España - Cataluña

A las cinco de la tarde, fiesta

Jorge Binaghi
martes, 19 de noviembre de 2013
Barcelona, domingo, 17 de noviembre de 2013. Gran Teatre del Liceu. Recital de Edita Gruberova, soprano, y Alexander Schmalcz, piano. Lieder de Schubert, Rachmaninov y Strauss y bises de Strauss, Dell’Acqua, Meyerbeer y Donizetti
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Banderas colgando de distintos puntos de la sala, una con la reproducción de las facciones de la artista, otra diciendo ‘Edita la Regina del Liceu sei solo tu’ (entre paréntesis, abajo, en letras pequeñas: Callas? Sutherland? Tebaldi?), naturalmente flores en variadas composiciones y papelitos multicolores que caían con la leyenda multilingüe ‘Edita y el Liceu siempre son una fiesta’ (de donde tomo el título de la reseña) dan la idea de la categoría de mito que la soprano eslovaca ha alcanzado entre el público de l Liceu (si el teatro estaba lleno, aunque no desbordante ni del todo completo, mérito suyo).

En este contexto hacer una crítica es casi superfluo y señalar ‘detalles’ (o algo más), tarea odiosa y mal vista. En todo caso, con una técnica aún a prueba de balas (cuando la voz, en el agudo pleno y en el ataque sin subterfugios, muestra signos de resentimiento, su maestría espectacular sale al rescate), la Gruberova, guste más o menos, se ha ganado con su esfuerzo, trabajo y tesón en buena ley el lugar que ocupa: la extensión sigue siendo apabullante aunque el color no lo sea tanto y es sabido que su centro y su grave, para algunos de los autores que aborda, no son precisamente ideales ni poderosos. Pero no acude a excusas filológicas para las partes que desea y decide cantar, tiene el suficiente caudal para hacerse oír y una concepción peculiar -que se podrá discutir- de la interpretación y el estilo que nunca sirven para encubrir carencias o hacerlas pasar por virtudes.

Y desde ese reconocimiento y ese respeto me permito decir que si fue siempre ‘espectacular’ (insisto en el adjetivo), eso no siempre sirve al canto de cámara. O sirve a Dell’Acqua (Villanelle), a Meyerbeer (Ombre légère aunque dé una versión no siempre fiel a la situación dramática de Dinorah) y a Donizetti (O luce di quest’anima de la Linda di Chamounix, desde mi punto de vista con el fragmento de Dell’Acqua lo mejor de todo el concierto).

Los tres autores elegidos para el programa son bien distintos y en este caso resultaron bastante parecidos, no importa el contenido de cada canción, por el empeño en exhibir las famosas messe di voce, los piani en agudo o no (cada vez más fijos), aunque de paso se escuchara también el poco asidero y el aire en el grave y el centro, o bien el Nichts de Richard Strauss parecía más bien pieza propia de Johann. Nunca había visto un programa que comenzara con An die Musik, y que así pasó sin pena ni gloria, o unas Die Sterne tan convencionales (y la articulación de los textos en alemán, ruso, francés e italiano -que fue como se dirigió al público- era excelente, de modo que no radica ahí el problema). Ni Mignon, ni Suleika, ni la famosa Louise! del Jungling an der Quelle tuvieron un enfoque que nos alejara de la superficie. Si el primer Rachmaninov, y más conocido, No cantes, mi bella dama (op.4, núm 4), fue probablemente el punto más alto del programa, la siguiente Canción de primavera (op.14 núm 11) fue probablemente el más bajo por la insistencia en las partes menos privilegiadas del registro. Los otros Strauss, salvo el no muy convincente Leises Lied, fueron lo más homogéneo entre los tres autores. Será hasta el próximo encuentro en concierto u ópera, ya que si la actividad últimamente no ha disminuido no se percibe el porqué de una despedida.

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