España - Madrid

Ante el espejo: Leticia Moreno

Pelayo Jardón
martes, 19 de agosto de 2014
Leticia Moreno © Omar Ayyashi | OCNE Leticia Moreno © Omar Ayyashi | OCNE
San Lorenzo de El Escorial, lunes, 4 de agosto de 2014. Teatro Auditorio. Leticia Moreno: violín. Lauma Skride: piano. Programa: E. Granados: Sonata. J. Turina: Fantasía ‘Poema de una Sanluqueña'. M. de Falla: Suite Populaire y otras obras seleccionadas por las intérpretes exprofeso para el concierto.
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Podría decirse que en España hemos tenido dos sagas de violinistas. Los de primera fila, entre los que cabría recordar a Jesús de Monasterio -verdadero creador de la escuela española de violín-, Antonio Fernández Bordas, Enrique Iniesta y Víctor Martín. Y la de los virtuosos, como el genial Pablo de Sarasate -mejor violinista de la segunda mitad del XIX—, el hoy olvidado Juan Manén o el malogrado Manuel Quiroga Losada. Quién sabe si, andando el tiempo, Leticia Moreno pasará a engrosar la nómina de estos últimos.

Pese a su juventud, ya le precede la fama. De ahí la expectación que causa en sus admiradores. La otra tarde, un caballero pugnaba con su hijo por el uso de unos potentes prismáticos de safari, para contemplarla… desde la primera fila; anécdota risible, amén de grotesca, más digna de una velada en el Teatro-Circo Chino de Manolita Chen, pero que da buena medida del poder de seducción de esta artista. Que durante la representación se hagan fotografías, y además con flash, quizá ya excede el respeto que se debe a los demás espectadores.

Escuchar a Leticia Moreno es, ciertamente, una lección de música; y asistir en directo a uno de sus recitales, todo un espectáculo. Mujer de rompe y rasga, su hábitat natural lo constituyen la pasión y el riesgo. En su sensualidad indómita, diríase que estamos ante una Martha Argerich del violín. Tuvimos la oportunidad de conocer a una artista temperamental, volcánica, una virtuosa superdotada, en cuyas manos se desvanecen dificultades técnicas para otros insalvables. Ella no se arredra, antes al contrario, afronta los pasajes de bravura con la decisión implacable de una fiera que acomete a su presa. Sus peligros son otros.

En primer lugar se escuchó El poema de una sanluqueña, de Turina, relato dolorosamente íntimo sobre el desamor, obra de presagios lorquianos digna del pincel de Romero de Torres, que consta de cuatro movimientos: “Ante el espejo”, “La canción del lunar”, “Alucinaciones” y “El rosario en la iglesia”. Esta partitura ha sido interpretada por excelentes violinistas -entre ellos, la propia Leticia Moreno—, acompañados de músicos no menos grandes, como, en sus primeras audiciones, el propio compositor, allá en los años veinte del pasado siglo. En obras como esta, la intervención del piano es crucial, como marco y contrapeso del violín, como ingrediente de esa atmósfera malsana de fatalismo y superstición. Por eso, en el recital que hoy reseñamos, nos chocó echar algo en falta: el peso que le corresponde al piano, el cual se mantuvo en la lejanía, sin relieve ni entendimiento, sacrificando las proporciones de la obra a mayor gloria de la violinista. Leticia Moreno pudo tocar magníficamente, pero la obra quedó coja. Craso error, que cabe atribuir tanto a un exceso de sumisión de la repertorista, como de protagonismo por parte del violín. El propio Sarasate sabía bien que, si quería alcanzar un brillo suntuoso, sólo lo conseguiría al precio de escoger unos magníficos acompañantes: el caso de Otto Goldschmidt o Berta Marx, sus habituales durante muchos años.

Parecida objeción cabría hacer a la Suite Populaire de Falla, si bien ha de reconocerse que la violinista supo al final salvar los muebles con la Jota (“Dicen que no nos queremos”), en la que alcanzó momentos de inspirada emotividad.

Entre las obras españolas, también tuvimos la oportunidad de escuchar la Sonata para violín y piano de Granados; todo un acierto haber rescatado del olvido esta obra afrancesada, crepuscular y doliente, en la que también hay lugar para pasajes de morbosa sensualidad, bien aprovechados por Moreno.

En el programa se anunciaban “otras sorpresas”, curiosa fórmula que no sabemos si obedeció a la improvisación, pero que, en cualquier caso, resultó muy agradable. Quizá lo mejor del concierto fueron precisamente tales sorpresas: la tempestuosa Tzigane, de Ravel, que, como relámpago de furia, dejó al público sin aliento; y una transcripción para violín y piano de los 24 Preludios op. 34 de Shostakovich, donde escuchamos a Lauma Skride más entonada y a la violinista más concienzuda, mostrando esa naturaleza desafiante que la caracteriza. Fue una ejecución rica en matices para cada una de tales miniaturas, psicológicamente tan dispares. Esta renovación de repertorio resulta muy positiva, especialmente para una violinista con la facilidad técnica de Moreno, que podría correr el riesgo, no sólo de encasillarse, sino también de aburrirse. 

El genio se hace a sí mismo; no menos debe exigirse al virtuoso: valentía para afrontar la atracción de lo nuevo, para adentrarse en lo desconocido, y libre fantasía al recrear el repertorio. A Leticia Moreno, personalidad y magnetismo, le sobran.

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