Francia

Festival d’Automne 1: Lachenmann und Zeit

José Luis Besada
miércoles, 22 de octubre de 2014
París, sábado, 18 de octubre de 2014. El Festival de Otoño parisino convocaba al público a su tercera velada musical el pasado 18 de octubre, en una temporada que orbita en torno a la figura del veneciano Luigi Nono, autor de presencia frecuente a lo largo de la historia del festival. Su pieza programada se hallaba flanqueada por un estreno absoluto de la joven italiana Clara Iannotta a modo de apertura, y por una culminación con uno de sus más célebres discípulos. Lachenmann, presente en la sala, cerraba el evento con una de las obras de su catálogo que mejor recepción ha gozado por parte del público en su década de andadura.
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El Festival de Otoño parisino convocaba al público a su tercera velada musical el pasado 18 de octubre, en una temporada que orbita en torno a la figura del veneciano Luigi Nono, autor de presencia frecuente a lo largo de la historia del festival. Su pieza programada se hallaba flanqueada por un estreno absoluto de la joven italiana Clara Iannotta a modo de apertura, y por una culminación con uno de sus más célebres discípulos. Lachenmann, presente en la sala, cerraba el evento con una de las obras de su catálogo que mejor recepción ha gozado por parte del público en su década de andadura.

El arranque de Iannotta sumergía al oyente en un sofisticado y delicadísimo trabajo sobre las calidades del timbre. Su Intent on Resurrection – Spring or Some Such Thing dialogaba con la poesía de Dorothy Molloy, reflejando su personal impresión sobre cómo la escritora irlandesa describió su enfermedad terminal. Algunas técnicas extendidas de calidad crepitante en sus elecciones para la orquestación se antojaban muy pertinentes como evocación desde la escucha de su influencia extramusical. Sin embargo, la obra tendía a atascarse en su devenir temporal. Sus puntos de articulación, aunque bellamente elaborados, no terminaban de concretar la forma, y en momentos puntuales podían resultar demasiado previsibles. Siendo una compositora tan joven –nacida en el 83– y dotada, confiamos en que el tiempo y la experiencia apuntalen este tipo de aspectos.

Antes del descanso, tres solistas del Intercontemporain y la cantante Lucile Richardot ofrecieron su versión del Omaggio a György Kurtág de Nono. Salió a dirigirles Pintscher: aunque la formación no exige como imprescindible la tutela de un director, suele ser más que recomendable su presencia, como atestigua la batuta de Roberto Cecconi en su estreno –de la versión definitiva con clarinete– en 1986. La obra se circunscribe a la última etapa del veneciano, a su querencia por los matices frágiles, la temporalidad hierática, el detalle microtonal y la exploración acústica del espacio. Quien firma estas líneas reconoce sus dificultades –quizás se trate de un prejuicio cognitivo– al adentrarse en ese ascético universo de Nono. Ello no es óbice para reconocer la gran interpretación vivida: algunos momentos de la obra resultaron especialmente mágicos en su acertada fusión del elenco instrumental con la electrónica en tiempo real. Confiar a los estudios de Friburgo la parte tecnológica –donde el propio Nono efectuó sus exploraciones en los años ochenta– fue un gran acierto.

Concertini de Lachenmann es una prueba palmaria de la esterilidad que demuestran los debates en torno a la valía de Lachenmann –tanto por parte de sus partisanos favorables como de sus detractores más vitriólicos– enjuiciados a través de la pertinencia de sus técnicas extendidas. Su articulación y su cálculo de la sorpresa en la escucha pone de manifiesto que la paleta sonora del alemán adquiere su verdadero interés mediante su pericia para gestionar el paso del tiempo. Pintscher y su agrupación eran conscientes del reto al que se enfrentaban: una obra nada fácil de montar pero muy agradecida si hacían el esfuerzo. Y el resultado fue altamente positivo: quizás sea uno de los momentos en los que hemos visto disfrutar más al director en el podio de la Cité de la Musique. Su gesto era preciso sin estar encorsetado, y cargaba de entusiasmo a los instrumentistas. Paradojas de la escucha, pese a ser largamente la obra de mayor duración de la velada, fue aquélla que hacía menos palpable el inexorable paso del tiempo. Como resultado recibió un aplauso cerrado por parte del público, trufado de bravos cuando Lachenmann ascendió al escenario, visiblemente emocionado, a agradecer la notable implicación de los intérpretes.

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