España - Cataluña

El principio del fin (II)

Jorge Binaghi
viernes, 6 de junio de 2014
Barcelona, miércoles, 28 de mayo de 2014. Gran Teatre del Liceu. Die Walküre (Múnich, 26 de junio de 1870), texto y música de R. Wagner. Puesta en escena: Robert Carsen. Escenografía y vestuario: Patrick Kinmonth. Iluminación: Manfred Voss. Intérpretes: Iréne Theorin (Brünhilde), Albert Dohmen (Wotan), Anja Kampe (Sieglinde), Klaus Florian Vogt (Siegmund), Eric Halfvarson (Hunding), Mihoko Fujimura (Fricka) y las ocho valquirias. Orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Josep Pons
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Este ha sido el día en que he acudido a presenciar el desempeño del primer reparto. Sobre la puesta en escena, sólo cabría agregar que la iluminación de Voss es realmente estupenda -y en el acto final superlativa- y que, aunque han seguido las indicaciones de la dirección de Carsen, tanto Halfvarson como Dohmen han presentado dos personajes muy ‘propios’ y, bastante menos, lo mismo ha ocurrido con Theorin y Vogt.

La orquesta pareció algo mejorada con respecto al día anterior, pero el talón de Aquiles en la interpretación de Pons siguen siendo los pasajes líricos y muy notablemente el primer acto, donde casi se podría decir que fue muy por detrás de lo que se veía y escuchaba en el escenario. La música del fuego mágico al final estuvo mejor (de paso, señalemos que de nuevo Carsen ignora aquí la aparición del fuego en la música y aunque cuando aparece cumple con todos los requisitos lo hace con notable retraso) y en un par de ocasiones no pudo evitar que la voz de Dohmen quedara cubierta.

Esta distribución responde mejor, en general, a aquella afirmación triunfalista sobre las mejores voces wagnerianas de hoy a la que aludía en el día de ayer. Alguna de las valquirias, incluso, tiene serias posibilidades de pasar pronto a papel protagónico (como ocurría antes, en que unas tales Nilsson o Varnay eran una de las ocho hermanas).

Halfvarson fue un Hunding siniestro en lo vocal y escénico, y su violencia y maldad trajeron a mi memoria la primera vez que lo vi, hace muchos años, en su Hagen de Bayreuth dirigido por Levine.

Fujimura estuvo notable, con una voz más oscura y una emisión más incisiva que benefician a la insoportable Fricka.

Momento de la representación de 'Die Walküre' de Wagner. Director musical, Josep Pons. Director escénico, Robert Carsen. Barcelona, Teatro del Liceu, mayo-junio 2014

Kampe empieza a pagar el precio de un repertorio demasiado fuerte y demasiado pronto: la voz se ha oscurecido y casi siempre, al pasar de la zona central, aparece un vibrato metálico. Como compensanción es una intérprete arrebatada y se preocupó mucho por las medias voces (sus mejores momentos estuvieron en el segundo acto y en casi todo el tercero, salvo, justamente, algunos agudos apretados).

Donde se nota mucho la diferencia con el reparto anterior es en el caso del tenor. A Vogt algunos le ‘reprochan’ las características de su timbre para interpretar a Siegmund. Ciertamente ese color angelical, blanquecino pero luminoso, de entrada sienta mejor a Lohengrin, Parsifal, Walther que a un héroe de la Tetralogía, y no creo que el tenor piense, por ejemplo, en abordar Sigfrido, que es mucho más ‘épico’ y Heldentenor que su padre. En este caso, como en su magnífico Florestán en Fidelio (que es un personaje más alejado que Siegmund de las ‘afinidades vocales’ de Vogt), el uso imaginativo de la voz, su apabullante musicalidad y técnica, permiten una lectura mucho más interesante y matizada de un héroe que, si lo es, es mucho más ‘romántico’ que su hijo en las dos jornadas sucesivas. Aquí se ve a un hombre joven que lleva una carga de sufrimiento enorme, que es un desdichado, que antepone a las delicias de los guerreros en el palacio del dios su amor por su hermana-esposa (las imprecaciones de Fricka al respecto deben de hacer las delicias de algunos de los espectadores, mientras las observaciones de Wotan pueden alarmarlos -lástima que Wagner haya tomado luego otro camino). Y eso nos vale que en cada momento en que se dirige a Sieglinde la voz acaricie, y no digamos ya cuando canta ‘Winterstürme’ y con el deshielo entra la primavera (recuerdo a quienes quieren un vozarrón oscuro y monolítico lo difícil que les es este pasaje y que, por ejemplo, suena muy bien en la grabación en italiano de Gigli). Aparte de las ventajas que se derivan de su físico hay que decir que lo utiliza con inteligencia y propiedad en beneficio del personaje.

Momento de la representación de 'Die Walküre' de Wagner. Director musical, Josep Pons. Director escénico, Robert Carsen. Barcelona, Teatro del Liceu, mayo-junio 2014

Theorin estuvo más que muy bien. Seguramente no puede competir (o no todavía) con dos de sus memorables maestras: no tiene ni la infalibilidad ni la estabilidad de la Nilsson ni el timbre cálido de la Bjoner, pero eso nunca ha sido muy frecuente, y en todo caso se les acerca bastante. El extremo agudo puede ser algo estridente y a veces la nota crece, pero el entusiasmo, la preocupación por la articulación del texto y la interpretación son notables. Por ejemplo, se notó perfectamente en el largo ‘anuncio de la muerte’ del segundo acto el paso de valquiria obediente y majestuosa a la mujer joven que se conmueve ante el amor de los gemelos; en el enfrentamiento final con Wotan esta es su arma y su ‘culpa’ aunque es claro que el dios sabe que con el castigo se castiga a sí mismo y decreta su fracaso. Hay que decir, además, que llegó sin cansancio al final, y la parte es agotadora.

Momento de la representación de 'Die Walküre' de Wagner. Director musical, Josep Pons. Director escénico, Robert Carsen. Barcelona, Teatro del Liceu, mayo-junio 2014

No se puede decir lo mismo de Dohmen, un Wotan realmente experto y que sabe decir, pero cuya voz responde intermitentemente a las exigencias de la parte. Sabe ahorrar energía (la primera parte del monólogo del segundo acto está más cerca de la declamación que del canto, y en muchos momentos la diferencia de volumen entre una frase y otra no parece obedecer sólo ni principalmente a criterios artísticos), pero no puede evitar que las notas salgan sucias, no sólo en el agudo (claramente limitado). Quizá en parte por esto su dios es más reservado incluso en sus movimientos aunque cuando explota causa un gran efecto (pero el final del segundo acto sólo esboza la gran tristeza por la muerte de Siegmund).

El numeroso público (pero no había, como tampoco ocurría el día anterior, entradas agotadas y se veían claros ya desde el principio) aplaudió con calor.

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