España - Andalucía

Bach: Apoteosis

José-Luis López López
viernes, 7 de marzo de 2014
Sevilla, martes, 18 de febrero de 2014. Iglesia de Los Venerables. Organista: Ullrich Böhme. Johann Sebastian Bach: Preludium und Fuge D-Dur BWV 532. Johann Christoph Bach: Aria mit Variationen a-Moll. Johann Ludwig Krebs: Toccata E-Dur; Fantasia F-Dur à giusto italiano. Fuga B-Dur über B-A-C-H. Felix Mendelssohn-Bartholdy: Sonata VI d-Moll, Op. 65 über 'Vater unser im Himmelreich' (Choral-Fuga-Finale). Johann Sebastian Bach: Toccata und Fuge d-Moll BWV 565. III Concierto Magistral de Órgano (Ciclo de febrero) de la Fundación Focus-Abengoa
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Apoteosis. Cuántas veces usamos vanamente las palabras, y al llegar la ocasión de emplearlas con estricta precisión (como ahora), están ya desgastadas... Si a eso añadimos una de las carencias de nuestra lengua -la dificultad para formar palabras compuestas, como bien señaló J. L. Borges- no es posible dar con el título certero. Pues hemos escrito "Bach: Apoteosis" cuando lo que queremos decir es que en este III Concierto Magistral se congrega una representación esencial de todo lo bachiano: con centro solar, claro, en Johann Sebastian; pero, girando en torno a él, todo el sistema planetario que constituyen su familia (antecesores y sucesores), sus discípulos (inmediatos y posteriores), sus lugares (desde Eisenach, que lo vio nacer, hasta Leipzig, donde la Thomaskirche acogió los 27 años últimos de su vida, y después sus restos mortales), sus intérpretes (desde él mismo hasta el insigne Ullrich Böhme de hoy, organista titular, a sus 57 años, de esa misma iglesia de Santo Tomás a partir de 1985, tricentenario del nacimiento del maestro de maestros)... No ya un sistema planetario, sino una gran constelación, que, en alemán, tendría el nombre de Bach-Apotheose.

Comencemos por lo más cercano: el intérprete de este concierto. De Ullrich Böhme se ha escrito, y con toda razón: "desde hace más de un cuarto de siglo es, no sólo en Leipzig, la autoridad indiscutible en Bach y en el órgano". Signos externos de su excelencia como organista son sus numerosos conciertos en Europa, Norteamérica, Japón, Corea del Sur, Australia... Y su participación como miembro del jurado en los más importantes concursos internacionales de órgano... Y sus abundantes CDs grabados en diversos sellos discográficos... Y sus clases en la Escuela Superior de Música y Teatro de Leipzig, donde le fue concedida una cátedra en 1994... Y sus incontables cursos de interpretación dentro y fuera de Alemania... Y sus consejos inapreciables como experto en materia de restauración de órganos históricos. Pero esos signos externos son sólo el anuncio de su grandeza, al oírlo y verlo tocar directamente. ¿Cómo se define a un intérprete genial? Sobran los adjetivos: basta con decir, simplemente, que su técnica, su sensibilidad, su hondura arrebatan el alma de los oyentes hacia regiones donde la música es el alfa y el omega. Wunderbar...

Las obras estaban escritas en alemán en el programa de mano. Así figuran en la ficha. Ahora las mencionaremos en español y en notación latina. Pero, antes, nos remitimos de nuevo a las contextualizaciones que expusimos en la reseña del Concierto Magistral I, publicada en Mundoclasico el 20/02/2014 [leer]: sobre la Iglesia de Los Venerables, sobre el órgano Grenzing 1991, etc.

Con el recinto completamente lleno de un público ávido y respetuoso (nunca se aplaude entre obra y obra, sino al final, esperando algún deseado bis), Böhme inició la velada con el Preludio y fuga en Re mayor, BWV 532 de J. S. Bach: una de sus páginas más brillantes, emotivas y virtuosas, marcadas por el eco de los maestros del Norte, Bruhns y Buxtehude, pero desarrolladas e inspiradas por un sello muy personal, que el organista tradujo esplendorosamente a lo largo de once minutos gloriosos. Las diferentes secciones de la obra (que se puede datar en los años 1706-1708), de carácter contrastante, en las que el preludio, y la relación del tema de la fuga con el alla breve de ese preludio, evocan los grandes polípticos de Buxtehude; pero también en él se perciben los trazos de influencia francesa. Y en la fuga se manifiestan similitudes muy precisas con motivos de obras de Buxtehude y de Reinken. Böhme cumplió soberbiamente con la maestría que se exige por parte del ejecutante a lo largo de esta joya.

A continuación, majestuosa muestra representativa de la familia Bach antes de Johann Sebastian: Johann Christoph Bach (1642-1703), hijo de Heinrich Bach (1615-1692), hijo a su vez de Johann (Hans) Bach (1555-1615), y cabeza de la rama de Arnstadt de la dinastía (su padre, Heinrich, fue hermano del abuelo de J. S., Christoph, que vivió entre 163 y 1662). Johann Christoph gozó de una gran consideración por parte de su familia: J. S. afirma, en su Genealogía, que su tío era "un profundo compositor". Aria con variaciones en la menor se titula, exactamente, Aria en la menor con 15 variaciones para cembalo (que se encuentra en el positivo del maravilloso instrumento de Grenzing). En doce minutos, un despliegue de deliciosas variantes del aria, plenas de melodía, que fueron interpretadas por Böhme con estremecedora profundidad.

Johann Ludwig Krebs (1713-1780), cuyo padre Johann Tobias (1690-1762) había sido discípulo de J. G. Walther y de J. S. Bach, es normal que perfeccionara su vida artística dirigiéndose a la Thomasschule de Leipzig, donde fue admitido en 1726. Pasó nueve años allí, bajo la guía de Johann Sebastian, convirtiéndose en uno de sus discípulos favoritos, al que elogió vivamente (en una carta de recomendación, dice de él: "... se distingue musicalmente entre nosotros por su maestría al clave, el violín y el laúd, no menos que en la composición....". Johann Ludwig había aprovechado plenamente su estancia en Leipzig, tanto asistiendo a la Thomasschule, como tañendo el clavecín en el Collegium Musicum de Bach, e incluso estudiando en la Universidad de la ciudad. Ocupó después diversos destinos distinguidos, e intentó, sin éxito, suceder en 1750 a su maestro. En 1755, es organista de la Corte del Príncipe Friedrich von Gotha-Althenburg, y en ese puesto continuó hasta su muerte. Ullrich Böhme, probablemente el mejor conocedor actual de Bach y su amplio entorno, eligió, de entre la amplísima producción de Krebs, tres piezas primorosas: Tocata y fuga en mi mayor (4 minutos), que comienza por un largo solo de pedal, menos arriesgado por los tímidos ensayos de doble pedal que por las rápidas sustituciones de pie sobre una misma tecla. La gratuidad de los trazos con que Krebs rocía sus obras no puede disminuir el hecho de que el autor debía ser un magnífico virtuoso. La fuga, por la densidad de su discurso contrapuntístico, se emparenta con el ricercare y da fe de una gran habilidad compositiva, que fue ejecutada con toda sutileza y precisión por el intérprete.

La segunda obra de Krebs fue la Fantasia en Fa mayor al gusto italiano (4:30 min) con instrumento obligado (en este caso el oboe, que se sitúa en el Recitativo del Grenzing 1991), pieza maestra, llena de gracia melancólica en ciertas inflexiones melódicas, de angustiosa dulzura en algunos pasajes cromáticos o modulantes. La frescura de los motivos, la economía de su utilización, el perfecto equilibrio entre las cuatro voces del discurso sonoro, todo concurre para dar a esta Fantasia un raro encanto, que sólo un maestro del teclado como Böhme puede expresar de modo tan conmovedor. Y, por fin, la Fuga en Si bemol mayor sobre B-A-C-H (o sea, sobre Si bemol-La-Do-Si natural, en notación alemana). Krebs compuso quince fugas, pero esta (4:30 min), vibrante, brilla con un especial resplandor. En efecto, el tema B-AC-H, en honor del maestro venerado, explota inmediatamente sus posibilidades de stretto, pero también una disposición diferente de las notas de este tema. A través de varias secuencias contrastadas, el autor progresa hacia una perorata masiva y grandiosa sobre pedal de tónica, que no retrocede ante amargas disonancias. Geniales, Fantasia e intérprete.

La presencia de Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847), como ocurriera en el II Concierto Magistral, es un justo recuerdo a quien rescató para la Historia al asombrosamente eclipsado, por un tiempo, Johann Sebastian. No es amplísima la obra para órgano de Mendelssohn; pero, sabiamente, Böhme escogió la sexta (y última) de las Sonatas escritas por el autor para este instrumente: la muy célebre Sonata nº 6 en Re menor, sobre el "Padre Nuestro", Op. 65. En tres movimientos evocan el recuerdo de una improvisación que el compositor relata así, en una carta de 23 de agosto de 1831: "Es a primeras horas de la tarde, y he debido ir a tocar para los monjes, que me han propuesto un tema excelente: el Credo. La improvisación se ha impuesto, porque lamento no haberlo podido escribir. Pero, conservando el espíritu general, he podido anotar un pasaje que no volveré a olvidar...". Ese pasaje es el germen de la composición del Padre Nuestro, que se desarrolla (15 minutos) así: A) Un coral armonizado a cinco voces con un final sobre pedal de tónica que abre la parte siguiente (cuatro variaciones: 1. cantus firmus para soprano; 2. coral armónico en cuatro partes manuales; 3. cantus firmus para tenor; 4. cantus firmus sobre un movimiento de arpegios, comenzando por el bajo). B) Una Fuga (sostenuto e legato), que prolonga y amplifica las variaciones precedentes; después, un segundo grupo de entradas en el tono de relativo, de la dominante, y regreso al tono principal; por fin, un epílogo imitativo sobre el comienzo del tema, antes de la última entrada de este. C) Igual que en la Tercera Sonata, Mendelssohn termina con un Andante a cuatro voces de carácter encantador, cuyos motivos se inspiran en el coral. A estas alturas, la noble magnificencia de una velada inolvidable, de mano tan genialmente magistral, parecía llegar a si cima. ¡Pero quedaba, nada más y nada menos, que la Tocata y Fuga en Re menor BWV 565!

Sin lugar a dudas, la Tocata y Fuga en Re menor de Bach es su obra más popular (recordemos, por ejemplo, que con ella se inicia el tan conocido y mejor film de animación musical de todos los tiempos, Fantasía, de Disney: su versión orquestal por la Orquesta de Filadelfia dirigida por Leopold Stokowski). Pero eso no es todo: es, de lejos una sublime obra maestra (incluso aunque se piense hoy que hasta podría no ser suya, o que, en lo que se refiere al menos a la fuga, habría sido compuesta inicialmente para el violín). En todo caso, si es de Bach, es de sus años juveniles (¡!), después del shock que supuso para Johann Sebastian su encuentro con Buxtehude, y antes de la influencia de los maestros italianos: es decir, alrededor de 1705 (unos 20 años de edad). Obra de un hombre joven, de ardiente temperamento y ya brillante virtuoso, pero aún muy marcado por su admiración hacia los organistas de Alemania del Norte, y sin haber todavía desarrollado completamente su trabajo contrapuntístico en la amplificación del desarrollo de la fuga. Nos encontramos aquí , pues, con un tríptico, próximo a un praeludium de Buxtehude, con sus tres partes encadenadas, dos episodios de libre tocata enmarcando una fuga que, aun siendo más larga que la mayoría de las del maestro de Lübeck, no es por ello menos sabiamente desarrollada. ¡Cómo la habrá estudiado, cuantas decenas, o centenares, de veces la habrá interpretado Ullrich Böhme, para que nos pareciera, en sus diez eternos minutos, antigua como el mundo y nueva como pan recién sacado del horno! Esa Tocata breve, impetuosa, podemos imaginar que fue destinada a un día glorioso como el Domingo de Pentecostés. Pura majestad sonora, en la que cada episodio reenvía de la dominante a la tónica y de la tónica a la dominante. Y la Fuga, con su línea melódica, que se destaca por encima de las llamadas insistentes de la dominante. Deben subrayarse especialmente los lazos profundos que, como en Buxtehude, unen la fuga a la tocata, a pesar de su aparente oposición. Y una constante: la igualdad rítmica, sostenida por el curso armónico de pedales de tónica y dominante. El Postludio, cuando la fuga se interrumpe sobre una cadencia quebrada que deja lugar a un último y corto episodio en estilo de tocata. Concluye con dos compases de cadencia en un encadenamiento plagal único en la obra de Bach: con pujanza y maestría. Página de juventud, sí, pero de milagrosa elocuencia, que el extraordinario organista tocó como nunca la hemos oido.

Los fervorosos aplausos al intérprete y al programa ejecutado hallaron pronta respuesta (se ve que Böhme la tenía prevista): un bis que completaba el carácter conmemorativo del concierto: un movimiento de una de las seis Sonatas (creemos que la Nº 3 en Fa mayor, Wq 70/3, H, 84) para órgano del segundo hijo de Johann Sebastian, Carl Philip Emanuel, uno de los fundadores del Clasicismo musical, de cuyo nacimiento se cumplen trescientos años el 8 de marzo de 2014.

Noche dichosa, broche de diamantes de este breve ciclo de tres Conciertos Magistrales, a cargo de uno de los más geniales organistas que pueden oirse hoy en el mundo entero.

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