España - Andalucía

Baile de máscaras

Raúl González Arévalo
martes, 10 de marzo de 2015
Málaga, sábado, 28 de febrero de 2015. Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Giuseppe Verdi: Un ballo in maschera, ópera en tres actos sobre libreto de A. Somma (1859). Alfredo Troisi, escenografía y vestuario. Roberta Mattelli, dirección escénica. Intérpretes: David Baños (Riccardo), Paolo Ruggero (Renato), Nunzia Santodirocco (Amelia), Liliana Mattei (Ulrica), Francesca Bruni (Oscar), Angel Spasov (Silvano), Nikolay Bachev (Sam), Thomir Androlov (Tom). Solistas, orquesta y coro de la Compañía Lírica Opera 2001. Dominique Rouits, director. Coproducción con la Ópera de Massy (Paris-Sud)
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A la vista del espectáculo que tuve que presenciar en Málaga el 28 de febrero, Día de Andalucía, me veo obligado a comenzar esta reseña con una declaración de principios: creo firmemente en la función social de la crítica.

La realidad operística de Málaga es indigna de lo que fue, y de lo que venden los responsables de la Temporada Lírica. Más aún, producciones como este Baile de máscaras son una tomadura de pelo por muchos motivos. No es que no sea propia de un teatro de provincias que hace una década tenía una temporada digna, es que no desmerecería en una feria de pueblo. Repetirán en Lorca, Santurce, Basauri, Barakaldo, Torrent, Alicante y Logroño, entre otras localidades. Yo creía que Málaga jugaba en otra división. Y no sólo porque la orquesta nos regaló sonidos tales que a ratos sonaba como una banda -y las hay que suenan mejor, más empastadas, limpias y coordinadas–. Por no hablar del coro. Sencillamente inaceptable. Sobre todo teniendo presente el nivel superior de la Orquesta Filarmónica de Málaga y del Coro de Ópera de Málaga, este último marginado y maltratado en la programación musical por los responsables artísticos del teatro. De la dirección musical de Dominique Rouits mejor ni hablamos. Si tiene algún mérito, con estos conjuntos era imposible apreciarlo. Lorenzo Ramos: hace tiempo que se echan en falta tus intentos honestos de hacer las cosas de otra manera en este teatro.

 

Momento de la representación de 'Un ballo in maschera' de Verdi. Dirección musical, Dominique Rouits. Dirección escénica, Roberta Mattelli. Málaga, Teatro Cervantes, febrero de 2015

 

El principal reclamo de la función era la presencia anunciada en el papel estelar de Riccardo de Max Jota, el joven tenor brasileño que ha ganado premios y tiene encandilada a la crítica británica. Pero en los títulos de crédito había desaparecido: nuestro gozo en un pozo. Lo menos que debía haber hecho la dirección del teatro, por respeto al público, es ofrecer unas explicaciones sobre esta sustitución inesperada, por megafonía o con una nota. Es lo que hacen los teatros serios, que enfrentan con honesta profesionalidad la decepción y la exigencia de responsabilidades del público. Las formas importan. Aquí no valen las máscaras y hacer mutis por el foro.

El nivel de los solistas no pasó de la modestia y el decoro. El murciano David Baños tuvo el difícil cometido de hacer frente a la decepción de la sustitución no anunciada. Posee el instrumento apropiado para encarnar a Riccardo, y lo encarnó con una voz sana. El agudo es resonante y tiene capacidad para apianar –aunque debe vigilar el apoyo aquí–. Siendo la mejor voz masculina no obtuvo durante la función el reconocimiento del público, que sin embargo aplaudía, forzado por evidentes palmeros, al barítono Paolo Ruggero. Su entrada hizo temer lo peor, evocando la definición de José M.ª Martín Triana de la “escuela del mugido” (El libro de la ópera grabada, Alianza Editorial, 1990). Afortunadamente la voz entró en calor y el intérprete mejoró algo en los dos actos restantes.

 

Momento de la representación de 'Un ballo in maschera' de Verdi. Dirección musical, Dominique Rouits. Dirección escénica, Roberta Mattelli. Málaga, Teatro Cervantes, febrero de 2015

 

Mejor por lo tanto las voces femeninas. Aunque Nunzia Santodirocco sonó mayor de lo que es, con un instrumento desgastado, pudo hacer frente a la difícil tesitura de Amelia. Lo mejor es la capacidad para apianar, lo que le permitió hacer de su famosa aria “Morrò, ma prima in grazia” el mejor momento individual de la noche por el sentimiento que logró transmitir, provocando el único aplauso espontáneo a telón abierto de toda la noche, merecidamente. Liliana Mattei fue una Ulrica digna, adecuada vocalmente, sin las fracturas habituales entre los graves y los agudos de la adivina. La más fresca fue Francesca Bruni, Óscar pizpireto con facilidad en los difíciles picchietati de “Saper vorreste”.

No merece la pena valorar el aspecto dramático de la ópera: un decorado elemental y funcional, vestuario de época, disposición clásica del coro en “U” y solistas emplazados en el centro del escenario, estáticos, no hacen una dirección escénica.

Al margen de los méritos individuales de los solitas, los abonados deberían pedir responsabilidades de que se les haya colado un producto de esta categoría en la temporada de abono sin más explicaciones. Otro gallo cantaría si se tratara de un espectáculo a elegir, fuera de abono. Y uno se pregunta, ¿qué necesidad hay de traer unos conjuntos extranjeros de nivel visiblemente inferior? No se trata de un discurso patriotero, de patria chica y orgullo de España cañí. Se trata de poner en valor los elementos con los que cuenta el teatro, la ciudad, y hacer un uso razonable y racional de ellos para lograr un producto final digno, sin pretensiones vanas de ser lo que no se es. ¿Por qué no recurrir de nuevo al sistema de la coproducción con otros teatros españoles, que dio buenos resultados? ¿Por qué no repetir la fórmula de la ópera en concierto, como con Falstaff? Cuando otros compañeros de la prensa insisten también desde sus medios en el fracaso de la fórmula presente –La Opinión de Málaga, El Mundo– y la respuesta del público a propuestas como el Festival Plácido Domingo es abrumadora, alguien debería replantearse la cuestión. Evidentemente, como en todo, se trata de una de voluntad política, también en la gestión artística. Y mucho me temo que aquí no la hay. De hecho parece que en otoño vuelven con Madama Butterfly.

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