Obituario

‘Pace per lui pregate’

Jorge Binaghi
martes, 21 de enero de 2014
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Son las últimas palabras del Simon Boccanegra verdiano las primeras que se me ocurren cuando, a punto de cerrar el ordenador para ir a coger un tren, me salta literalmente a la cara la noticia, no por previsible menos triste del fallecimiento de Claudio Abbado. Un grande de la batuta, que para mí configura con Giulini y Kleiber (cito por edades, no por `preferencias’ que aquí serían idiotas), la tríada de los maestros que más me han impresionado y ‘enseñado’ desde su podio en vivo. Hay y hubo otros grandes (no los voy a citar) en mi experiencia, tal vez tan grandes como los mencionados, y espero que aún habrá algún otro, pero ellos me marcaron de joven y adulto.

Abbado tuvo, además, el ‘mérito’ de haber regresado cuando nadie pensaba que pudiera hacerlo y regalarnos unos doce años más de música que si impresionaron más que los anteriores (que ya bastaban para colocarlo en el Olimpo musical) fue porque en muchos momentos parecía descorrer el velo ‘del otro lado’. Como si hubiera visto o entrevisto algo de otra dimensión. Pienso en el concierto de su regreso en Berlín con el homenaje a Verdi en el centenario de su muerte y con un Requiem estremecedor, que parecía contado desde el más allá. Pero pienso en sus ya no tantas ocasiones en que dirigió ópera. La última, su Fidelio en concierto en Lucerna (la escena de los prisioneros, la introducción al segundo acto, el coro final). O en esos Boccanegra en que insistió, con repartos desparejos y ninguno a la altura de los que había dirigido ‘antes’, pero donde, de nuevo, la perspectiva ‘desde otra parte’ volvía estremecedores encuentros ya de por sí excepcionales como los de los dos enemigos, los de padre-hija, y, cómo no, aquellos en que la muerte aparece.

No por eso dejaba Abbado de sonreír con Mozart (allí estaba aquel milagroso Così fan tutte de Ferrara, muy lejano sin embargo -no sólo en el tiempo- de la risa desatada del Rossini de L’Italiana in Algeri de un lejano 1974 en la Scala) o con Haydn, pero creo que al final en él predominó lo ‘serio’ (ahí están sus Mahler, su ‘Patética’, sus Brahms -que prometía volver a repasar-, la Suite de Lulu).

Tampoco descuidaba su participación en la vida civil (no lo digo por su nombramiento de senador vitalicio, cargo que prometía cumplir con gran interés, pero que coincidió con el período final de su enfermedad) o cultural (he escrito una estupidez porque para él seguramente compromiso cultural y civil coincidían). El otro día se leía aquí la noticia de la cancelación de los conciertos de una orquesta que le debía la existencia y que es probable que se extinga con él. Hubo, como siempre, algún comentario pintoresco que va a cargo del comentarista. La labor de Abbado en ese terreno está bien por encima de fundamentalismos o pasotismos.

Hablarán otros de su carrera en detalle, las distintas fases en Milán, Viena, Berlín, Lucerna, la complicidad con grandes del teclado como Pollini o Argerich. Yo lo voy a recordar siempre con los compases finales de la Resurrección de Mahler y, sobre todo, con aquella Obertura de Coriolano con los Berliner en la que, en tan corta duración, logró resumir lo que Beethoven tomaba de la música anterior y lo nuevo que proponía; todo era vida, no había muerte pese a que todos sabíamos cómo acababa el ‘héroe’ romano (si lo era).

Muchas gracias, Maestro: no mucho, pero algo habremos aprendido. Si alguna vez habrá algún mundo (incluso un mundo musical) mejor, y quiero pensar por Ud. que lo habrá, seguramente en buena medida a sus ojos serios y brillantes y a sus manos sabias se deberá.

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