Suiza

Jamás en 'repertorio'

Jorge Binaghi
viernes, 27 de febrero de 2015
Ginebra, lunes, 2 de febrero de 2015. Grand Théatre. Iphigénie en Tauride (París, Académie Royale de Musique,18 de mayo de 1779). Libreto de Nicolas-François Guillard y música de C. Gluck. Puesta en escena: Lukas Hemleb. Escenografía: Alexander Polzin. Vestuario: Andrea Schmidt-Futterer. Intérpretes: Anna Caterina Antonacci (Iphigénie), Bruno Taddia (Oreste), Steve Davislim (Pylade), Alexey Tikhomirov (Thoas) , Julienne Walker (Diane) y otros. Coro (preparado por Alan Woodbridge) y Orquesta de la Suisse Romande. Dirección: Hartmut Haenchen
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Es un misterio el motivo de que sólo Orfeo y Eurídice de Gluck (hasta cierto punto) haya logrado una presencia relativamente estable y segura en el ‘canon’ de la lírica. Ciertamente, pero no siempre, ha estado ligado al hecho de contar con una protagonista adecuada para los grandes roles, y allí Alcestes parece tener algo más de suerte, pero la ‘gemela’, Ifigenia en Aulis, mucho menos. A menos que aparezcan un director y/o una cantante ‘new age’ y entonces se pondrán de moda.

En este caso hubo gran seriedad después de treinta y siete años de ausencia, y si los resultados no fueron idénticos en todos los aspectos, es de esperar que la filmación que se estaba realizando llegue a ver la luz y no sólo de una transmisión por cadena televisiva ‘culta’.

Teniendo a semejante orquesta era absurdo recurrir a formaciones ‘especializadas’, y, coherentemente se buscó a un director no ‘estrella’, pero de esos que saben concertar y compaginar estilo, técnica, necesidades prácticas. Y Haenchen ya había demostrado su valía y competencia en Amsterdam, de modo que a mí no me ha sorprendido que se acudiera a él tras casi treinta años de ausencia (también) del podio en este Teatro.

Debutaba el director de escena Hemleb y su aproximación fue de interés, aunque a veces forzada (entre la abstracción y la Grecia clásica revisitada por los colores -como se debe- y por tradiciones teatrales ajenas pero no quizás extrañas como las orientales) en su uso de las marionetas ‘dobles’ de los personajes: el curioso efecto de tragedia ‘distanciada’, pero sin tinte brechtiano, distó de ser ineficaz y en varios momentos se reveló como muy apropiado.

Momento de la representación de 'Ifigenia en Tauride' de Gluck. Director musical, Hartmut Haenchen. Director escénico, Lukas Hemleb. Ginebra, Gran Teatro, febrero de 2015

El coro estuvo bien, y a veces muy bien, y lo mismo los breves papeles secundarios capitaneados por la Diana de la escena final, bien cantada por Walker (es una parte breve, pero no fácil).

Los tres personajes masculinos tuvieron sus problemas o limitaciones: el menos lucido, como su personaje, fue el Thoas de Tikhomirov, cantado estentóreamente y como si se tratara de un Boris ‘avant la lettre’, lo que poco favor hizo a la escritura y la línea de Gluck. De los tres el que voz más interesante demostró, pese a unos agudos entre tímidos, cortos y calantes (por ejemplo en su aria final del tercer acto), fue Davislim. Pero como actor destacó Taddia, una voz de dimensiones modestas y color poco interesante, pero capaz de dar sentido a los recitativos y al torturado personaje de Orestes.

Momento de la representación de 'Ifigenia en Tauride' de Gluck. Director musical, Hartmut Haenchen. Director escénico, Lukas Hemleb. Ginebra, Gran Teatro, febrero de 2015

La compensación estuvo en el debut en el papel protagónico de la Antonacci, que sabe combinar tan bien en sus papeles franceses, una figura que puede ser estatuaria pero con un ardor y participación que reviste a cada palabra -clarísimamente articulada- de toda su carga emocional (y a veces incluso más). Su ‘ambigüedad’ entre mezzo y soprano le permite jugar con colores oscuros pero aterciopelados, una línea impecable que sólo ocasionalmente se hace algo áspera y metálica en algunos de los agudos de la ardua parte, pero aquí tuvimos a una princesa de Grecia en desgracia, confrontada a la parte peor de su destino, que sabe ser majestuosa, tierna y nostálgica (‘O malheureuse Iphigénie’ tuvo toda la carga de emoción contenida que hace de ese lamento una de las cumbres de toda la historia operística, pero el gran recitativo inicial y la posterior evocación de su pasado -‘O toi qui prolongea mes jours’-, la nostalgia por el hermano perdido -‘D’une image’- o la rebelión contra una diosa incomprensible -‘Je t’implore et je tremble’- también tuvieron su expresión cumplida). Como es una mujer bella y de gestualidad sobria pero impactante me complace decir que por primera vez, desde 1964, no extrañé a la incomparable Régine Crespin.

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