Italia

Una ópera alucinada

Anibal E. Cetrángolo
miércoles, 17 de abril de 2013
Venecia, sábado, 23 de marzo de 2013. Teatro La Fenice. Věc Makropulos, música y libreto de Leoš Janáček. Primera representación en Venecia. Dirección escénica: Robert Carsen. Escenografía: Radu Boruzescu. Vestuario: Miruna Boruzescu. Intérpretes principales: Ángeles Blancas Gulín (Emilia Marty); Ladislav Elgr (Albert Gregor); Andreas Jäggi (el conde Hauk-Šendorf); Enric Martínez-Castignani (Kolenatý); Martin Bárta (Jaroslav Prus); Enrico Casari (Janek); Leonardo Cortellazzi (Vítek); y Judita Nagyová (Krista). Orquesta y coro (director del coro, Claudio Marino Moretti) del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director: Gabriele Ferro. En lengua original y en coproducción con la Opéra National du Rhin de Estrasburgo y el Staatstheater de Nuremberg
0,0003597

En su frenética fuga de los modelos del pasado, sobre todo si son románticos, las óperas serias del siglo XX han evitado, como la peste, argumentos centrados en los conflictos sentimentales de amor.

Se ha cantado de todo menos una declaración de réditos. No ha faltado quien -Richard Strauss en Capriccio- ha llevado al escenario una polémica estética, o quien, como Leoš Janáček, en este Věc Makropulos, haya construido una ópera en torno a un proceso testamentario. Pero lo más notable, según creo, en esta ópera del gran músico checo, es el haber tejido un relato tan dependiente del flashback. Esto no es habitual en la convención lírica porque la ópera se mueve cómodamente cantando el presente y el melodrama se muestra torpe cuando debe relatar antecedentes: es muy arduo explicar en poco tiempo cosas complicadas del pasado. Prueba emblemática de tal dificultad es el tan a menudo tijereteado monólogo de Wotan en el segundo acto de Die Walküre o el preludio de Il Trovatore.

En el caso de marras, Emilia Marty, la protagonista de la ópera checa, nos tiene que contar trescientos años de su pasado, lapso en el cual la longeva señora se llamó Ekaterina Myskin, Elsa Müller, Eugenia Montez, Ellian Mc Gregor; toda una cadena de identidades que comienza cuando Elina, la hija del alquimista Hieronymus Makropulos, hubo de probar el elixir de la eterna juventud que había inventado su padre. La acción del melodrama se desarrolla en tiempos del estreno de la opera, 1926, pero el punto inicial de la historia se ve lejanísimo desde el momento en que se establece el diálogo entre el espectador y Emilia. En efecto, el relato nos lleva a la Praga de Rodolfo II, que es quien encargó el famoso elixir a Makropulos. La ficción que se cuenta se apoya en un contexto histórico: Rodolfo había trasladado la capital del imperio de Viena a Praga en 1583 y su afición por lo esotérico hizo que llegasen a la ciudad alquimistas de toda Europa. El melancólico Habsburgo comisionó a varios de estos personajes para dar con la piedra filosofal y procurarle licores que alargasen la vida. Victimas de su impericia y del capricho de Rodolfo, muchos de ellos terminaron en los calabozos imperiales o perecieron en jaulas suspendidas sobre el rio. Quien haya visitado Praga habrá conocido la callejuela de los alquimistas, cerca del Castillo.

Momento de la representación de 'Věc Makropulos' de Janáček. Dirección escénica: Robert Carsen. Dirección musical: Gabriele Ferro. Teatro La Fenice, marzo de 2013

Desde los tiempos de Rodolfo hasta los más cercanos a Janáček, un hilo conductor mantiene la antigua ambición de las gentes de Praga en pos de la receta de la inmortalidad. Es en tal ambiente que sitúa su historia Karel Čapek, el célebre escritor del texto sobre el que se basa la opera. No es casualidad que en la ciudad del Golem, Čapek elaborara sus historias sobre autómatas que su hermano bautiza por primera vez “robot”. El personaje del alquimista Makropulos que crea Čapek se injerta entonces sin esfuerzo en ese clima saturnino que fue Praga al terminar el siglo XVI. Si bien es leyenda que el barrio haya hospedado al Doctor Fausto, no lo es que en el n° 22 de la citada callecita haya vivido Franz Kafka, lo que muestra que la misteriosa Praga no ha perdido contornos mágicos y opresivos con el paso del tiempo y que son los que refleja esta ópera. Lo increíble aparecerá plausible aun mucho después, en pleno siglo XX, entre las mesas de una taberna de Praga, como las que frecuentaba Bohumil Hrabal. Pero hay otra vuelta de tuerca: tanto las callejuelas de delirio como las tabernas pletóricas de alcohol son cosas de hombres. Siendo la alquimia manía masculina, serán las mujeres las destinadas a destruir las ambiciones de los hombres ambiciosos de eternidad. Esto es inteligentemente señalado por Angelo Maria Ripellino, famoso en Italia por su Praga mágica. Ripellino encuentra esa común revancha femenina en las dos comedias gemelas de Čapek, R.U.R. -la de la historia del robot- y el Věc Makropulos que ahora nos ocupa.

Aquel complejo personaje, la Elina de Čapek, interesó mucho a Janáček y el escritor, luego de alguna reticencia inicial, cedió su historia en 1923 a este compositor ya maduro que recién en aquellos años empezaba a ser famoso.

Janáček se aprovecha de viejos vicios del melodrama -lo autorreferencial-: la señora Marty es una diva de la ópera y esto permite infinitas citaciones líricas tanto en la música como en el texto.

Siempre a propósito de estas referencias, es imposible eludir el episodio ibérico en la personalidad de nuestra protagonista que en algún momento de su vida se llamó Eugenia Montez, la “negra chula”. Esto da pie al compositor a algunas escenas de españoladas -castañuelas incluidas- que resultan por demás útiles para alternar con color y vital liviandad las sombras densas de esta historia macabra.

Esta ocasión, y los cambios de época y de ambientes, dan pretexto a una paleta variada de “situazioni” como diría Verdi, que el compositor checo aprovecha con sus imaginativas habilidades tímbricas y también con referencias a estructuras arcaicas tanto en lo melódico como en lo vertical -ciertas cadencias plagales, por ejemplo-.

Momento de la representación de 'Věc Makropulos' de Janáček. Dirección escénica: Robert Carsen. Dirección musical: Gabriele Ferro. Teatro La Fenice, marzo de 2013

El espectáculo que mostró esta ópera en estreno veneciano fue muy bueno. La puesta de Carsen fue una de las mejores que he visto de este gran artista de la escena. El regisseur, más allá de los gustos personales, es sin duda un profesional que conoce en profundidad el mundo lírico. En tiempos en los que tan a menudo la improvisación es llamada a ocupar la responsabilidad escénica de las óperas, el toparse con gente que conoce su trabajo es algo que hay que celebrar. Su puesta fue a la vez intensa en la descripción angustiosa del ambiente y rica en la erudición, pero esto jamás atacó la dinámica del espectáculo que fue siempre interesante también en lo visual. Lo que se mostraba fue siempre solidario del colorido rico que proponía la siempre variada tímbrica del foso orquestal. La diva que nos ha mostrado Carsen fue en otros tiempos Violetta, Tosca, Turandot... y esas mutaciones fueron mostradas en diferentes, hermosísimos, vestidos que diseñó Miruna Boruzescu.

De esto puede entenderse que la protagonista que pide esta ópera deba ser una cantante de dotes absolutamente excepcionales. Se trata de mostrar una mujer que todo lo ha visto, que de nada se sorprende, pero que necesita conseguir desesperadamente la famosa fórmula perdida. El papel supone un artista de gran carácter y espesor vocal, pero con facilidad en el agudo. Tal milagro vocal debe concretarse dentro de alguien que pueda convencer en lo actoral sin llegar a la sobreactuación. Este prodigio fue conseguido por la excelente Emilia que presentó La Fenice, Ángeles Blancas Gulín, una estupenda cantante que tuve ocasión de apreciar hace unos años en el Colón.

Momento de la representación de 'Věc Makropulos' de Janáček. Dirección escénica: Robert Carsen. Dirección musical: Gabriele Ferro. Teatro La Fenice, marzo de 2013

La soprano fue acompañada por una compañía de canto homogénea y de muy alto nivel. A pesar del decidido protagonismo que se pide a Elina, el espectáculo mostró un trabajo de equipo muy solvente. Fue especialmente grata la actuación de Andreas Jäggi, en el rol del simpático vejete enamorado de la “negra chula” Eugenia Montez. En su caracterización no era difícil descubrir la imagen del compositor, quien como ese personaje, fue un enamoradizo que en tardía edad sucumbió ante una fascinación peligrosa. Janáček, después de haber superado un escándalo con una cantante de ópera, cayó perdidamente enamorado de una joven dama casada que conoció en las termas de Luhačovice, la bella Kamila Stösslová. Kamila fue musa inspiradora de gran parte de la música que el checo compuso desde aquel encuentro fatal, en 1917, hasta su muerte, lo que incluye, por supuesto esta ópera alucinada.

La difícil partitura fue solventemente conducida por Gabriele Ferro y los cuerpos estables del Teatro, coro y orquesta fueron muy correctos.

El texto que acompañó la producción es un verdadero lujo, en especial por el muy consciente trabajo analítico de Michele Girardi.

El público, que colmó el teatro, recibió con entusiasmo el trabajo de los artistas.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.