Alemania

Un ritual profanado

J.G. Messerschmidt
jueves, 16 de enero de 2014
Múnich, miércoles, 27 de noviembre de 2013. Ópera del Estado de Baviera. La flauta mágica, ópera con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Emanuel Schikaneder. Dirección escénica: August Everding (revisada por Helmut Lehberger). Escenografía y vestuario: Jürgen Rose. Iluminación: Michael Bauer. Coreografía: Beate Vollack. Reparto: Günther Groissbock (Sarastro), Toby Spence (Tamino), Tareq Nazmi (Orador), Albina Shagimuratova (Reina de la Noche), Genia Kühmeier (Pamina), Laura Tatulescu (Primera Dama), Tara Erraught (Segunda Dama), Okka von der Damerau (Tercera Dama), Daniel Schmutzhard (Papageno), Mária Celeng (Papagena), Ulrich Ress (Monóstatos), Francesco Petrozzi (Primer Jenízaro; Segundo Sacerdote), Christoph Stephinger (Segundo Jenízaro), Michael Vogtmann (Primer Sacerdote), Ingmar Thilo (Tercer Sacerdote), Ivan Michal Unger (Cuarto Sacerdote), Markus Baumeister (Primer Esclavo), Walter von Hauff (Segundo Esclavo), Johannes Klama (Tercer Esclavo), Solistas del Coro de Niños de Tölz (Tres Niños). Figurantes y Coro de la Ópera del Estado de Baviera. Director del coro: Sören Eckhoff. Orquesta del Estado de Baviera. Dirección musical: Ivor Bolton
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Según las estadísticas, La flauta mágica es la ópera más representada en todo el mundo. En la Ópera de Baviera es, junto a Parsifal y Hänsel y Gretel, una de las pocas que se mantiene en el repertorio todas las temporadas. La producción en escena en Múnich es la de August Everding, una de las escasísimas escenificaciones 'tradicionales' o 'clásicas' que conserva esta casa. Quizás el rasgo más sobresaliente de la misma sea su fidelidad al concepto vienés de 'Zauberoper' u ópera de magia, en la que por medio de numerosos y sorprendentes cambios de decorado y de 'efectos especiales' se crea la ilusión de un mundo fantástico que debe sorprender al espectador. La escenografía de Jürgen Rose, sin caer en servilismos arqueológicos, se inspira en los medios teatrales habituales en este género en la Viena de la última mitad del siglo XVIII y la primera del XIX. Por otra parte, el concepto dramatúrgico de Everding subraya los aspectos humorísticos de la pieza sin intentar dar interpretaciones magistrales ni 'mensajes' más o menos didácticos, dejando, en cambio, que el espectador entienda la obra como más le plazca y, sobre todo, procurando divertirlo y producirle placer sensorial, fines que los directores de escena y una buena parte de la crítica actuales han condenado a la hoguera.

Dadas estas circunstancias, las representaciones de La flauta mágica en esta versión tienen un carácter casi ritual, pues como los ritos son la repetición periódica, siempre igual y siempre diferente, de una acción cuya forma ha sido fijada hace ya mucho tiempo. El espectador que asiste a este tipo de funciones no espera novedades, lo que pretende es volver a vivir una determinada experiencia, quizá profundizar en ella, quizá repetir un momento de gozo, seguramente dejarse sorprender voluntariamente por un truco escénico visto docenas de veces. Es decir, recuperar una cierta 'inocencia', y de ese modo acceder a un plano más hondo de la realidad que el que ofrece un mundo sometido a la banalidad de un cambio continuo, automático y muy pocas veces justificado. Ese volver al punto de partida, al centro o al origen es fundamental en todo rito. La repetición, en ese caso, es todo menos aburrida. Ahora bien, para que el rito mantenga su sentido, debe ser ejecutado de modo consciente y escrupuloso. Si se descuida la ejecución, se cae en la trivialidad, el rito pierde su significado, se convierte en rutina, en un enigma fosilizado... Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en la Ópera de Baviera. A pesar de que asistimos a la última función de un ciclo de cinco, los intérpretes actuaban como si desconocieran la producción y debieran improvisar o limitarse a ofrecer una caracterización somera y convencional de sus personajes, a falta de instrucciones por parte de la dirección escénica. Los asistentes de dirección a cargo de los cuales estuvo, seguramente, esta serie de representaciones, parecen no haber tenido gran interés por su trabajo ni haber estado familiarizados con esta producción.

Momento de la representación de 'Die Zauberflöte' de Mozart. Dirección escénica: August Everding. Dirección musical: Ivor Bolton. Múnich, Bayerische Staatsoper, noviembre de 2013

Desde luego, este déficit dramatúrgico no es sólo culpa de ellos. Otro factor negativo que tuvo una influencia decisiva fue la dirección orquestal de Ivor Bolton. Es mucho más que sorprendente, es aberrante que este músico británico sea considerado por algunos como un especialista en Mozart y que haya llegado a ser director titular de la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo. Ya en la obertura se advirtieron las taras habituales en su quehacer musical: metales que suenan como bocinas de automóviles, planos sonoros apelmazados, percusión estridente, gran sequedad en las cuerdas (¡el vibrato es pecado mortal!). Pero lo peor vino después. Los tiempos de Bolton fueron uniformemente precipitados, sin dar tiempo a que la música 'respirara', a que la melodía se desplegara, a que la estructura de las frases se articulara en un discurso musical orgánico, coherente e inteligible. El resultado fueron líneas melódicas desdibujadas y una dinámica plana, sólo rota por una acentuación martilleante. La relación entre texto y partitura no fue tenida en cuenta, por lo que la dramaturgia musical se quedó en nada. Como no podía ser de otro modo, los solistas tuvieron que seguir al director como pudieron. También la concertación estuvo muy lejos del mínimo deseable. Si a ello se añade un reparto poco brillante y evidentemente falto de interés por su labor, lo que al final se tiene es una Flauta mágica casi irreconocible.

Momento de la representación de 'Die Zauberflöte' de Mozart. Dirección escénica: August Everding. Dirección musical: Ivor Bolton. Múnich, Bayerische Staatsoper, noviembre de 2013

Afortunadamente hubo dos excepciones, Genia Kühmeier (Pamina) y Albina Shagimuratova (Reina de la noche). Kühmeier fue la única que se tomó verdaderamente en serio su personaje, tanto en lo musical como en la sincera configuración dramática, haciendo una interpretación pulcra y llena de entrega. La voz de Kühmeier no es demasiado voluminosa, pero sí bella, sana, clara. En su interpretación demostró poseer un profundo conocimiento de Mozart y ser capaz de ofrecer una hermosa línea de canto incluso en circunstancias adversas. ¡Una artista muy respetable! Albina Shagimuratova fue la única que musicalmente estuvo en todos los aspectos al nivel deseable, tanto por lo que respecta al volumen vocal, como a la competencia técnica y estilística. En el aria del primer acto se advirtió alguna vacilación en las coloraturas (dados tiempos impuestos por Ivor Bolton nada sorprendente); el aria de venganza, sin embargo, fue impecable. Lamentablemente los esfuerzos de estas dos estupendas sopranos no bastaron para salvar una velada que los demás implicados parecieron esforzarse en echar a perder.

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