España - Madrid

Una troupe de payasos recorre la Zarzuela

Germán García Tomás
viernes, 25 de abril de 2014
Madrid, domingo, 13 de abril de 2014. Teatro de la Zarzuela (Madrid). Programa doble: Black el payaso (Sorozábal) / I pagliacci (Leoncavallo). Nueva producción del Teatro de la Zarzuela. Dirección de escena: Ignacio García. Dirección musical: Donato Renzetti. Escenografía: Miguel Ángel Coso y Juan Sanz. Vestuario: Pepe Corzo. Iluminación: Francisco Ariza. Reparto: María Rey-Joly (Princesa Sofía de Surevia / Nedda), Fabián Veloz (Black / Tonio), Albert Montserrat (Canio), Nuria García (Catalina Feodorovna), Trinidad Iglesias (Condesa de Saratov), Rubén Amoretti (White), Javier Galán (Carlos Dupont), Miguel Palenzuela (Gregorio Zinenko), José Manuel Montero (Henry Marat), Miguel Sola (Barón de Orsava), Jorge Merino (Baydarov), Emilio Gavira (el director de escena), Miguel Borrallo (Peppe), Carlos Bergasa (Silvio), entre otros. Escolanía Cantorium. Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Ocupación: 90%
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Como última producción de la presente temporada, el coliseo de la calle de Jovellanos ha decidido combinar en escena por primera vez una opereta española de posguerra como es Black el payaso de Pablo Sorozábal con una ópera que prácticamente inaugura la escuela verista italiana como es I pagliacci de Leoncavallo, bajo la concepción general de homenaje al mundo del circo que ha realizado el joven pero experimentado regista Ignacio García. Hay quien pudiera pensar que la idea que ha tenido el señor Pinamonti, la de conjuntar zarzuela con ópera en el Teatro de la Zarzuela, resultaría un tanto arriesgada y cuando no disparatada, pero a priori puede ser una opción válida, al menos para desmitificar de una vez la ópera y ponerla en igualdad de condiciones con nuestro género lírico. Pero en el caso presente el problema se encuentra en los títulos elegidos.

Es cierto que la temática de ambas obras versa acerca del espectáculo que representan los payasos, y el tema de que ríen cuando lo que querrían es llorar por las amargas experiencias personales que atraviesan. Por ello mismo tratan el “teatro dentro del teatro”. También es cierto que el gran compositor vasco cita en boca del protagonista de su zarzuela el célebre “Ridi, Pagliaccio” de la ópera de Leoncavallo. Hasta aquí estamos de acuerdo. Pero se nos antoja la siguiente pregunta: ¿pueden equiparse ambas obras en una misma función? Ya hemos visto que por similitudes de ambientación sí que podrían. Pero por la música, lo cierto es que no. Es muy difícil dejar en igualdad de condiciones a la agradable opereta de Sorozábal, cuya música es de un lirismo subyugador y una sensibilidad fuera de toda duda, frente a la seriedad verista que posee la trágica ópera de Leoncavallo. Huelga decir que las estéticas musicales de ambas obras no resultan equiparables.

Black, el payaso.

Quien quiera hallar una cierta continuidad argumental entre ambas obras no la encontrará, ya que frente a las pasiones desatadas, los celos y la traición que definen a los payasos ambulantes de la aldea de Calabria, la previa opereta palaciega-circense del libretista Francisco Serrano Anguita posee múltiples elementos para ser un perfecto cuento infantil. Precisamente en este caso se ha asistido a una nueva modificación de un libreto original, debido a que en esta puesta en escena de Black el payaso (que ya se pudo ver en 2006 en el madrileño Teatro Español en la misma versión escénica de Ignacio García junto a la ópera chica Adiós a la bohemia) se ha optado por aligerar la acción limitando las partes habladas a lo esencial, con el añadido de la figura de un narrador, que a su vez es el director de escena del espectáculo de Black y White, y que encarna el siempre genial actor Emilio Gavira. Un recurso que a nivel escénico funciona perfectamente, sin duda alguna, pero que choca frontalmente con la literalidad de la obra primigenia. Otro detalle de alteración lo encontramos en el mismo final de la obra, desvirtuando el happy end original: la Princesa Sofía, que acogió al payaso Black en su corte pensando que era el desaparecido Príncipe Daniel Estebanof, lo desprecia cuando descubre que realmente no es él, por lo que Black y su compañero White deberán continuar errantes por el mundo ofreciendo sus espectáculos.

Seguramente Black se hubiera merecido permanecer como único título en la cartelera, sin el añadido de ninguna otra obra, para que el espectador pudiera disfrutarla en toda su extensión, pero el hecho de compartir cartel con una gran rival de la ópera italiana la ha llegado a perjudicar.

Black, el payaso.

Lo que primero llama la atención de la propuesta escénica de Ignacio García es su carácter de espectáculo en sí mismo. Los artistas del circo son los auténticos protagonistas de este montaje, y para ello se ha contratado a auténticos protagonistas del gremio (malabaristas, trapecistas, payasos…) que desde media hora antes de dar comienzo la representación y saltar al escenario, amenizan con su presencia a los espectadores en el hall, el ambigú, en los pasillos y en las propias puertas del teatro. Todos ellos poblarán luego la escena, a pesar de que García deja en ocasiones completamente vacío el escenario de esa gran pista circense que aparece nada más levantarse el telón con los payasos Black y White actuando ante la “ilustre concurrencia”. A la cuidadísima escenografía circense de Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, cuyo elemento más sobresaliente es ese enorme y recargado autobús giratorio para I pagliacci, que con su única presencia sirve para ilustrar todas y cada una de las situaciones escénicas de la ópera, hay que añadir también el monumental colorido del vestuario de Pepe Corzo, para terminar de rubricar esta soberbia producción desde el punto de vista escénico.

I pagliacci

La troupe de García para este programa doble se completa con un equipo vocal equilibrado y solvente, íntegramente conformado por cantantes españoles. En la función asistida, dos cantantes interpretaron papeles en ambos títulos, con el cansancio vocal que ello conlleva, especialmente a la hora de enfrentarse a la exigente ópera. Éstos fueron por un lado el barítono Fabián Veloz, que encarnó a Black y a Tonio, y la soprano María Rey-Joly, que dio vida a la Princesa Sofía de Surevia y a Nedda. Veloz convenció vocalmente en la opereta de Sorozábal, exhibiendo un centro agradable y regalando una emotiva interpretación de la romanza del segundo acto, aunque en escena resultara un punto ausente a partir del momento en que representa el papel de rey impostor en la corte de la Princesa Sofía. Pero sin duda donde más se lució este cantante fue en Leoncavallo. Su Tonio fue un modelo de cómo saber interpretar a este sibilino personaje, uno de los malos malísimos de la ópera. Su Prólogo estuvo plagado de poesía y dramatismo a partes iguales. Su partenaire María Rey-Joly es una consumada actriz en escena, algo que ya se ha puesto de manifiesto en múltiples ocasiones, por lo que resultó muy creíble en dos personajes sumamente disímiles: por un lado la ensoñadora y romántica Princesa Sofía y por otro la adúltera Nedda. Vocalmente, consiguió sacar toda la función. Después de una tesitura no demasiado incómoda y un papel poco extenso musicalmente en Sorozábal (como dato, a la romanza “Princesita” le fue recortada incomprensiblemente su segunda estrofa), le toca enfrentarse en la ópera a un aria, el de Nedda, y dos dúos, con Tonio y Silvio, que exigen lo máximo de una lírica-spinto, aunque se comprueba que Rey-Joly es bastante más lírico-ligera, y la tendencia general va hacia el grito.

I pagliacci

Por su parte, el Canio del tenor Albert Montserrat electrizó por su violento dramatismo en el escenario. Defendió todo el dificultoso papel, ya que su voz estaba fresca y en plenitud de facultades, pese a alguna tirantez en el tercio agudo, pero capaz de brindar una desgarradora aria “Vesti la giubba”. El barítono Carlos Bergasa defendió un exaltado Silvio y el tenor Miguel Borrallo obsequió un correcto Peppe luciendo su timbre en la commedia, en una elegante serenata de Arlequín. Del resto de solistas en la opereta de Sorozábal destacar la mucho más desenvuelta presencia en escena del bajo Rubén Amoretti como un acertadísimo White (capaz de hacer sombra a Veloz), la breve pero digna prestación vocal del barítono Javier Galán como el otrora rey de Orsonia Carlos Dupont (a pesar de que originariamente este personaje está escrito para tenor), y la comicidad del cuarteto formado por Nuria García-Arrés, José Manuel Montero, Trinidad Iglesias y Miguel Sola. Y si el coro titular del teatro sabe cumplir como nunca interpretando cualquier zarzuela, en la ópera de Leoncavallo resultó un grato descubrimiento ver a sus integrantes dar vida a los felices aldeanos en compañía de una muy buen educada Escolanía Cantorium.

Es necesario señalar como apunte final que en Black el payaso hizo un flaco favor a los solistas la labor completamente incontrolada del maestro Donato Renzetti, que a pesar de traducir brillantemente las bellas y variopintas melodías (muchas de ellas de estética orientalizante) del maestro vasco, no supo regular o incentivaba a propósito el volumen de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, haciendo plenamente dificultoso el trabajo del equipo vocal en su conjunto. Sin embargo, en I pagliacci supo regular con fino detalle las dinámicas y concertar como un competente maestro que conoce su ópera nacional al detalle, teniendo en cuenta, en este caso sí, que por encima del foso había unos cantantes.

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