Discos

De la estirpe de Väino

Daniel Martínez Babiloni
viernes, 27 de marzo de 2015
Sibelius. Complete Symphonies. Three Late Fragments. BBC Philarmonic. John Storgårds, director. Set de tres CDs grabados en Media City Uk., Manchester. Duración: 76’26’’ CD1, 78’36’’ CD2 y 79’95’’ CD3. Chandos Records, 2014
0,0003612 Cuenta la leyenda que Luonnotar habitaba un gigantesco abismo marino. Allí se dedicaba a contemplar y a contar arcos iris y a dejar que el viento mesase sus cabellos. Pasados los siglos, quiso ser madre, y emprendió un largo viaje en busca de un padre para sus hijos. Finalmente el viento del este, compadecido por su melancolía, accedió a yacer junto a la diosa hasta saciarla de placer. Así nació Väinämöinen (Väino), el eterno cantor, de voz portentosa y mágica.

La misma voz, también portentosa y mágica, con la que un finés, John Storgårds, nos revela que lo que “realmente quería [Jean Sibelius], sinfonía tras sinfonía, era construir algo muy nuevo cada vez”. Y es así como desde aquel primigenio rapsoda, unos fineses han ido cantando a otros. Gracias, según la prestigiosa revista Gramophone, a “una magnífica educación musical, una comprensiva conciencia nacional (una cultura musical “arraigada”), buenas infraestructuras y un montón de abnegado y duro trabajo de los directores finlandeses (y cantantes, violinistas y pianistas)”.

Porque Storgårds se encuentra entre los Leif Segerstam, Okko Kamu, Osmo Vänska, Jukka-Pekka Saraste, Sakari Oramo, Hannu Lintu, Susanna Mälkki y Pietari Inkinen (qué maduras resultan sus versiones de Sibelius con la New Zealand S.O.). Todos ellos son descendientes de aquel hijo del viento y, a la vez, directores e instrumentistas, sea con el clarinete, el cello, la viola, el piano o, sobre todo, el violín.

“Why so many conducting Finns?”, se preguntaba dicha revista. John Storgårds es violinista, como Sibelius, y como Paavo Berglung, cuyas atmósferas parecen asomar en esta edición. Además, es el director principal de la Orquesta Filarmónica de Helsinki. La misma con la que el de Hämeenlinna estrenó casi todas sus sinfonías y la mayor parte de sus poemas sinfónicos. En esta ocasión dirige a la BBC Philarmonic. Esta es una combinación de director finés y orquesta británica que estrenó el propio Robert Kajanus en sus grabaciones de principios de la década de 1930 con la London Symphony Orchesta. Un proyecto que contó con la ayuda del gobierno de Helsinki y convirtió a la británica en la principal vía de recepción de su música. Los apoyos y cariños mutuos con Arnold Bax, Vaugham Williams y William Walton son legendarios, y no menos importantes, las lecturas de directores anglófonos de todos los tiempos, desde la primera edición doméstica de la integral de estas sinfonías por Anthony Collins y la London S.O. (DECCA, 1950s) o la Sibelius Edition de Barbirolli y The Hallé (EMI, 1960s). A ellos hay que añadir a Thomas Beecham, Malom Sargent, Leonard Bernstein, Alexander Gibson, Lorin Maazel, Simon Rattle o Colin Davis.

Con estos precedentes, revisitar estas partituras no está exento de riesgo, ya que son muchos los referentes y los momentos de las grabaciones anteriores que por una u otra razón guardamos en la memoria. Sin ir más lejos, a mi juicio, una de las mejores series, en cuanto a sentido constructivo, con sonoridades expansivas y arrebatadoras, es la de Alexander Gibson y la Royal Scottish National Orchestra de principios de la década de 1980, también en Chandos.

La de Storgårds es una lectura dejada macerar para que afloren los múltiples matices que Sibelius incluyó en sus partituras. La paleta del director recorre todos los registros expresivos imaginables y hace suya aquella búsqueda estética que tanto turbó al compositor, por encima de todo, un hombre tremendamente complejo. Ahí están las revisiones de la Quinta Sinfonía para hacerla “más humana, más viva”, o las de muchos de sus primeros trabajos, o la destrucción de numerosos materiales, incluido los esbozos de la posible Octava Sinfonía.

Con respecto a esta última, Timo Virtanen, responsable de la edición de sus obras completas en la Sociedad Sibelius de Helsinki y autor de las elocuentes notas que acompañan a estos discos, ha rescatado apenas dos minutos y medio de música de los manuscritos a lápiz de los últimos años de vida del compositor. Poca cosa en comparación con los ríos de tinta que ha hecho correr el más enigmático de los trabajos realizados por este músico.

La inclusión de estos tres pequeños fragmentos completa de alguna manera la recuperación de las versiones del Concierto para violín y de la Quinta sinfonía originales, según el manuscrito del Turku Sibelius Museum, que Osmo Vänska registró para BIS en los años noventa. Una aportación que da la razón al propio Sibelius, ya que las versiones conclusivas ganan en concreción y poesía a las desechadas. Esto parece ser una constante en la producción de nuestro compositor. Desde las dos primeras sinfonías hasta la última, su escritura gana en concisión lo que pierde en monumentalidad. Asimismo, alcanza la maestría de moldear el escaso material temático que contienen para sacarle todo el provecho posible.

Así lo entiende Storgårds, quien pasa de lo íntimo a lo gigantesco, de lo introspectivo a lo heroico, con suma sensibilidad y cuidado. En las dos primeras obras, tan alejados como estamos del carácter nacionalista que Kajanus y sus contemporáneos pudieron ver en ellas, muestra un sentido narrativo que aparecerá de nuevo en la Quinta. En todo momento deja aflorar los murmullos, unas veces inquietos, otras sosegados, que recorren esta música para dibujar paisajes, tanto físicos como anímicos. Como dice Glenda Dawn Goss, Sibelius no pinta la naturaleza, es parte de ella.

En la Primera Sinfonía, el clarinete tiene algo de rapsoda. Es una especie de Scherezade. En lontananza, en una de las versiones de este solo más larga y ensimismada que recuerdo, anuncia los hitos que el director siembra por doquier, producto de un conocimiento exhaustivo de lo que tiene entre manos. En esta misma partitura encontramos una exquisita alternancia entre metales agudos y trompas en el primer clímax, un segundo tema plenamente sensual y una preparación de la coda del primer movimiento desde un estado absolutamente contemplativo, para desatar finalmente todo el poder de la música. Un detalle muy simple pero tremendamente efectivo es el de realzar la conclusión ascendente de los chelos al final del “Andante”. Muy colorista queda la pincelada que el director da al último compás del Piu largamente poco a poco, en la modulación a mi menor, antes de abordar una coda dilatada y tensa.

De la Segunda Sinfonía destacaría la torrencial sonoridad en el fortisimo del final del “Allegro” y el fraseo del Lento e suave del “Vivacissimo”, cuyo puente al “Finale” rezuma sentido construido y contención, antes de que llegue el torbellino dosificado, después huracán en un heroico final.

La sinfonía neoclásica, la Tercera, está llena de gracia, vigor y de un fraseo emocionante; muy bien respirado el “Allegro”. El pianissimo del Tranquilo en este movimiento es estremecedor. En el Tempo I del “Andantino con moto, quasi allegro” Storgårds vuelve a mostrarse hábil al hacer oír con claridad el tema del péndulo (intervalos de segunda) en los contrabajos, sobre los que aparecen unos pizzicati de la cuerda y gráciles arabescos de las maderas. Un toque tímbrico muy interesante es dejar que suenen los chasquidos de las cuerdas sobre el puente hacia el final de la obra. Tal vez sea aquí donde más se percibe cierta desorientación en el compositor. Parece como si Sibelius no hubiera sabido cómo acabarla. “La más desafortunada criatura”, dijo.

Sin embargo, le sucede la más poética de todas: la Cuarta Sinfonía en la menor, donde cita el tema de Parsifal, presentado aquí con cierta teatralidad, pero sin contemplaciones. Su primer movimiento, con el tratamiento de una armonía disonante, rezuma modernidad. El último tiempo es épico en esta intensa lectura y uno de los puntos álgidos de la edición. Erik Tawaststjerna describió al detalle la génesis de la Sinfonía nº 5, comenzada en 1915 y finalizada cuatro años después. Algunos estudiosos la sitúan junto a las dos anteriores como parte de un periodo de influencia del buen amigo y maestro de Sibelius, Ferrucio Busoni. Por su parte, Virtanen y Tawaststjerna la enlazan con las dos siguientes. Ella es la constatación de la extremada inquietud creativa del autor y el grado superlativo de su perfeccionismo. Poco tienen que ver la primera versión y la última.

A pesar de toda esta costosa elaboración, o tal vez por ello, la Sinfonía en mi bemol, Op. 82, alterna la grandiosidad característica de las primeras sinfonías, con elementos muy simples que reflejan la capacidad del autor de sorprenderse por las cosas más sencillas de la vida. Storgårds pasa por todos los estadios emocionales posibles, desde la ingenuidad a la gravedad llorosa del fagot, de lo grandioso a lo mínimo, de la calma al extremado vigor. Siempre, entre preciosas sonoridades y tempi reposados. En el “Andante” consigue un equilibrio armónico preciso entre las maderas, vuelve a demorar la coda y rubatea con finura. En el tercer movimiento repite los chasquidos de las cuerdas, mientras el movimiento pendular se hace obsesivo en el fortissimo. De tanto que estira el final resulta doloroso y marca sobre manera los mordentes que anticipa el timbal a los dos últimos acordes del tutti. Los silencios finales los precipita un poco, en la línea de Lorin Maazel, quien decía que respetar su duración en el disco los hace amanerados. Por el contrario, interpretaciones como las de Malcom Sargent o, sobre todo, Neeme Järvi mantienen una extremada tensión a pesar de respetar la duración de los mismos. James Levine, opta por dejar cierta reverberación entre los acordes.

En los primeros compases de la Sinfonía nº 6 en re menor, Storgårds parece querer restituir al compositor la paz interior que en muy pocas ocasiones tuvo. Tampoco la encontró Finlandia a partir de 1918. Ni Europa entera, que seguiría en guerra civil consigo misma, como destaca Julián Casanova. Este es un motivo más para que Sibelius dejase de escribir grandes páginas tras sus dos últimas sinfonías, La Tempestad y Tapiola. Como decíamos, el inicio de la Sexta oscila entre la esperanza y la añoranza, para dejar paso a la oscuridad en el final del movimiento. En el “Allegretto”, de final amable, aparecen sutilísimos los murmullos. En el “Poco vivace” el tempo inexorable, siempre adelante, es el que manda y el último movimiento, de escritura vocal, se recoge en una expresividad casi religiosa.

Finalmente, otra vez, el director da voz a la magnificencia del compositor, ahora hombre en horas bajas. En la Séptima, Sibelius concentra todo el material temático en un único movimiento y muestra una escritura perfecta. Storgårds, por su parte, hace crecer, poco a poco, y progresivamente hasta el final, una mullida textura, de forma que acompaña pero nunca estorba al poderoso trombón que nos guía hacia el Olimpo, o al lugar más feliz posible para los fineses: Lintukoto. ¿La Ainola de Sibelius?

Para el oyente, adentrarse en esta imprescindible integral de las sinfonías de Sibelius, en el año que se celebra el 150 aniversario de su nacimiento, supone ahondar en la complejidad del ser humano. Su música está hecha con mucha sensibilidad pero no contiene melancolía, como dice Tomi Mäkela. Los protagonistas de esta edición, compositor y director, vienen de un apartado lugar. Según Glenda Dawn Goss de “un remoto rincón de una tierra lejana, [donde] un joven extrañamente dotado imaginó la música de tal belleza y poder que a lo largo de su vida esas fantasías se hicieron obras de primera necesidad para las orquestas del mundo entero”. Aunque Sir Colin Davis dijera que algunas se le resistieron, no es el caso de la BBC Philarmonic.

Este disco ha sido enviado para su recesión por Konzertdirektion Schmid.
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