España - Asturias

Psicodelia entre gigantes y cabezudos

Samuel González Casado
miércoles, 2 de octubre de 2013
Oviedo, sábado, 21 de septiembre de 2013. Teatro Campoamor. Wagner: Das Rheingold. Dirección escénica: Michal Znaniecki. Tómas Tómasson (Wotan), Thomas Gazheli (Alberich), Elena Zhidkova (Fricka), César Gutiérrez (Loge), Daniel Norman (Mime), Felipe Bou (Fasolt), Kurt Rydl (Fafner), Eugenia Boix (Woglinde), Sandra Ferrández (Wellgunde), Pilar Vázquez (Flosshilde), Birgit Remmert (Erda), David Menéndez (Donner), Maite Arberola (Freia), Jorge Rodríguez-Norton (Froh). Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Ocupación: 85%
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De todos es sabido que montar un Ring des Nibelungen, aunque se reparta en varias temporadas, es un reto para cualquier teatro. Wagner plantea gran cantidad de problemas escénicos y vocales, que convergen en la conveniencia de un presupuesto decente, buenas dosis de imaginación y decente capacidad técnica del recinto. Salir airoso del trance para un teatro pequeño como el Campoamor, que además inicia su proyecto en una época difícil, supone cuando menos una alegría para el aficionado, pese a que el éxito comercial sea prácticamente imposible, dado el número de localidades y la necesidad de no sobredimensionar los precios.

Esta producción, firmada por el polaco Michal Znaniecki, resuelve varios aspectos de un plumazo al utilizar un recurso que implica en gran porcentaje trabajo de pre-producción: las proyecciones. Gracias al video-mapping se puede mostrar, con mayor o menor fortuna, todo ese mundo mágico que Wagner nos dicta, aunque quizá la esencia escénica del evento aparezca un poco descafeinada, pues lo audiovisual está muy presente en nuestra vida y su abuso en teatro lo convierte en convencional. En este caso, el director de escena acierta en general en el carácter directo, ilustrativo, de lo proyectado, un poco a modo de motiven (recurrente aparición del manzano, etc.), y a veces simbólico (nonatos en las cajas de donde salen los dioses, tela de araña).

De todas formas, existen partes cuya resolución es estupenda y casi llega a impresionar (dragón) y otras en las que es pobre (Freia y el tesoro, cubierta por él de repente, mucho después de que se comenzara la acción). También nos encontramos con el problema de que lo proyectado en el fondo del escenario es de transformación continua y llega a saturar, pese a que sea sencillo. Es difícil estar atento a todo, e inevitable desconectar de vez en cuando. Por otro lado, una parte significativa del público se pierde todo esto, ya que hay bastantes zonas desde las que no se percibe ese fondo. No sé si este aspecto se habrá advertido en la web del teatro, pero es un contratiempo importante.

Momento de la representación de 'Das Rheingold' de Wagner. Dirección escénica: Michal Znaniecki. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Oviedo, Teatro Campoamor, septiembre de 2013

Respecto a los elementos escénicos en sí, lo más interesantes son las cajas rectangulares que ocupan los personajes en todos o algún momento y la "flexibilidad de su estatismo", ya que se les saca gran partido en cuanto a un uso muy serio y meditado, y se constituyen así en la base conceptual de toda la interpretación de Znaniecki. Las enormes cabezas de Alberich y Mime son todo un logro, y les dan un aspecto descompensado, siniestro y a veces casi simpático (efectivo el vestuario, y vistoso maquillaje). Pero algún otro objeto, como el martillo de Donner, parece de una tienda de saldos. Algo así como los "efectos especiales" de flashes logrados con tiras luminosas, no muy refinados y que aportan ciertamente poca magia a los momentos más movidos. Sugerente más que espectacular el arco-iris dirigido al resto del teatro desde un proyector frontal, y no tanto la culminación con el efecto psicodélico de los destellos multicolores del techo, bastante vulgares y con poco efecto.

Entre los cantantes, hay que reconocer que el nivel general fue satisfactorio, sobre todo en relación a lo que exigen los papeles y a los precedentes míticos que todos tenemos en la mente. La verdadera triunfadora fue Elena Zhidkova como Fricka, una mezzo rusa que vocalmente de rusa no tiene nada, dado su equilibrio en toda su tesitura, su tipo de emisión, emparentada con la austriaca, y la flexible disposición de sus pasos entre registros. Esto le permite ser musicalmente muy completa, y así mostró una línea de canto variada, llena de buen gusto, matizada de forma ortodoxa.

Momento de la representación de 'Das Rheingold' de Wagner. Dirección escénica: Michal Znaniecki. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Oviedo, Teatro Campoamor, septiembre de 2013

Suficiente prestación en general también la del Wotan del islandés Tómas Tómasson, con material poco dramático. Comenzó bastante dubitativo y mostró varios asuntos no resueltos en su técnica (aes guturales en mezzo-forte, planificación deficiente de algunos agudos). La línea de canto sufrió a veces decisiones bruscas. Pero el sonido pasaba muy bien y el personaje transmitió autoridad. Fue un Wotan creíble, sobre todo en las partes más "despejadas" de su papel. La culminación, con la entrada en el Walhalla, fue de lo mejorcito de toda la representación.

Satisfactorio el trío de ondinas, papeles con bastante enjundia y difíciles, por la repetición de intervalos en zonas incómodas. Destaca, por su escritura más aguda, el de Woglinde, lo que puede ser un arma de doble filo si la cantante no posee el suficiente dominio. En este caso estuvo muy bien resuelto por Eugenia Boix, que se las apañó para incluir algún regulador sorprendente y una memorable retención de tempo en la "renuncia del amor" (Nur wer del Minne...). Estupendos también sus tres does, perfectamente planificados, y espectacular la descarga de su si final en la primera escena. Suficientes Sandra Ferrández y Pilar Vázquez, que destacaron sobre todo en cuanto a fraseo.

Momento de la representación de 'Das Rheingold' de Wagner. Dirección escénica: Michal Znaniecki. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Oviedo, Teatro Campoamor, septiembre de 2013

El Loge de César Gutiérrez no estuvo a la altura. Su impostación da lugar a un sonido blanquecino y poco útil, a veces desafinado. Las intenciones –o necesidad técnica– de un fraseo tirando a flemático y meditado no eran despreciables, pero sus resultados, sin ser desastrosos, deberían haber sido más dignos dada la importancia del personaje. Sin problemas, sin embargo, David Menéndez, que tenía en Donner un personaje de tesitura bastante cómoda y que le permitió exhibir su buena voz. No pasó lo mismo con el tenor Jorge Rodríguez-Norton, en cuyo sonido falta recogido y elementales ajustes entre registros, aunque tampoco tuvo problemas graves con su breve papel. Voluntariosa la Freia de Maite Alberola pero con múltiples problemas vocales: pasos, colocación en general. Sonido estrangulado, mal proyectado. La voz es excelente y no parece en mal estado, por lo que es susceptible de mejora si la cantante toma las decisiones adecuadas. Poco puede hacer, sin embargo, a estas alturas de su carrera la contralto postiza Birgit Remmer con el desgaste de sus apreciables medios –debido a una mala praxis–, muy evidente incluso desde una intervención que se oía demasiado lejana.

Voz también muy buena, grande, la del Alberich de Thomas Gazhelli y, lo más importante, cantante entregadísimo. Se le pueden poner varios peros vocales, referentes sobre todo a la falta de ductilidad en la emisión y abundancia de trucos, pero no se puede negar que ejerció de protagonista de la obra con una profesionalidad y trabajo para exprimir al personaje dignos de admirar. Respecto a los gigantes, no ocurrió de la misma manera con el Fafner de un Rydl en mal estado, que en su época tuvo bastante y retuvo algo, aunque Bou subió el nivel de la "familia" con un Fasolt matizado y suficientemente patético en su sentimiento amoroso. Histriónico el Mime de Daniel Norman, pero menos que otros y realmente en la senda de lo que puede esperarse de este personaje de carácter, aunque quizá se cargaron las tintas en la parte caricaturesca, en desequilibrio con las zonas trágicas y pérfidas de su carácter, que existen y en abundancia.

Buena labor de la orquesta y director en una obra cuyo motor reside precisamente ahí, y en un foso desde el que el sonido se proyecta de forma algo apagada, al menos desde la zona posterior del patio de butacas. Todo sonó fluido, cómodo con los cantantes, coordinado y transparente, sin renunciar a algunos golpes de efecto que ayudaron a distinguir entre los momentos fundamentales de la obra dentro de esa cierta uniformidad que impone el recinto (por ejemplo, fantástico todo el acompañamiento a Alberich en su maldición e impresionante clímax). Un éxito para Guillermo García Calvo, director al que hay que estar muy atentos, porque apunta buena carrera, quizá –desgraciadamente para nosotros– mayoritariamente fuera de España.

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