impelido al movimiento perpetuo, al inconformismo y búsqueda de nuevas soluciones artístico-musicales, reinventará los lenguajes sin por ello dejar de enraizarse en la tradición, en su caso la de Béla Bartók, a la que suma influencias de la polifonía renacentista y sus experiencias electroacústicas en Alemania. De algún modo, el genial Kammerkonzert (1969-70) es fruto de todo ello, además de una de las más altas cimas de la música de cámara en el siglo XX. Florian Vlashi es muy consciente de esto, como sus músicos, en los que se percibía una tensión especial antes de afrontar tan compleja partitura (dificultada, como se ha apuntado, por un espacio no del todo cómodo para los intérpretes ni para la espacialización sonora de un ensemble en exceso comprimido). Pese a ello, el resultado global ha sido muy satisfactorio, brindando éste que (hasta donde yo sé) ha sido estreno gallego de la exigente partitura con una notable calidad interpretativa.

Ha prescindido el GISXX de dirección al uso en este Kammerkonzert. Mayoritariamente dirigido por Florian Vlashi desde el primer violín; en función de en qué compases estuviese más comprometido con su instrumento, el tempo ha sido marcado por diversos músicos, como Todd Williamson en contrabajo, o Pere Angera en clarinete bajo. Es una apuesta de riesgo, ya que la dirección queda un tanto limitada a aspectos puramente metronómicos. Ha salvado la versión el hecho de que se aprecia un sesudo trabajo de ensayos previo, tanto individual como de conjunto, pero quizás en futuras aproximaciones debería el GISXX confiar a un solo director la labor de conducir íntegramente la pieza (Florian Vlashi podría perfectamente hacerlo, como se comprobó en Adams). Ahora bien, se entiende el empeño del conjunto herculino en no prescindir de su primer atril, pues sin duda es la más sólida baza de las cuerdas, especialmente a nivel expresivo, en contundencia y volumen sonoro. En el quinteto de cuerda destaca, asimismo, el antes citado Todd Williamson, hombre de una gran musicalidad y dominio técnico, que también es capaz de poner sustancia emocional y énfasis expresivo, como escuchamos en sus pasajes en pizzicato contra mástil, poderosísimos, además de muy firmes rítmicamente. El resto de las cuerdas, algo contenidas. Bien técnicamente Teresa Morales, por precisión y lenguaje contemporáneo, aunque más en un segundo plano, como Lilia Chirilov y Raymond Arteaga. Sin duda, en el primer movimiento, ‘Corrente’, y en el resto del Kammerkonzert, lo más logrado a nivel instrumental ha sido la plantilla de vientos, impecables, de moderna concepción sonora, rotunda presencia y gran empaste tanto en texturas como en ritmos, con dos voces fundamentales: el oboísta Casey Hill y el clarinetista Joaquín Meijide. Su forma de amalgamar los clusters del ‘Fließend’ es importantísima para la unión del conjunto, para la cohesión de este verdadero concierto para trece virtuosos. Importante, también, en esa labor de empaste el sintetizador en pedal, bien modulado por Vera Pavlova, con ese halo de misterio y lejanía que imprime como base para las redes micropolifónicas que Ligeti teje en delicadísimos hilos microtonales; y es que toda esta partitura es un trabajo de refinada orfebrería sonora fruto de un verdadero maestro de la composición.

En el estático y homofónico ‘Calmo, sostenuto’ destaca el modo en que el GISXX ha marcado los contrastes rítmicos con la irrupción de los vientos en agudísimas tesituras, muy vivas e incisivas, aunque el punteo de piano precisara algo más de contundencia, en un instrumento muy apagado hasta el cuarto movimiento, que requeriría más volumen y carácter. Por lo demás, gran ejercicio de color y klangfarbenmelodie, muy bella en auras armónicas, y un rallentando conclusivo interesantemente conducido hacia una suerte de desarticulación rítmica y estructural final, con nítidos matices y capas de relieve, en las que destacaría los gestos sonoros de las cuerdas.

El breve y complejísimo rítmicamente ‘Movimento preciso e meccanico’, inspirado -tal y como reconoce Ligeti- en su Poème Symphonique pour 100 Métronomes (1962), tuvo un fulgurante arranque, magnífico en el staccato de los vientos y algo más corto de contundencia en el pizzicato de las cuerdas (excepto Todd Williamson al contrabajo, abrumador). Los sucesivos cambios de tempo, ritmo y dinámica, bien trabajados, especialmente el tercer ataque, muy súbito y expeditivo, con buen dibujo de la heterofonía reinante. En el tramo final, en la desarticulación de ritmos y entropías sonoras, algo insuficiente la trompa, a la que faltó contundencia y más irregularidad en el pulso. Viento-madera y cuerda, en sus pizzicati, notabilísimos, con un cierre brillante, bien punteado en los teclados, sutil, cual reloj al que se le ha parado la cuerda.

El también arduo ‘Presto’ final, de endiablado virtuosismo llevado al límite, por fin puso de relieve a un piano que se echó en falta en el resto de los movimientos. Ricardo Blanco sí punteó aquí con firmeza sus series rítmicas, como los restantes instrumentistas, especialmente un Todd Williamson desgarrando su arco a varias cuerdas contra el contrabajo, desenfrenado y rotundo; mientras los vientos realizaban ejercicios de cromatismo y coloratura bien modulados, etéreos, evanescentes, con un toque ligeramente cómico: unión ésta de mecanismos y masas texturales tan típica en el genial Ligeti de los años sesenta, y con cuyo equilibrio ha sabido dar el GISXX. La cerrada y sostenida ovación del público compostelano a una obra de estética tan poco frecuente en nuestros provincianos auditorios, no hizo sino reconocer la grandeza de la partitura, la notabilidad de su interpretación, y la falta de argumentos de quienes programan de forma timorata privando al auditorio de piezas de este grado de genialidad y relevancia histórica. Comprobando la reacción de los asistentes ante este brillante Kammerkonzert a cargo del GISXX, quien pretenda seguir esgrimiendo tales tesis, o bien no acude a los conciertos de música actual, u otros intereses oculta...

Con otra informativa y motivadora charla introdujo Florian Vlashi la Chamber Symphony (1992) del norteamericano John Adams (Worcester, 1947), a la que presentó como la más idónea puerta de acceso para el siglo XXI en lo musical (en esto, y aunque no sea el momento para extenderse, no puedo estar de acuerdo con el violinista albanés; pero ahí la riqueza de posibilidades y enfoques de nuestra contemporaneidad). Obra vibrante, ecléctica y un tanto efectista, en el ‘Mongrel Airs’ inicial percibimos ya de inmediato los que serían algunos de los más sólidos instrumentistas en este estreno gallego de la partitura: de nuevo Todd Williamson, Joaquín Meijide y, muy especialmente, el compositor y viola Wladimir Rosinskij, que en su set de percusión retomó los albores de su carrera musical en Rusia como batería de rock, así como la presencia de ésta en alguna de sus obras, como Canons of inevitability (2009-10). Su interpretación ha sido electrizante a lo largo de los tres movimientos: vital, repleta de ecos poliestilísticos (tal como su propia música lo es, o esta misma de John Adams), precisa rítmicamente y rica en timbres. Si Rosinskij tiene una presencia poderosísima en esta Chamber Symphony, quizás a Caroline Bournaud en el primer violín se le podría pedir más volumen sonoro, más protagonismo en este movimiento, porque lo que se dejaba entrever era técnicamente muy bueno, de gran sensibilidad y afinación. Por lo demás, a los vientos quizás les faltó algo de comicidad y sentido del humor, al tiempo que esa ‘hiperactividad acrobática y agresiva’ que John Adams reconoce llega a su pieza desde los dibujos animados de los años cincuenta, con sus obsesivas y machaconas bandas sonoras. En todo caso, primer movimiento progresivamente compacto y firme en su proliferación netamente ivesiana, salvando con notabilidad en general las dificultades estructurales y rítmicas de esta Chamber Symphony: el carácter mestizo, heterofónico y virtuoso de su tejido contrapuntístico, amalgamado con herencias que van del Schönberg del opus 9 a la música pop: Adams en estado puro.

Melancólico, al tiempo que ciertamente sensual, ‘Aria with Walking Brass’ sonó en manos del GISXX con cierto deje decadente, hasta expresionista, magníficamente conducido en lo rítmico por el pulso de Williamson y en la voz melódica principal por ese gran trombonista que es John Etterbeek. Más que de un paseo, hacen de este movimiento una suerte de marcha, por su firmeza; a la que, de algún modo, asoman ecos ligetianos en el coro de solos que acompañan al solista, por las texturas dibujadas por vientos y metales, de sentido muy cromático. Con un conjunto menos furibundo en su presencia dinámica, resultó ahora más audible Caroline Bournaud, muy sutil en la ‘bicefalia de principales’ que en este movimiento comparte con el trombón. En general, sobresaliente interpretación de este segundo movimiento, más asequible técnicamente, con Florian Vlashi en la dirección muy atento a la contención del volumen, a dotar de cierta delicadeza al conjunto en su sucesión de voces y melodías.

Por último, ‘Roadrunner’ nos devuelve a un rotundo frenesí rítmico, en el que Bournaud firmó lo mejor de su interpretación, especialmente su dúo con un Rosinskij que en el trap set ha resultado demoledor por la fuerza de su batería (magnífico pedal). Comedida pero lograda cadencia de violín, y una marcha final en vibrante crescendo que ha resultado obscura y con atisbos macabros en su súbita irrupción, con un excelente Steve Harriswangler en el contrafagot, de sonoridad electrónica y palpitante, bien acompañado a pulso por contrabajo, fagot y sintetizador, progresivamente orgánico al unirse el resto del ensemble, en el que la rúbrica final impone ese eco desdibujado y humorístico del opus 9 schönberguiano, con gran énfasis final de Aigi Hurn en la trompeta.

Como era de esperar (reacción habitual en las citas con la contemporaneidad en Galicia; sean éstas con GISXX, TAC, o Vertixe Sonora -por mencionar a sus ensembles más activos; los extranjeros siguen clamorosamente brillando por su ausencia-), el público que llenaba el aforo ovacionó de forma efusiva la ejecución al final del concierto: nueva demostración del éxito de estas músicas si se programan obras verdaderamente sustantivas de maestros de los siglos XX y XXI y se publicitan de forma adecuada.

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