Portugal

Porto, nueva Atlántida musical

Paco Yáñez
lunes, 10 de noviembre de 2014
Porto, sábado, 1 de noviembre de 2014. Casa da Música. Inês Peixoto, voz blanca. Christian Miedl, barítono. Miklós Lukács, címbalo. Pierre-Laurent Aimard, piano. Orquestra Sinfónica do Porto Casa da Música. Péter Eötvös, director. Igor Stravinsky: Concierto en re. Harrison Birtwistle: Responses: Sweet disorder and the carefully careless. Péter Eötvös: Atlantis. Ocupación, 95%
0,0005578

Continente mítico y escenario de utopías, la Atlántida fue ubicada, desde la Grecia de Platón hasta los ensueños del Romanticismo, pasando por el detallado mapa del jesuita alemán Athanasius Kircher, en el centro de un Atlántico frente al cual se levanta la ciudad de Porto. Si desde la orilla del océano remontamos la larga avenida de Boavista hasta la rotonda presidida por el monumento que conmemora la victoria de los portugueses contra las tropas napoleónicas, nos encontraremos con una nueva Atlántida musical en toda regla: espacio de utopías sonoras aquí hechas realidad, siendo la primera de ellas la dirección artística de una programación con criterios de globalidad, inteligencia, audacia, creatividad y rigor, en la que la música es comprendida como un trazo histórico que exige su conocimiento en profundidad, así como partir del principio de que el auditor ha de vivir la creación más trascendente de su tiempo para poder considerarse, en un diálogo con el pasado así comprendido, sujeto histórico en sentido pleno, participante crítico del devenir del arte en las múltiples floraciones del estilo.

Si de por sí la Casa da Música de Porto, esa Atlántida musical, esa utopía realizada, presenta en la actualidad una de las mejores programaciones musicales de cuantas se escuchan en los auditorios de Europa, el concierto al que hoy asistíamos era uno de sus días grandes: un evento que podemos considerar la gran cita del 2014 y una de las veladas más importantes en el corazón de esa futurista artquitectura de Rem Koolhaas que parece haber contagiado con su voluntad de modernidad los derroteros musicales de una Sala Suggia donde el sábado 1 de noviembre se daban cita tres de las personalidades más importantes de la música contemporánea en las últimas décadas; nos referimos a Péter Eötvös, Harrison Birtwistle y Pierre-Laurent Aimard.

Del compositor y director húngaro Péter Eötvös (Székelyudvarhely, 1944) ya reseñamos en nuestro diario el concierto que el pasado 6 de mayo dirigió en Casa da Música, con un monográfico dedicado a su obra de cámara en los instrumentos del Remix Ensemble [leer reseña]. Hoy se ponía Eötvös al frente de tres muy heterogéneas partituras que nos han abierto una ventana a la transición entre los siglos XX y XXI, y que de nuevo ha vuelto a contar con el beneplácito del público portuense, que si en mayo casi llenaba la Sala Suggia hoy ha visto incrementado su número, en una nueva demostración de que la deserción del público con respecto a la música contemporánea se da cuando se le plantean sucedáneos y propuestas mezquinas alejadas de la música de calidad de nuestro tiempo (y ejemplos de tan misérrimas programaciones tenemos a decenas, traspasada la frontera lusa).

Comenzó tan especial velada con la música de Igor Stravinsky (Oranienbaum, 1882 - Nueva York, 1971), con una obra que, a priori, no asociamos directamente con las partituras que del genio ruso más contundentemente dirige Eötvös (Le Sacre du Printemps, Les Noces, etc.); nos referimos al Concierto en re (1946). El neoclasicismo de este concierto le queda un poco lejano al húngaro, apostando aquí más por lo estructural, aunque hayamos echado en falta una mayor presencia de ciertas secciones, pues realmente destacados han estado los primeros violines y las violas, mientras que la cuerda grave ha quedado un tanto relegada frente al protagonismo de los primeros. Es así que el equilibrio que habitualmente pretende Eötvös se ha escorado hacia estas dos secciones; por otra parte, con dos primeros atriles soberbios en sus pasajes solistas. En general, Péter Eötvös destierra todo asomo de lirismo y nos muestra una revisitación del concerto grosso un tanto decadentista, incisiva en ritmo pero parca en jovialidad, algo que este Concierto en re derrocha a raudales. En todo caso, Eötvös expone un trazo muy fluido entre los tres movimientos, diseccionando sus intrincados planos: fruto de la maestría de Stravinsky para las estructuras rítmicas superpuestas. Quizás se le podría pedir más contundencia y garra a la dirección, una mayor tensión expresiva; pero, en líneas generales, la música ha estado ahí.

Momento del concierto celebrado en la Casa da Música de Porto el pasado 1 de noviembre. La Orquesta Sinfónica de Porto, dirigida por Péter Eötvös, interpretó música de Stravinsky, Eötvös y Birtwistle.

La segunda página del concierto nos brindó el estreno en Portugal de Responses: Sweet disorder and the carefully careless (2014), encargo conjunto del festival Musica Viva de Munich, Casa da Música, la London Philharmonic y la Boston Symphony Orchestra al compositor británico Harrison Birtwistle (Accrington, 1934), presente en la Sala Suggia para escuchar cómo Pierre-Laurent Aimard descubría al público luso una partitura por él estrenada. Birtwistle retoma la escritura para piano y orquesta, que ya había abordado en 1992, con Antiphonies, y se plantea ahora como cuestión esencial en este concierto cuál debe ser la relación entre el piano y la orquesta, que describe como un lanzar preguntas por parte del solista al resto de los músicos, que generan una serie de respuestas (de ahí el título de la pieza). Rehuye Birtwistle la escritura contrapuntística en Responses, de ahí la pluralidad e independencia de los materiales, la mayor libertad de cada interlocutor en este diálogo pianístico-orquestal.

Nace Responses desde las dos arpas de la orquesta, seguidas de percusión, para dar entrada inmediatamente al piano solista, que trasciende su voz hacia las maderas, en las que encontramos un oboe plenamente lírico. Es este lirismo uno de los elementos más destacados (y diría que novedosos) con respecto a lo que asociamos a la música del inglés; un lirismo que está en constante pugna con lo que sí es el más puro Birtwistle: ese compositor de complejos mecanismos y potente rítmica, de estructuras recurrentes y contrapuestas («arquetipo del hombre inglés, que construye sus obras casi como si estuviera montando un mecano», como lo definió James Dillon en la entrevista que con el escocés y Brian Ferneyhough mantuvimos en 2007, también en Casa da Música [leer entrevista]). Ese mecano de gran complejidad asoma a los pocos compases, en las intrincadas relaciones orquestales trazadas por Birtwistle, que fragmenta temática y rítmicamente los atriles, con sus típicos ritmos incisivos, muy punteados y aristados, por momentos evocadores de una de sus mejores partituras al respecto: la furibunda Earth Dances (1985-86). Así pues, toda una serie de ritmos y ‘contrarritmos’ sincopados se producen ya desde el arranque (escúchese la relación percusión-trompeta; o los grandes contrastes entre el tempo rápido de las masas de percusión y metal en comparación con las maderas asociadas al piano, que retoman ese lirismo antes señalado, ralentizando sus fraseos, más melódicos y serenos). No quiere ello decir que desaparezca algo tan típicamente birtwistleliano como el humor, que podemos escuchar en ciertos diálogos del piano con los trombones con sordina, en los que asoma ese lado más ácido y socarrón del inglés.

Si el comienzo de este concierto me dejó un tanto frío, he de decir que su desarrollo y plena afirmación me han convencido mucho más, encontrando en Péter Eötvös a un director ideal para exponer la enorme complejidad de una orquesta así de fragmentada en múltiples organismos dialogantes, poniendo de relieve desde un pizzicato Bartók en los contrabajos hasta los numerosos polirritmos de las percusiones, lo que ha generado momentos de paisajes netamente ivesianos, a pesar de que buena parte del concierto es esa pugna entre un lirismo muy explícito y un mecanismo que pretende cortar las derivas hacia un hedonismo sonoro que tanto prolifera en otros compositores donde el anhelo de belleza expresiva carece de estructura. Desde un punto de vista tímbrico, no presenta Responses la audacia que después escucharíamos en la partitura de Eötvös, siendo, línea por línea, su sonoridad más convencional. La complejidad resultante es, por tanto, producto de ese entretejer secciones, de contraponer constantemente planos y timbres, produciendo sonoridades de síntesis, como esa bella aura metálica que queda flotando sobre la orquesta antes del único solo del piano: ‘cadencia’ virtuosa que no nos descubre nada nuevo y a la que responde la orquesta con unos temas graves cargados de misterio, muy atmosféricos y bellos, que poco a poco van dando lugar al frenesí rítmico, a la amalgama de planos más que al ejercicio del contrapunto.

Momento del concierto celebrado en la Casa da Música de Porto el pasado 1 de noviembre. La Orquesta Sinfónica de Porto, dirigida por Péter Eötvös, interpretó música de Stravinsky, Eötvös y Birtwistle.

Responses sí ha respondido, por tanto, a lo que de Harrison Birtwistle esperábamos. Es algo nuevo en su catálogo, más plural, de tendencia más amable, pero no cae en un lenguaje no reconocible, como había sucedido en mayo con da capo (2014), partitura para címbalo y ensemble a modo de divertimento y rescate arqueológico-musical sobre temas mozartianos con la que Eötvös nos había sorprendido negativamente (al menos, a quien estas líneas firma). Sí diría que Birtwistle simplifica un tanto su lenguaje en Responses, que crea recurrencias en los temas que facilitan la escucha y el recuerdo de la estructura del concierto; pero, al fin y al cabo, temas que se renuevan, que resultan rigurosos y con más intención artística, hasta en lo más accesible: sea el lirismo del oboe, el humor del clarinete, la atmósfera también bartokiana que asoma al final del concierto, o esa conclusión con la trompeta en fortissimo con la cuerda, la percusión y el piano articulando una suerte de gran pedal orquestal que va acallando este juego de preguntas y respuestas hacia el silencio; un silencio que pronto se encargó de quebrar el público con una enorme ovación que hizo salir hasta en tres ocasiones al compositor británico; un Harrison Birtwistle que me decía, tras el concierto, estar muy satisfecho con el trabajo de la Orquestra Sinfónica do Porto, formación en la que vuelvo a destacar sus poderosos y contundentes metales, así como a una percusión soberbia, además de su capacidad para crear ambientes tan diversos y su precisión técnica en tan endiablado mecano sonoro. Pierre-Laurent Aimard, como siempre, brillante e incisivo, atento a la orquesta en todo momento, buscando una complicidad y un juego rítmico excelente, todo ello de la mano de un Eötvös plenamente resolutivo, también parte del gran éxito de este estreno portugués. Claro que, si lo de Birtwistle fue un éxito, lo de su propia obra sería, tras el descanso, un delirio...

...nos referimos a la partitura que capitalizó la segunda parte del concierto: la monumental Atlantis (1995). Conocía esta obra tan sólo a través de la grabación de su estreno, el 17 de noviembre de 1995, publicada en disco compacto por el sello húngaro BMC (CD 007), con dirección del propio Eötvös a la WDR Sinfonieorchester Köln. Pues bien, aun siendo aquélla una versión excelente, cualquier vivencia fonográfica de esta obra palidece al lado de su audición en vivo, donde la partitura adquiere una presencia y un impacto que nos abducen desde el primer minuto en su marasmo sonoro, en ese espacio vibrátil que Péter Eötvös llena de mítica, sensualidad, misterio, utopía y una imaginación tímbrica fascinante que hace de Atlantis una de sus más ambiciosas y bellas composiciones.

Ya la instrumentación es absolutamente personal, con dos quintetos de cuerda en la tribuna sobre el escenario, los solistas vocales y el címbalo en un podio más bajo, y una orquesta en escena compuesta por numerosísimas maderas y metales, además dos arpas, bajo eléctrico, dos pianos eléctricos, tres sintetizadores y diez percusionistas, cuatro de ellos en plataformas rodeando al público, en las que disponen de un set percusivo que comprende todo tipo de instrumentos y objetos para abordar tanto alturas como ruidos: y es que la fusión de lenguajes es uno de los puntos clave en Atlantis, una fusión magníficamente resuelta esta noche por una OSP que a día de hoy seguramente es la orquesta peninsular que con más frecuencia se encuentra sobre sus atriles con partituras tramadas en técnicas extendidas. Esta peculiar instrumentación es en muchos puntos trasunto del mito atlante; así, las diez cuerdas representan a los cinco hijos gemelos de Poseidón y Clito, que escuchamos en la lejanía (sin amplificación), como un eco desde el pasado. La organización de la orquesta en grupos de cinco instrumentos es recurrente, y también la encontramos en los vientos (flautas, clarinetes, oboes...); además de que ya no sólo las cuerdas se sitúan en lo alto y en la lejanía, sino que (invirtiendo lo que es habitual) percusión y teclados se emplazan en primera fila rodeando al director. A todo ello debemos añadir la electrónica, con un grado de presencia realmente notable. Las relaciones entre los grupos instrumentales es altamente refinada, ya sea en compases de corte camerístico o en las masas más efectistas. Gran trabajo, el de Eötvös y la OSP para que este entramado fluyera en el espacio, con una movilidad que llega a Eötvös de su buen conocimiento de las obras de Stockhausen y Nono para grupos espacializados. Los grandes golpeos de percusión y las olas sonoras que estos generan como halos en las plataformas laterales son un ejemplo paradigmático que, literalmente, nos puso lo pelos de punta en el patio de butacas: música que busca una suerte de desasimiento y que por momentos lo consigue, disolviéndonos como oyentes en la tímbrica que nos rodea.

Sin embargo, a pesar de que esa inmersión en el sonido espacializado es una de las señas de identidad de Atlantis, y esta noche no lo ha sido menos, gracias al gran trabajo de proyección sonora desde los distintos grupos instrumentales y a una potentísima electrónica, destacaría en la lectura portuense de Eötvös su atención a la interioridad del sonido, ya sea a la calidad de cada textura instrumental o a las intrincadas relaciones en la orquesta. También señalar la creación de ambientes por parte de los sintetizadores, así como la compleja unión de refinamiento y contundencia de los metales, que vuelven a sonar espléndidos en Porto. El sonido del clarinete bajo proyectado con la electrónica fue otro de los momentos de especial belleza del primer movimiento, con sus ecos suspendidos del último Nono; un movimiento en el que, como en toda la obra, no puedo dejar de destacar la excelente sección de percusión de la OSP, sobresaliente en las numerosísimas técnicas que Eötvös les demanda, ya sea en el roce de super-balls contra las membranas, en el rascado de cuerpos metálicos, o en ese final tan sutil con fricción de placas de polispán (un efecto que conocemos, también rodeando al público, por obras como Das Mädchen mit den Schwefelhölzern (1990-96/2000), de Helmut Lachenmann, grabada por Eötvös para ECM (1858/59) en 2002).

La segunda parte de Atlantis comenzó con una muy bella polifonía de placas de madera espacializadas en torno al público. Hay que destacar también aquí al barítono Christian Miedl, de una técnica, una afinación y una expresividad acongojantes, en partes vocales de dificultad endiablada. No tan optimista sería con Inês Peixoto, que en la voz blanca arrancó con mayores dificultades la obra (más bello el color y muchísimo mejor logrados los portamenti iniciales en la versión del estreno) y apenas se mantuvo durante el resto del concierto a la altura de los restantes solistas, aunque en la segunda parte ofreciese un mejor nivel. Entre los solistas, excelente Miklós Lukács en el címbalo, que apostó por cierta irrealidad, por lo arcaico y atávico que despliega su instrumento. Los grandes crescendi sucesivos de metales y percusión, ampliados por auras electrónicas, fueron otro de los momentos de total impacto, de una emoción como pocas veces se vive en una sala de conciertos, con una impresionante dirección de Eötvös en el control de las masas sonoras, su movilidad y la gradación de su intensidad. La espacialización de los coros invisibles proyectados electrónicamente fue otro de los momentos subyugantes de este movimiento: voces desde otra dimensión que portaban una mezcla de misterio y sensualidad, como las numerosas sonoridades curvas, desplegadas por metales y percusión en glissandi de marcada gestualidad. En el tramo final de esta segunda parte he de destacar a David Stewart, soberbio concertino de la OSP esta noche, que aportó esos aires cíngaros que Eötvös disemina en algunos pasajes de su partitura: esas danzas rumanas que, según Thomas Schäfer, sugieren una grabación escuchada en un viejo gramófono, quizás recuerdo de la personal Atlántida de Eötvös, de un mundo que ya no es... Una voz blanca de nuevo un tanto irregular, y una renovada polifonía de maderas, pusieron final a un segundo movimiento abrumador.

La tercera parte de Atlantis arrancó con una sonoridad en Porto muy kurtagiana en barítono y címbalo, sucedida por una espectacular exploración del espacio por parte de los grupos de percusión que rodeaban al público, atacando cuerpos metálicos. Los pasajes más sugestivos y atmosféricos de los sintetizadores sonaron contenidos, más tajantes y secos; si bien los proliferantes redobles en las membranas percusivas (bombos, cajas, etc.) resultaron de nuevo impactantes, como todas las partes de percusión a cargo de la OSP, al punto de que podríamos decir que, con lo muchísimo que encierra Atlantis a nivel programático y técnico, la obra acabó adquiriendo el carácter de un gran concierto para percusiones y orquesta; un concierto que recorre todas las texturas y timbres de lo percusivo, de lo cual este movimiento es un buen ejemplo, con tam-tams, thunder sheets, campanas tubulares, marimbas, etc., sabiamente manejados en intensidad y despliegue polirrítmico por Eötvös. El final de Atlantis recupera el folclore de Transilvania en los quintetos de cuerda, con un deje esta noche schnittkeano, lo que muestra la pluralidad estilística de una partitura en la que el Eötvös-director seguramente ha traído influencias, ecos y reverberaciones de muchas músicas al Eötvös-compositor, que demuestra un manejo de la orquesta inteligente y sabio, combinando la gran forma con su atomización. Así fue como llegamos a los compases conclusivos, con un enorme empuje y vitalidad, con una electrónica envolvente, móvil, convocando tiempos y espacios sobre esta nueva Atlántida musical que es la Casa da Música, sobre un público que acabó el concierto en pie, tributando a músicos y director-compositor una cerrada ovación en la que se hace patente su apertura a la nueva música: el resultado a nivel social de una dirección artística con amplitud de miras, que hace crecer el repertorio, las actitudes/aptitudes de los músicos, y el conocimiento del público, aquí tratado con respeto como masa informada, crítica e inteligente... Bien podrían aprender otros pusilánimes gestores que se empecinan en un miedo a la contemporaneidad que no es más que el que ellos mismos padecen y proyectan en sus progromociones musicales.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.