España - Cataluña

Maria Stuarda, soprano

Jorge Binaghi
martes, 13 de enero de 2015
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Barcelona, lunes, 29 de diciembre de 2014. Gran Teatre del Liceu. Maria Stuarda (Nápoles, Teatro di San Carlo, 18 de octubre de 1834, bajo el título de Buondelmonte; con el título original, Scala de Milán, 30 de diciembre de 1835), libreto de Giuseppe Bardari (de la obra de Schiller), música de G. Donizetti. Puesta en escena: Patrice Caurier y Moshe Leiser. Escenografía: Christian Fenouillat. Vestuario: Agostino Cavalca. Intérpretes: Marianna Pizzolato (Elisabetta), Majella Cullagh (Maria Stuarda), Anna Tobella (Anna), Javier Camarena (Roberto, conde de Leicester), Mirco Palazzi (Talbot), y Àlex Sanmartí (Cecil). Orquesta y coro del Teatro (maestro preparador del coro: Peter Burian). Director: Maurizio Benini.
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Si Anna Bolena inauguró el Liceu, esta parte de la ‘trilogía Tudor’ (sería Donizetti hoy el primer sorprendido de saber que había escrito una trilogía) llegó sólo en 1969, y ha reaparecido con cierta frecuencia, siempre de la mano de alguna cantante de renombre. Ahora se la ha presentado con dos repartos distintos y en la versión más conocida para soprano y también en la que la Malibran -más bien una mezzosoprano- estrenó (por primera vez con su verdadero título) en Milán.

La ‘lástima’ es que no se haya elegido, como la última vez en que aquí se repuso, la versión de concierto, porque para gastarse los cuartos en una producción escénica podría haberse recurrido a la muy notable de McVicar para el Met (también con Di Donato) antes que la coproducida con otros países europeos y que ya se vio en Londres (siempre con la misma protagonista, además). Sobre todo recordando el ya muy cuestionable Hamlet que había sido pensado para Dessay y Keenlyside (asimismo aquí y en Londres).

Aquí vamos de las incoherencias deliberadas (ambas reinas con trajes de época mientras el resto, coro incluido, parecen pertenecer al Londres de los años entre setenta y ochenta del siglo pasado) a las involuntarias -y por eso más cómicas- como que Cecil circule desde el principio cargado de una incómoda hacha, o que -salvo María- cuando algún personaje, en particular de sexo masculino, no sabe qué hacer, se sirve un scotch (lo cual en caso de un criptosacerdote católico como Talbot podría hasta parecer escandaloso). Elisabetta en lo que debería ser una cacería y un bosque se sienta en algo así como el patio de la prisión de San Quintín (sin recordar que el castillo servía de cárcel sólo a la reina de Escocia con su séquito) para ingerir su refrigerio y hasta le arroja un muslo de pollo (o algo parecido) a su real prisionera.

Por otra parte puede ser impactante ver a la reina de Inglaterra calva, pero los voluntarios -o no- guiños al personaje creado por Bette Davis no sólo están mejor resueltos en el trabajo de McVicar sino que sienta el listón muy -demasiado- alto para las intérpretes. Aquí Pizzolato, por suerte, rozando el extremo en más de una ocasión le imprime a la reina inglesa una notable fuerza y su canto es bueno, aunque estaba muy pendiente de la batuta y se trata más de una contraltino que de una mezzosoprano del melodrama romántico como algunos agudos metálicos confirmaban (es difícil encontrar hoy en día una soprano o una ‘Falcon’, pero la parte parecería requerirlo).

Debutaba, en la versión ‘conocida’, la soprano Majella Cullagh, bien conocida de los que siguen las ediciones del sello Opera Rara, a la que más le habría valido seguir apostando por ella que buscar infortunados relevos. No se trata de una voz bella y es posible que sus filados y agudos no tengan siempre la amplitud deseada (sobre todo por los que se dedican a contar segundos de más o de menos en el mantenimiento de sonido como si eso fuera garantía de algo más que una proeza deportiva), pero conoce la parte, el estilo, la técnica, y su dicción y articulación es muy buena, al tiempo que no recurre a ningún artificio exagerado (tipo golpes de glotis abrumadores y bastante o del todo reñidos con cualquier idea de ‘bel’ canto) para alcanzar notas graves o dar fuerza a un canto que de otra manera no lo tendría por más ‘assoluta’ que sea -o diga ser, o se afirme que es- más de una soprano ilustre, ni tampoco adopta un uniforme tono lamentoso como alguna otra.

La enfermedad del tenor que debía en esta ocasión interpretar a Leicester obligó a Camarena a cantar dos noches seguidas (y una más con un intervalo de un día) el difícil e ingrato rol de Leicester, que no tiene aria formal, pero sí varios dificilísimos duetos que cantó de modo sobresaliente con bella voz y dicción perfecta (es aún tan joven y juvenil que las canas pintadas eran otro disparate escénico): Esperemos contar con él más veces en papeles de más lucimiento.

El Talbot de Palazzi fue bueno sin llegar a deslumbrar (le falta algo de autoridad en la actuación y el canto -al margen de alguna oscilación de afinación que sufrió en su comprometido dúo con la protagonista). El Cecil de Sanmartí, como ya hubo ocasión de comprobar en Bilbao, tiende a forzar inútilmente unos medios magníficos y también su interpretación es algo más explosiva que lo necesario. Tobella cumplió bien su breve cometido.

El coro tuvo una gran noche, que le fue premiada con una ovación tras su magnífico momento en el último acto, así como al final a su director, Peter Burian.

La dirección de Benini fue buena, la primera vez en que este maestro me convence plenamente, y no sé si debe a él el pequeño milagro de que la orquesta sonara en buena forma, pero en todo caso lo consigno. Ciertamente me habría gustado que el sonido en algún momento hubiera sido más matizado, y sobre todo en la maravillosa plegaria de la protagonista al final, que aquí asumía por momentos matices bélicos. El público, muy numeroso y atento, dispensó una cálida acogida a todos.

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