España - Cataluña

Reparación de un injusto olvido

Jorge Binaghi
martes, 5 de mayo de 2015
Barcelona, jueves, 30 de abril de 2015. Gran Teatre del Liceu. I due Foscari ( Roma, Teatro Argentina,3 de noviembre de 1844); libreto de F.M. Piave; música de G. Verdi. Versión de concierto. Intérpretes: Plácido Domingo (Francesco Foscari), Aquiles Machado (Jacopo Foscari), Liudmila Monastyrska (Lucrecia Contarini), Raymond Aceto (Jacopo Loredano), Josep Fadó (Barbarigo), Maria Miró (Pisana) y otros. Versión de concierto. Orquesta y coro (Dirección: Conxita García) del Teatro. Director: Massimo Zanetti.
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Desde 1977 este título estaba ausente del Liceu. Seguramente no es la ópera más popular de Verdi. Ni la mejor. Es desigual y hay algunos momentos corales francamente flojos. Como personajes, el único que existe y es interesantísimo es el viejo dogo protagonista, algo más que un remoto antecedente de su colega genovés, ese Simone Boccanegra que constituye uno de los aportes más impresionantes del autor a su rica galería de humanísimos (y por lo mismo falibles) personajes. Tiene en cambios momentos orquestales de gran interés y el primer mérito de Zanetti, que se presentaba en este teatro con esta versión en forma de concierto, fue hacerlos resaltar (ya desde el corto preludio inicial) y reconocer explícitamente al acabar la velada la labor de los distintos solistas o grupos de instrumentos. Es así como una orquesta crece, y la del Liceu lo necesita y tuvo una noche brillante, que esperemos que continúe. Zanetti además concertó bien, con cuidado, mirando mucho a los cantantes, y sobre todo dirigiendo con las manos los momentos comprometidos (como las cadencias de los dúos, como hace mucho le había visto hacer en los dúos de una Norma en Amberes).

El coro, que ahora pasa por el bache de la dimisión súbita de Peter Burian (al parecer por razones personales), sigue siendo un activo del teatro, de momento en las manos expertas de García, que ya trabajaba hace tiempo con ellos. Los roles menores fueron bien cubiertos por Maria Miró (voz tal vez no muy grata pero de volumen y extensión apreciables) y el conocido y excelente Fadó (al que habría que confiar papeles de más envergadura). Si el malo de la película es comprimario o no es opinable; en todo caso, no tiene mucha más parte que los anteriores aunque alguna intervención es de compromiso. No se entiende por qué hubo que recurrir a Aceto (un cantante estentóreo sí, pero poco más que eso) y no a un elemento local, nacional, o de menos ‘nombre’ (que el cantante americano sin duda posee aunque a veces uno se pregunte, como en tantos otros casos, por qué). En esta ópera ‘familiar’, en que los tres principales son padre, suegro, hijo, marido, mujer y nuera, todos de la más alta ‘nobleza’ veneciana (los apellidos son ilustres, y no sólo en aquel entonces), los dos más jóvenes tienen que cantar mucho y difícil, y son planos (Jacopo expresa fundamentalmente el lamento, Lucrezia está casi siempre furiosa y a veces se aplaca pensando en su marido –pero no le dura mucho: le puede su orgullo de casta –con perdón de la palabra). Machado, que llegó a sustituir a un Vargas al parecer enfermo (como ya le ocurrió hace nada en Buenos Aires), mantiene su bello color, pero la frecuentación de papeles arduos ha acentuado su problema de extensión en el agudo, siempre apretado, mientras ahora también la media voz experimenta problemas: alguna vez se resuelve en falsete, en otras sólo a último momento logra evitar el accidente. Mejor en su segunda intervención y sobre todo en el gran trío del segundo acto, sus frases finales fueron desafortunadas. Como intérprete, fue adecuadamente lastimero.

Plácido Domingo en I due Foscari

Lucrezia es una de las partes más terribles de la primera época de Verdi (y su última intervención solista, sin duda valiosa y eficaz, es dramáticamente un injerto). Monastyrska la cantó como si fuera de una total facilidad: volumen enorme, agudo y centro firmes y bellos, y un grave menos interesante, la hicieron acreedora, en su debut aquí, a algunas de las ovaciones más impresionantes de la noche (por ejemplo, tras su cabaletta en su aria de presentación. A propósito, esa y la anterior de Jacopo fueron de una sola estrofa). Lo que impresiona sobre todo es su capacidad para filar el sonido y para realizar unas agilidades muy correctas, incluido un trino notable. Su italiano sigue mejorando y aquí su expresividad resultó limitada, pero es que el personaje lo es (sigo prefiriendo, de lo que le he visto, su Leonora de la ópera ‘maldita’ de Verdi en Valencia). Y sin duda es una soprano verdiana en serio.

El elenco de I due Foscari

Pero el título no se habría repuesto sin la presencia de Domingo. Este año son para mí cuarenticuatro desde que lo oí por primera vez en vivo. El tiempo pasa para todos, en bien y en mal. Entonces era ya un gran tenor, y más, un gran artista. Hoy sigue siéndolo, aunque se haya pasado a una cuerda que no es la suya y puedan advertirse limitaciones, imperfecciones, problemas, quizás acentuados esta vez por la bronquitis de la que aún no se ha recuperado (según explicó la directora artística del Liceu antes de comenzar, y que seguramente es lo que le hizo cancelar la matiné del Met de Ernani, un título que probablemente evitará en el futuro). Francesco Foscari le cae mejor que otros barítonos verdianos, aunque eso lo demostró plenamente sólo en la gran escena final, en la que de todos modos administró sus medios con mayor prudencia que la que se le recuerda. Si en Valencia estaba mejor de voz, sonaba menos a barítono (esta vez, centro y grave presentaban un color más convincente), y curiosamente en esta versión de concierto su interpretación fue más interesante que en la escénica de entonces. Antes del final hubo frases más declamadas que cantadas, momentos en que se eludía el canto franco o se evitaban o apenas se tocaban notas comprometidas, y por lo tanto la línea de canto sufría. Puede decirse esto, o hay que decirlo, sin olvidar de quién estamos hablando y a qué nivel, y el respeto y la admiración que se ha ganado a pulso durante tanto tiempo. Y como quien tuvo retuvo, le basta con una frase del tipo ‘non iscordar, Doge, chi tu sia’ (hubo otras) para poner en claro que se trata de un cantante histórico. Cuando llegó ‘Questa è dunque l’iniqua mercede’ (y qué buen libretista era Piave) , probablemente uno de los grandes momentos de toda la producción verdiana, echó el resto y el teatro justamente enloqueció. Su aria de entrada comienza con las palabras ‘O vecchio cor che batti’: ¡Cómo late aún el corazón de Plácido Domingo! (‘vecchio’, damas y caballeros, es un accidente –importante y con el que hay que contar lamentablemente- por el que todos pasamos o pasaremos).

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