Obituario

La muerte de Mirtha Garbarini

Jorge Binaghi
viernes, 16 de enero de 2015
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Hay personas que no tienen suerte incluso en el momento de morir. Pasa a menudo. Y le acaba de pasar a la soprano argentina que probablemente habría podido tener una presencia destacada no sólo en su país y alrededores.

Pero, claro, uno se enteraba de su fallecimiento a una respetable edad, empezaba a recordar y … poco después se enteraba de lo incalificable que había sucedido en París. Y se le caen los brazos al suelo, se le van las ganas de todo, se pregunta por el sentido de escribir una reseña, un obituario, hasta un correo electrónico si hemos llegado a los primeros días de 2015 para esto.

Y después uno piensa que no, que lo que una excelente cantante y música como la señora Garbarini hizo -aprender a cantar, hacerlo y transmitirlo luego a otros- fue un modo digno de estar en el mundo, de contribuir a hacerlo un poco menos diabólico, algo más bello, de cumplir con esa difícil (imposible, parece hoy) tarea que tendría que ser la de todos los seres humanos: ahondar en esa humanidad común, cada uno con sus medios, excavar para mejorar uno mismo y ayudar de ese modo a que otros también lo consigan. El verdadero (el único) sentido del llamado ‘humanismo’, el que hay que practicar contra lo inhumano que hay en nosotros y los otros. El sentido último de la música y de las artes en general.

A su modo discreto, sencillo, elegante, cordial, Mirtha Garbarini (más que como ‘la Garbarini’ se la conocía como ‘Mirtha’, lo que dice mucho sobre su forma de estar dentro y fuera del escenario) fue ese sentido.

La oí por primera vez en 1961 en su aplaudidísima Micaela de una Carmen en la que fue la que más se acercó a Bizet y que repitió en otras oportunidades. De todo lo que le oí y le vi guardo excelente recuerdo no sólo de una buena Lauretta en Gianni Schicchi sino, sobre todo, de una gran protagonista en la ópera del argentino López Buchardo Il sogno di Alma (en italiano como se concibió originalmente y ella cantó en La Plata, y que merecería algunas oportunidades más), o las fastuosas marquesas Lucinda de La Cecchina de Piccinni y Violante de la mozartiana Finta giardiniera en aquella no muy larga pero excelente aventura que fue la Ópera de Cámara del Teatro Colón (aunque se presentara en el Teatro San Martín y en temporada aparte, ya la querrían hoy en la sala principal).

No incluyo sus interpretaciones de oratorios o conciertos (una Misa en si de Bach dirigida por Karl Richter, por ejemplo, esa sí dentro de la temporada oficial y para cerrarla con digno broche), sus participaciones episódicas siempre de gran nivel. Estaba siempre en su sitio sin dar codazos ni ‘imponerse’ (su frágil y esbelta figura se imponía por sí misma sin ninguna necesidad de nada extramusical o extraartístico).

Cuando la conocí muy fugazmente, ya retirada y enseñando en el Colón (ella había sido una de las alumnas de la gran Kinderman en esa generación que se formó con ella y Edita Fleisher y en la que un Erich Kleiber confiaba tanto), se mostró sobre todo sorprendida de que recordara esos y otros momentos que nos regaló y su respuesta con una sonrisa y en voz muy baja fue típica: ‘Muchas gracias. En realidad siempre traté de hacer lo mejor posible con la partitura que tenía delante, y ahora trato de enseñar eso mismo; no siempre se consigue o no siempre en el grado que a una le gustaría, pero la carrera es el esfuerzo por conseguirlo.”

Probablemente Mirtha Garbarini se quedaría sorprendida de saber -por desgracia por la fecha, pero por suerte para ella, no llegó a enterarse de esta última barbaridad- que a su modo y sin proponérselo (que es cuando más valen las acciones de uno) ella también, desde la lejana Argentina y de muy otra manera, había sido Charlie.

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