El Espía de Mahler

27. Una ficción real

Jordi Cos
martes, 13 de noviembre de 2001
9,61E-05 Hay alimentos que, entre ellos, se llevan fatal. Pongo por caso: está demostrado científicamente que si las patatas y el pan se encuentran en el comedor del estómago, acaban por enzarzarse en una tremenda batalla cuyo estruendo expulsamos luego por el orificio del cuerpo que más conviene a nuestra educación. Lo más curioso es que con las cosas que no te puedes llevar a la boca también sucede lo mismo.Tuve ocasión de comprobarlo hace unos días, cuando después de mezclar sin querer la ilusión de La italiana en Argel de Rossini con el drama bélico Un americano en Kabul de Bush y su harén, me entró de repente un terrible dolor de cabeza que sólo cesó cuando conseguí eructar estas palabras: la realidad es la peor de las ficciones, la más burda de las mentiras. De inmediato supe que no eran mías porque en la escuela aprendí que mientras la ficción es producto de la mentira, lo real es el primer síntoma de la certeza. La verdad, era un niño algo cobarde y para que no me castigaran sin recreo nunca osé mezclar 'ficción' con 'realidad', y mucho menos 'certeza' con 'mentira', pues según el profesor eran incompatibles. Decía que si las obligabas a compartir un pensamiento en el cerebro, te podías volver loco.Tenía razón, tú. Porque en ese momento me costaba discernir cuál de las dos obras mencionadas era la real y cuál la imaginaria. Así que, para evitar que me encerraran en un psiquiátrico, las sometí a la prueba del algodón que me enseñaron en el colegio. No había posibilidad de error: la que estuviera cubierta de polvo de mentiras sería ficción. La real, en cambio, se distinguiría por el brillo de sus certezas.Empecé por palpar Un americano en Kabul y como noté que estaba pringosa, le di la vuelta, descubriendo que a la altura de la coalición internacional tenía una grieta que supuraba una cantidad ingente de falsedades y embrollos colaterales que la mantenían hecha un asco. No dudé, pues, que era un espejismo. Un argumento irreal. Ficción, vaya. Mi diagnóstico se confirmó cuando la música socarrona de Rossini puso el sello de materialidad a la certidumbre de La Italiana en Argel. Y es que sólo tenemos que comparar la hipocresía de Ramallo con la sinceridad de Mozart para descubrir que la vida no está en la prensa ni en el CiNNe, sino en una partitura.La música no engaña. Por eso los talibanes y los americanos la han prohibido en diferente grado. Para que sus súbditos sigan confundiendo la pesadilla que viven con la realidad. De modo que si ustedes se han quedado atrapados en la película de la guerra, o en la fábula de Gescartera, ahora pueden despertar de esos delirios consumiéndolos mezclados, como el pan con las patatas, con el mundo real que les ofrece la música. Esa supuesta ficción que es la mejor de las realidades. La más bella de las certezas. Buen provecho.
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