Suiza

Liederabend en casa de los Hunding

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Lucerna, sábado, 31 de agosto de 2013. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Bamberger Symphoniker – Bayerische Staatsphilharmonie. Jonathan Nott, director. Richard Wagner: Die Walküre, primera jornada del festival escénico Der Ring des Nibelungen (version de concierto). Albert Dohmen (Wotan), Mijail Petrenko (Hunding), Elisabeth Kulman (Fricka), Meagan Miller (Sieglinde), Klaus Florian Vogt (Siegmund), Petra Lang (Brünnhilde), Anja Fidelia Ulrich (Gerhilde), Martina Welschenbach (Ortlinde), Ulrike Helzel (Waltraute), Viktoria Vizin (Schwertleite), Carola Höhn (Helmwige), Katja Pieweck (Siegrune), Kismara Pessatti (Grimgerde), Eva Vogel (Rossweisse). Ocupación: 100%
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A primera vista, puede que el título de la reseña suene algo irreverente. Al contrario, es laudatorio: no se me ocurre mejor manera de resumir lo que sucedió esta noche, particularmente durante un primer acto maravilloso desde el primero hasta el último compás. Jonathan Nott arrancó con una tormenta fulgurante, y concluyó -sin prisas, como está mandado- con excitación a raudales. Entre una y otra cosa, los welsungos se dedicaron a cantarse a ellos mismos en la intimidad de la noche, como si estuvieran solos en el teatro, mientras una orquesta transparente y sedosa transmitía el calor de la primavera.

Ya me pareció anoche que la norteamericana Meagan Miller daba para algo más que Freia; pero no podía imaginar que compusiera una Sieglinde de tan altos vuelos, de voz carnosa y cálida, estupendamente bien educada para estos menesteres. A Klaus Florian Vogt el papel le sienta como un guante, está cómodo y lo disfruta, usando a placer un instrumento de potencia suficiente y color precioso. Y el fraseo de ambos fue toda una lección: “Der Männer Sippe” se escuchó como lo que es, una narración con ímpetu contenido; y si esta noche me hubieran dicho que “Winterstürme” lo había escrito el mismísimo Franz Schubert, yo lo habría creído a pies juntillas.

Por las mismas razones, otro momento inolvidable fue la preparación para extraer la espada del fresno: cuan irónico suena el motivo de la renuncia del amor de Alberich, mientras Vogt lo canta enfatizando la arrolladora inocencia de Siegmund. Lástima que un poco antes, cuando Sieglinde le indica dónde está el arma, el célebre motivo quedase marrado por un vice-patinazo de la trompeta baja (estas cosas pasan en las mejores familias); y lástima también que a Mijail Petrenko su Hunding le quede un poco grande, tanto de fuelle como de oscuridad, aunque el hombre se metió en el personaje.

Tenía yo curiosidad por comprobar si Petra Lang, excelente Brangäne y Waltraute de tantos años, ha dado el paso a soprano dramática con seguridad. Y seguridad tiene, desde luego, y todas las notas también, pero el papel de Brünnhilde aún no es suyo del todo. Y no tanto porque saliera a cantar con la partitura bajo el brazo (teniendo en cuenta que los demás no lo hicieron, esto restó una miaja de credibilidad al personaje), sino porque hacerse con la compleja psicología del personaje requiere muchos años de tablas (que se lo pregunten si no a su maestra, Astrid Varnay).

Así, sus “Hojotoho!” sonaron con fuerza, y acertó con el carácter de su primer diálogo con Wotan. Pero no en la escena de la anunciación de la muerte. Nott preparó el ambiente con esa sugerente combinación de serenidad y de sentido de lo inexorable; de manera que me esperaba otra Liederabend de la mano de Vogt y Lang, trompista de formación él, violinista ella. Vogt no defraudó, y se mostró crecientemente emocionado mientras interrogaba a Brünnhilde (aunque al final padeció un lapsus de memoria y se comió una frase entera, si bien Nott estuvo al quite y enderezó el entuerto hábilmente). Y Lang no se quedó atrás, pero sólo hasta que le confiesa que Sieglinde no le acompañará al Walhalla: eso no se puede cantar como si dijera “qué pena, ha fallado usted en la última pregunta”.

Die Walküre, de Wagner (version de concierto).  Bamberger Symphoniker – Bayerische Staatsphilharmonie. Jonathan Nott, director. Festival de Lucerna en verano, 2013

Albert Dohmen confirmó la impresión del Rheingold. Quien tuvo, retuvo; pero tuvo mucho más de lo que retuvo. Es un Wotan de raza, pero ya en decadencia. También él recurrió al papel impreso, aunque lo dejó en un atril y sólo de vez en cuando le echaba un ojo; pero lo trascendente es que su voz sonó con continuos altibajos en el crucial monólogo. No importa que la orquesta le tapara en la explosión inicial (“O heilige Schmach!”), porque es imposible luchar contra semejante fuerza sonora, y aquí Nott desató sin piedad a la orquesta; sí importa que llegara visiblemente cansado a “Das Ende!” Claro que antes ya se las había visto con una Fricka que, al contrario, no se pareció en nada a la de la función anterior: Elisabeth Kulman cantó maravillosamente bien de voz y de carácter, teniendo claro que el enfrentamiento con Wotan no es una riña matrimonial, sino un asunto de Estado.

Impresionante por separado y en conjunto el escuadrón de walkirias, que sería la envidia de cualquier teatro de ópera que se precie. E impresionantes también los Bamberger en una cabalgata trepidante, y en el dramatismo sin tregua, casi vertiginoso, que Nott exigió a lo largo de toda la escena (Miller llegó algo justa, pero llegó, a su “O hehrstes Wunder!”). Lang se creció en su último diálogo con Wotan y supo replicarle de tú a tú. Sin embargo, Dohmen defendió sus adioses un poco a trancas y a barrancas, alquitranado abajo y apurado arriba: Nott le sirvió la mejor alfombra orquestal posible -emoción de la buena y sonido expansivo en el interludio del abrazo y en el del sueño-, y se puso a su disposición, pero Dohmen tuvo que cortar las frases aquí y allí para tomar aliento, reservándose para dar la última advertencia con genuina arrogancia.

Nott tardó en bajar los brazos una vez que la música se hubo extinguido, y esos buenos diez segundos de silencio me supieron a gloria bendita para acabar de paladear una función estupenda. Después, aplausos para todos, ovación para Fricka y los welsungos, y pataleo (que, como es sabido, aquí es signo de máxima aprobación) para orquesta y maestro.

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