Estados Unidos

La vanguardia biensonante

Roberto San Juan
lunes, 4 de mayo de 2015
Houston, sábado, 18 de abril de 2015. Jones Hall. J. Higdon: Blue Cathedral; Concierto para orquesta. F. Chopin: Concierto para piano y orquesta nº 1 en Mi menor, Op. 11. Garrick Ohlsson, piano. Orquesta Sinfónica de Houston. Robert Spano, director
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A pesar de haberse iniciado en la música a una edad relativamente tardía -comenzó sus estudios musicales reglados a los 18 años, tras haber comenzado a estudiar flauta de manera autodidacta, y a los 21 inició sus estudios de composición-, Jennifer Higdon (Brooklyn, Nueva York, 1962) es actualmente una de las compositoras norteamericanas más destacadas de su generación. Su extensa producción abarca una amplia variedad de géneros -obras corales y orquestales, de cámara e incluso una ópera- y está disponible en el mercado discográfico en forma de numerosas grabaciones. El vínculo profesional entre la compositora y el director Robert Spano se inició hace más de dos décadas. Ambos se conocieron cuando Higdon estudiaba flauta en la Bowling Green State University y más tarde Spano se convertiría en uno de los principales mentores de la compositora. Él dirigió el estreno de blue cathedral (sic) con la Orquesta del Instituto Curtis de Filadelfia en el año 2000 y tres años más tarde grabó la obra con la Orquesta Sinfónica de Atlanta. Esta misma agrupación norteamericana con Spano al frente grabó en 2004 el Concierto para orquesta de Higdon.

Constituida por un único movimiento, blue cathedral es una obra breve, de unos 12 minutos de duración, y cuenta con dos fuentes de inspiración directas. La primera es el papel de las instituciones académicas en el desarrollo personal y profesional del ser humano -la obra fue un encargo del Instituto Curtis por su 75 aniversario- y la segunda, de índole más personal, viene dada por la muerte del hermano menor de la compositora a los 33 años víctima de un cáncer. Andrew Blue -así era su nombre- era clarinetista y este instrumento, junto con la flauta -Jennifer Higdon es flautista-, tiene un especial protagonismo en la pieza. La obra es un poema sinfónico en el que la compositora imagina al oyente entrando a una gran catedral por la parte del ábside, en la cabecera. Unas enormes vidrieras filtran la luz del cielo azul exterior y todo el templo inicia entonces un viaje ascendente, lentamente primero, para ir después elevándose cada vez más rápidamente. La obra es tonal, con un tratamiento de la disonancia de corte conservador y una sólida estructura formal. La plantilla orquestal que requiere es amplia e incluye secciones completas de viento y una amplia representación de la percusión, además de arpa, piano y celesta. Higdon es una gran orquestadora, conoce bien las posibilidades de los distintos instrumentos y, sin llegar a ser rompedora, su obra contiene un cierto componente de exploración sonora (por ejemplo, en la parte final de blue cathedral varios músicos de la sección de metal deben hacer sonar con los dedos sus respectivos vasos llenos con distintas cantidades de agua a modo de armónica de cristal, un sonido que se combina con el que producen varios instrumentistas provistos de esferas chinas o bolas de la salud Baoding). La obra resulta de escucha agradable y transcurre sin sobresaltos, unas características que probablemente hayan influido sobre su popularidad, hasta el punto de que, según la Liga de Orquestas Americanas, es la obra orquestal escrita en los últimos 25 años interpretada con mayor frecuencia (más de 500 veces en todo el mundo desde su estreno en el año 2000).

La segunda pieza de Higdon que se escuchó tras el Concierto de Chopin que cerró la primera parte y al que me referiré más adelante fue Concierto para orquesta. Compuesto en 2002, fue estrenado ese mismo año por la Orquesta de Filadelfia. Se trata de una obra más extensa, de unos 35 minutos, y está dividida en cinco movimientos de los que solamente el tercero lleva indicación textual de tempo; para los otros cuatro la indicación es sólo metronómica. Al igual que blue cathedral, la obra requiere una gran plantilla instrumental y pone a prueba el virtuosismo de los músicos de la orquesta.

El primer movimiento -el último compuesto, según confiesa la propia autora- lleva la indicación “negra = 122-132”. Un par de golpes secos en campanas y timbales al inicio del movimiento anuncian la entrada de la sección de cuerda en unas rápidas figuraciones a base de patrones de escalas de sonoridad octatónica. Aunque hay algunos pasajes de tipo camerístico, el movimiento es en esencia un gran tutti enérgico que transcurre a un tempo veloz. El segundo movimiento tiene el carácter de un scherzo. El protagonismo recae en la sección de cuerda, con una prolongada sección en pizzicato al comienzo, que gradualmente va dando paso a otra sección con arco, primero únicamente en cada solista y después se extiende a toda la cuerda. Tras un tercer movimiento con la indicación “Mystical, negra = 92-108”, el cuarto (negra = 42) es un homenaje a la percusión. Se inicia con el sonido producido por vibráfonos y crótalos al ser frotados con un arco y concluye con interesantes propuestas sonoras en idiófonos y membranófonos. Gracias a las dos pantallas de la sala en un circuito cerrado de televisión con imágenes en tiempo real del trabajo de los músicos, el público pudo contemplar con precisión lo que ocurría en el fondo del escenario. La entrada de los violines con golpes secos, percusivos, junto con pizzicati agresivos en la cuerda grave marca el comienzo del último movimiento (negra = 90). Aquí las diferentes secciones orquestales parecen converger a un tempo cada vez más acelerado, que requiere precisión y habilidad por parte de los músicos dentro de una rítmica compleja y una línea melódica quebrada, con efectos sonoros muy repartidos. La orquesta, con Spano al frente, pareció disfrutar con la interpretación de esta obra y su trabajo fue premiado con el aplauso del público dirigido tanto a los músicos y al director como a la propia compositora presente en la sala.

Entre ambas piezas de Higdon se escuchó el Concierto para para piano y orquesta nº 1 de Chopin con el veterano Garrick Ohlsson como solista. Ohlsson es un pianista de gestos parcos y pianismo elegante, preciso y contenido. Es experto en destacar cada línea o pequeño detalle melódico y en ponerlo de relieve mediante el fraseo o a través de un determinado tipo de ataque, con lo que parece ampliar las posibilidades sonoras de cada pasaje. Su toque es superficial y de poco calado, pero gracias a un cuidadoso empleo del pedal y un rubato contenido, la pureza de sus líneas melódicas resulta incontestable. Destacó especialmente el segundo movimiento, un ‘Romance - Larghetto’ de delicado y exquisito lirismo donde la melodía pareció fluir con perfecta naturalidad entre el solista y una orquesta que interpretó su papel de acompañante -como debe ser en esta obra- con sumisión al solista. El público puesto en pie forzó la propina: el Vals nº 5 en La b mayor Op. 42, también de Chopin.

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