España - Madrid

Amor, celos y traición: drama lírico a la española

Germán García Tomás
miércoles, 26 de febrero de 2014
Madrid, domingo, 16 de febrero de 2014. Teatro de la Zarzuela. Curro Vargas, drama lírico en tres actos con música de Ruperto Chapí y libreto de Joaquín Dicenta y Antonio Paso y Cano, basado en la novela El niño de la bola de Pedro Antonio de Alarcón, estrenado estrenado el 10 de diciembre de 1898 en el Teatro Circo Price de Madrid. Versión íntegra, nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Dirección de escena: Graham Vick. Escenografía y vestuario: Paul Brown. Dirección musical: Guillermo García-Calvo. Coro del Teatro de la Zarzuela (director: Antonio Fauró), Escolanía Cantorum (director: Antonio Bautista), Banda La Lira de Pozuelo (director: Maxi Santos), Orquesta de la Comunidad de Madrid. Reparto: Saioa Hernández (Soledad), Andeka Gorrotxategi (Curro), Joan Martín-Royo (Don Mariano), Luis Álvarez (Padre Antonio), Milagros Martín (Doña Angustias), Ruth González (Rosina), Aurora Frías (Tía Emplastos), Israel Lozano (Timoteo), Gerardo Bullón (Capitán Velasco), Airam de Acosta (Señor Pedro), entre otros. Ocupación: 80%.
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Tres décadas llevaba el coliseo de la calle de Jovellanos sin llevar a escena Curro Vargas de Ruperto Chapí desde que este mismo teatro organizara aquella presentación histórica de la obra en la producción dirigida escénicamente por Francisco Nieva, con Enrique García Asensio en el foso y la participación de un plantel de solistas verdaderamente entregados: el tenor Antonio Ordóñez, la soprano Enriqueta Tarrés, el barítono Antonio Blancas y el bajo Julio Catania en los papeles principales. En aquel 1984 los espectadores pudieron asistir a una versión muy recortada en el texto de esta ambiciosa partitura del compositor alicantino, y la que ha querido ofrecer el director del teatro Paolo Pinamonti en estas funciones es su versión íntegra de casi cuatro largas horas, con dos descansos entre actos.

Precisamente la enorme duración de Curro Vargas no es uno de los puntos fuertes de esta reexhumación, ya que a pesar de apreciarse el gran valor literario del texto hablado, verso cuidado y muy bien escrito que los libretistas Joaquín Dicenta y Manuel Paso Cano elaboraron basándose en la novela El Niño de la Bola del escritor Pedro Antonio de Alarcón, al espectador de hoy se le pueden llegar a escapar en determinados momentos los dilatados parlamentos, y por ello un cuidadoso trabajo de poda del texto hubiera sido más que acertado. Es de agradecer que para dar justicia a ese texto se haya contado sobre todo con dos artistas tan experimentados en la escena lírica española como el barítono Luis Álvarez y la soprano Milagros Martín, los cuales fueron dos firmes defensores de sus papeles. El primero volviendo a regalar una lección magistral de prosodia en cuanto al buen decir de sus amplísimos parlamentos como el Padre Antonio y la segunda otorgando amplitud dramática a la desconsolada Doña Angustias, a pesar de ciertos apuros en la zona aguda en las intervenciones cantadas del dúo junto al personaje titular.

 

Curro Vargas por Graham Vick, en el Teatro de la Zarzuela.

 

Musicalmente nos encontramos ante una obra ambiciosa y de entidad dramática. Calificada como drama lírico, Curro Vargas es una partitura de amplios vuelos que aspira hacia el género operístico, tal era el anhelo de establecer una ópera nacional por el “xiquet de Villena” durante toda su vida, al igual que su compañero de fatigas Tomás Bretón. En esta obra se revelan las grandes dotes del compositor alicantino a la hora de manejar como nadie los resortes del teatro lírico, concibiendo un torrente orquestal de amplísima factura, con múltiples hallazgos extraídos de su genialidad compositiva y de su inspiración melódica. Atravesada estilísticamente por el verismo italiano y el wagnerismo imperantes en su época, Chapí hace un modesto y personal uso del leitmotiv (el más destacado el apasionado motivo principal que se desarrolla ampliamente en el preludio), además de un experto tratamiento de la cadencia andaluza. Los concertantes finales de cada acto llegan a ser sorprendentemente extensos y elaborados para lo que se le había conocido hasta el momento en sus obras de género grande, llegando a combinar en el segundo acto gran cantidad de planos sonoros, donde incluye una banda de música que debe tocar en escena (hecho aquí respetado al pie de la letra) además de un angelical coro de niños. A pesar de hallarse números menos inspirados y evidentes puntos débiles, son dignas de mención romanzas como la de Soledad del primer acto que recuerda en tristeza de carácter la de Socorro (“Cuando está tan hondo”) de la zarzuela El barquillero; así como la plegaria de Curro y la exaltada romanza de la carta (“Que siempre me ha querido”), ambas del tercero, piezas que han prevalecido relativamente en el repertorio. Por otro lado se erigen dos dúos vocalmente exigentes y armónicamente complejos atravesados por un arrollador dramatismo (Curro-Doña Angustias del primer acto y Soledad-Don Mariano del segundo). Y cómo no, ese Chapí pintor del folclore popular se manifiesta en cada uno de los coros de mozos y mozas que atraviesan la obra, donde se revela el buen oficio de un compositor de zarzuelas de género chico. Quizá donde Chapí no alcanza la gracia y el brillo de éstas sea en los escasos números cómicos, protagonizados por personajes secundarios.

Para resucitar escénicamente este dramón lírico que muy bien podría acoger el Real de Mortier o Matabosch, se ha optado por una actualización a los tiempos modernos, con todo el riesgo que ello conlleva para un género lírico tan testimonial como el español, encomendada a un solvente regista de ópera como es el británico Graham Vick, el cual ha manifestado estar absolutamente subyugado por la arrolladora inspiración musical de Chapí y por el impetuoso mensaje de amor, celos, traición y muerte que atraviesa la obra, y que la acerca en carácter argumental a la Carmen bizetiana o a la Cavalleria rusticana mascagniana, preparando el terreno en cierta medida para obras líricas netamente hispanas como El gato montés de Penella o La leyenda del beso de Soutullo y Vert.

 

Curro Vargas por Graham Vick en el Teatro de la Zarzuela.

 

Para este su primer acercamiento a un título de nuestra lírica, Vick se ha valido de un ciertamente creativo escenario giratorio por el que desfilan continuamente personas y objetos, habiendo dos que adquieren, por cuanto tópicos, una simbología determinante: la gran cruz calada y la imagen de la Virgen de la Soledad. Pero aunque la apariencia del primer acto pudiera parecer en exceso austera, a medida que avanza el espectáculo la ágil dirección de actores otorga un gran dinamismo escénico en los finales de acto, sin escatimar la distribución por palcos y proscenios, todo ello ayudado por la vistosidad de un colorido vestuario, sin temor por el amarillo.

Aun así, el afán de reflejar de la forma más realista las tradiciones heredadas, la moral hipócrita o los valores decadentes de una sociedad española retrógrada, lleva al director británico a no andarse con rodeos, siendo claro y directo en escenas como la de la procesión de la Virgen que concluye el segundo acto, sin duda el momento más polémico, cuando no provocador, de su propuesta escénica. Dicha escena es concebida como una ácida y mordaz crítica del hecho religioso en sí, por extensión el de la devoción religiosa en el ámbito procesional. Lo cierto es que estos atrevimientos, muchos de ellos sin venir a cuento con la trama, herirán ciertas sensibilidades en el amplio sector conservador del Teatro de la Zarzuela, como la furibunda pareja de espectadores que en la función asistida por el que escribe, abandonó indignada la sala, dirigiendo imprecaciones e insultos contra los artistas. Anécdotas aparte, es entendible que determinados detalles de la puesta en escena del director inglés revistieran cierto mal gusto y una evidente falta de contexto con las situaciones originales, como en el ejemplo aludido.

 

Curro Vargas por Graham Vick en el Teatro de la Zarzuela.

 

En general todos los intérpretes vocales llevaron con temple dramático el desarrollo de esta función maratoniana, empezando por el rol titular, al que dio vida en este primer reparto el joven tenor vasco Andeka Gorrotxategi, el cual penetró sobresalientemente en el perfil psicológico de su exigentísimo y atormentado personaje que sufre constantemente por su traición amorosa, destacándose una apreciable facilidad y brillantez para acometer el agudo de su dificultosa tesitura, pero cuya voz varonil no conseguía desplegar el nivel satisfactorio de emisión en la sala. No menos dificultades presenta la parte vocal de la protagonista femenina, Soledad, papel soportado con rigor, sensibilidad y emoción por la soprano Saioa Hernández. Manteniendo el tipo en todo momento, con una firmeza vocal innegable, se halló al barítono Joan Martín-Royo como Don Mariano (aún evocamos su feliz recreación en este teatro del papel titular en el estreno en 2011 de la ópera Yo, Dalí de Xavier Benguerel). Entre los comprimarios destacar el más que digno trabajo de los siguientes cantantes con importantes partes actorales y breves intervenciones vocales: Ruth González en la coqueta Rosina, Aurora Frías en la alcahueta Tía Emplastos, Israel Lozano en Timoteo (muy teatral en su cómica romanza), Gerardo Bullón como el capitán Velasco y Airam de Acosta en el señor alcalde. De suma corrección el numeroso protagonismo del experimentado coro titular del teatro, así como plenamente eficaz en uniformidad el trabajo alcanzado con los niños de la Escolanía Cantorum en la escena de la procesión.

Y lo que musicalmente llamó poderosamente la atención, por ser circunstancia fuera de lo común, es que pocas veces se escuchó a la Orquesta de la Comunidad de Madrid recorrer una partitura desde el foso con tal nitidez de matices a nivel instrumental (y la de Curro Vargas los tiene en abundancia), labor conseguida gracias al perfeccionismo del director madrileño Guillermo García-Calvo, capaz de hacer notar hasta el más mínimo detalle de una obra que por sus valores intrínsecos y su incomprensible olvido en el pasado merecería un significativo puesto en la historia del teatro lírico español.

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