Alemania

Wagner en Múnich: un centenario digno

J.G. Messerschmidt
lunes, 29 de julio de 2013
Múnich, sábado, 13 de julio de 2013. Staatsoper. El anillo del nibelungo. Música y libreto: Richard Wagner. Dirección escénica: Andreas Kriegenburg. Escenografía: Harald B. Thor. Iluminación: Stefan Bollinger. Vestuario: Andrea Schraad. Coreografía: Zenta Haerter. Dramaturgia: Marion Tiedtke y Olaf A. Schmitt. Reparto (El oro del Rin): Johan Reuter (Wotan), Levente Molnár (Donner), Sergey Sorokhodov (Froh), Stefan Margita (Loge), Tomasz Konieczny (Alberich), Ulrich Ress (Mime), Thorsten Grümbel (Fasolt), Steven Humes (Fafner), Sophie Koch (Fricka) Aga Mikolaj (Freia), Catherine Wyn-Rogers (Erda), Hanna-Elisabeth Müller (Woglinde), Angela Brower (Wellgunde), Okka von der Damerau (Flosshilde). Reparto (La walkiria): Simon O‘Neill (Siegmund), Hans-Peter König (Hunding), Bryn Terfel (Wotan), Petra Lang (Sieglinde), Katarina Dalayman (Brünnhilde), Sophie Koch (Fricka), Susan Foster (Helmwige), Karen Foster (Gerhilde), Golda Schultz (Ortlinde), Heike Grötzinger (Waltraute), Okka von der Damerau (Grimgerde), Roswitha C. Müller (Siegrune), Alexandra Petersamer (Rossweiße), Anja Jung (Schwertleite). Reparto (Sigfrido): Stephen Gould (Siegfried), Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (Mime), Terje Stensvold (el caminante), Tomasz Konieczny (Alberich), Steven Humes (Fafner), Qiulin Zhang (Erda), Catherine Naglestad (Brünhilde), Anna Virovlansky (pájaro del bosque). Reparto (El ocaso de los dioses): Stephen Gould (Siegfried), Iain Paterson (Gunther), Hans-Peter König (Hagen), Tomasz Konieczny (Alberich), Nina Stemme (Brünhilde), Anna Gabler (Gutrune), Michaela Schuster (Waltraute), Angela Brower (Wellgunde), Wiebke Lehmkuhl (primera norna), Jennifer Johnston (segunda norna), Anna Gabler (tercera norna). Orquesta del Estado de Baviera. Coro de la Ópera del Estado de Baviera. Maestro del coro: Sören Eckhoff. Dirección musical: Kent Nagano. Festival de Ópera de Múnich
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Hace unos meses en estas mismas páginas Alfredo López-Vivié publicó una a nuestro juicio excelente reseña de la actual producción muniquesa de El anillo del nibelungo [leer reseña]. Esta misma producción ha sido uno de los puntos culminantes del Festival de Ópera de Múnich, celebrado entre el 27 de junio y el 31 de julio. No sólo las dimensiones de la Tetralogía, el bicentenario del nacimiento de Wagner y la tradición que el Anillo tiene en esta casa (las dos primeras óperas de la Tetralogía fueron estrenadas en este mismo teatro), han determinado la importancia de estas funciones, sino también el hecho de que fueran una de las últimas ocasiones de ver en el foso a Kent Nagano en su calidad de director musical de la Ópera del Estado de Baviera.

En el momento de escribir estas líneas, Nagano se ha despedido ya de Múnich (que espera como sucesor en Bayreuth al celebradísimo Kirill Petrenko) y está asumiendo el mismo cargo en la Ópera de Hamburgo. Y en efecto, si algo merece ser comentado en este ciclo, es precisamente la dirección orquestal de este maestro. Se ha hablado mucho acerca de la distancia y la frialdad interpretativa de Kent Nagano, al que se reconoce como un gran técnico, pero al que se echa en cara una cierta falta de expresividad. ¿Cómo se desenvuelve Nagano como director de óperas de Wagner? Hay directores wagnerianos cuya labor pueden ser considerada canónica, clásica. Se trata de maestros que cultivan un tipo de interpretación enraizado en la tradición. Nombraremos, a modo de ejemplo, a tres: Daniel Barenboim, Peter Schneider y Christian Thielemann. Se trata de personalidades consagradas en Bayreuth (Schneider es uno de los directores que más funciones ha dirigido en toda la historia del Festival), muy diferentes entre sí, pero que tienen en común un planteamiento musical (casi diríamos "ideológico") común al abordar la obra de Wagner: el romanticismo. Pues bien, Kent Nagano no pertenece de ningún modo a este grupo de directores. ¿Es ello un defecto? No necesariamente. En este Anillo, Nagano ha demostrado que existen otros planteamientos posibles, alejados ciertamente de la tradición, "heterodoxos", quizás exasperantes para el wagneriano acérrimo, pero en todo caso artística e intelectualmente válidos; en cualquier caso, mucho más interesantes que los del falso romanticismo cultivado por algunos directores forzadamente "pasionales". No nos referimos a los tres maestros mencionados más arriba, cuyo romanticismo wagneriano es de la mejor ley, sino a los que nos ofrecen anillos muy relucientes, pero sólo chapados en oro de pocos quilates.

Y como estamos haciendo comparaciones (siempre odiosas, pero que, seamos sinceros, ni podemos ni queremos evitar) es imposible no comparar este Anillo del gélido Nagano con el que hace unos cuantos años presentó en este mismo teatro el vulcánico Zubin Metha. El balance es que poco pesan los defectos del hielo y las virtudes del ardor: la calidad musical y la sinceridad artística de la versión de Nagano dejan muy atrás a la de Mehta. El hielo auténtico resulta ser mucho mejor que el fuego falso.

Anna Gabler (Gutrune), Stephen Gould (Siegfried), Iain Paterson (Gunther), y Chor der Bayerischen Staatsoper en 'Siegfried' de Richard Wagner. Kent Nagano, dirección musical. Andreas Kriegenburg, dirección escénica. Staatsoper de Múnich, 2013

Aunque de la dirección de Nagano puede decirse mucho, intentaremos ser breves y concentrarnos en lo esencial. Lo primero que se advierte es que está fundamentada en la perfección y en la exactitud. Nagano exige de sus músicos un altísimo nivel de precisión y de competencia técnica. Todo en la orquesta se halla en su sitio, no hay deslices, no hay desequilibrios, no hay lugar para los errores, el conjunto funciona como una máquina de relojería. Se tiene la sensación de que Nagano ha analizado la partitura compás a compás, la ha "desmontado" y la ha vuelto a armar, ajustándola nota por nota, sin dejar ni un detalle al azar. Los planos sonoros, los detalles tímbricos, el fraseo, el complejo engarce de los temas y motivos, las abisales perspectivas armónicas: todo está en su lugar y en su momento. Esta falta de imperfección produce una sensación que podríamos definir como de ausencia de espontaneidad o de pasión. Los medios expresivos previstos por el compositor están presentes y no carecen de intensidad, pero la exactitud extrema en su ejecución les otorga un carácter poco común, casi contradictorio con su propia naturaleza. En la versión de Nagano no hay azar, su interpretación es fatal, implacable, despiadada en su perfección técnica.

¿Es esto Wagner? Creemos que sí, que también esto es Wagner, o al menos una faceta casi siempre olvidada de Wagner y en particular del Anillo: su terrible fatalismo, su clarividencia de un futuro deshumanizado, que entre tanto ha llegado a ser nuestro presente. Si en esta versión hay algo de psicología en la configuración musical de los personajes, se parece más a una vivisección de sus almas que a un juicio moral o a un movimiento de empatía o de rechazo. No es fácil para un director de orquesta jugar con todos los hilos que mueven a las numerosísimas figuras del Anillo. Siempre hay tres o cuatro personajes que dan el tono, que aportan una perspectiva, que dictan el punto de vista desde el que el director aborda la obra. En el caso de Nagano estas figuras centrales no ni son Siegfried ni Brühnhilde, ni Siegmund ni Sieglinde, ni Wotan ni Fricka, ni Mime ni Alberich, sino Erda y las Nornas, es decir, las voces de un destino ciego, maquinal, falto de sentimientos y de emociones.

Momento de la representación de 'La Walkiria' de Richard Wagner. Kent Nagano, dirección musical. Andreas Kriegenburg, dirección escénica. Staatsoper de Múnich, 2013

El Anillo también es eso; incluso podríamos decir que, considerado objetivamente, es sólo eso: las historia de una serie de catástrofes inevitables, dispuestas por el hado desde el principio; las pasiones son solamente las herramientas de la tragedia. La distancia emocional y la perfección técnica de la interpretación de Nagano reflejan exactamente la indiferencia y la ineluctabilidad de ese destino. Por otra parte, el placer auditivo es inmenso. Nagano heredó de Mehta una orquesta que había ido a menos y deja a Kirill Petrenko un instrumento musical excelente, a altísimo nivel técnico y en la mejor forma artística.

Al comienzo de esta crónica mencionábamos la crítica escrita por Alfredo López-Vivié en enero. Nos remitimos a ella para los detalles de esta producción. Aquí, al juicio sobre la labor de Nagano, añadiremos sólo unas cuantas observaciones de menor importancia. En primer lugar, nos referiremos a los cantantes. Es esta una producción que también en ese aspecto ha tenido gran interés y que, al mismo tiempo, ha podido resultar algo decepcionante para quienes esperasen fuegos de artificio vocales. En el reparto no hay inmensos cantantes wagnerianos: ni un Lauritz Melchior, ni una Birgit Nilsson, ni una Waltraud Meier, ni un Kurt Moll; pero tampoco puntos débiles ni desequilibrios. En cambio, nos encontramos con un conjunto formado por muy buenas voces, por artistas muy competentes en la materia, absolutamente entregados y sin ánimos de atraer sobre sí la atención de público y crítica a cualquier precio, sino empeñados en servir lo mejor posible a la partitura y a sus respectivos papeles (cosa que logran brillantemente). En este sentido el "engarce" musical está excepcionalmente bien logrado. La concertación y el "acompañamiento" (si de tal puede hablarse en Wagner) de los cantantes por parte del director y la orquesta son ejemplares. Si alguien sobresale en este reparto es Stephen Gould. En Sigfrido alcanza un nivel interpretativo y expresivo estupendo, pero ¡ay! tal entrega incondicional tiene un precio: en El ocaso de los dioses se advierte el cansancio.

Anja Kampe (Sieglinde), Klaus Florian Vogt (Siegmund), y Statisterie der Bayerischen Staatsoper en 'Siegfried' de Richard Wagner. Kent Nagano, dirección musical. Andreas Kriegenburg, dirección escénica. Staatsoper de Múnich, 2013

La puesta en escena de Andreas Kriegenburg es un acierto indiscutible y una mejora inmensa respecto al anterior Anillo muniqués de Herbert Wernicke y David Alden. El concepto de Kriegenburg es, podría decirse, fundamentalmente "humanístico". Este humanismo se pone de manifiesto de modo material ya desde el inicio de la Tetralogía: el Rin es una corriente formada por cuerpos humanos semidesnudos. A partir de aquí, lo que se presenta a lo largo de las cuatro óperas que forman el ciclo, es un drama humano, tanto en su plano social-colectivo como en el psicológico individual. Los dioses y los héroes aparecen simplemente como arquetipos de la sociedad humana, mientras que los aspectos heroicos y sobrenaturales contenidos en la obra prácticamente se disuelven en medio de una acción puramente "terrenal". Si algo queda de ellos es una cierta sublimación de la condición humana y de la vida terrena, lo que constituye la otra cara de la medalla.

Tanto en el plano conceptual como en el puramente visual tiene una cierta importancia como fuente de inspiración la obra fotográfica de Spencer Tunick, lo que se pone de manifiesto sobre todo en El oro del Rin, con el río formado por una corriente de cuerpos humanos pintados. Precisamente para el estreno de este Anillo, la Ópera de Baviera invitó a Tunick, quien realizó en Múnich una serie de fotografías con cientos de modelos no profesionales desnudos y con el cuerpo pintado. El aspecto visual es pues uno de los pilares en los que se apoya esta producción.

Momento de la representación de 'El oro del Rhin' de Richard Wagner. Kent Nagano, dirección musical. Andreas Kriegenburg, dirección escénica. Staatsoper de Múnich, 2013

La escenografía y los efectos luminotécnicos se caracterizan por algo que podríamos denominar como austera complejidad. Es decir, no resultan en ningún momento aparatosos, más bien se mantienen dentro de los límites de un cierto purismo estético, sin que por ello dejen de tener un alto grado de complicación técnica y conceptual, así como un notable refinamiento artístico. El mayor mérito en este sentido es la coincidencia entre lo visto y lo oído, entre la imagen por una parte y el texto y la música por otra. No faltan los momentos brillantes, si bien en El ocaso de los dioses la puesta en escena pierde parte de su misticismo para caer en formas más prosaicas, que no siempre acaban de convencer.

En la dirección de actores Andreas Kriegenburg se muestra sobrio y eficiente. Los caracteres están bien definidos y se desarrollan con coherencia, la faceta psicológica está bien configurada y la acción se desenvuelve con fluidez. Y sobre todo, de los intérpretes no se pide ningún esfuerzo que perjudique su interpretación musical o que esté en contradicción con ella. Lo cual, en nuestros días, no es poco.

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