Alemania

Reservada para los mejores

Xoán M. Carreira
miércoles, 13 de mayo de 2015
Frankfurt, lunes, 4 de mayo de 2015. Oper Frankfurt. Die Aegyptische Helena, ópera en dos actos de Richard Strauss sobre un texto de Hugo von Hoffmannsthal. Estreno en Dresde el 6 de junio de 1928. Versión de concierto. Ricarda Merbeth (Helena), Andreas Schager (Menelao), Brenda Rae (Aithra), Simon Neal (Altair), Beau Gibson (Da-ud, el hijo de Altair), Okka von der Damerau (La concha omnisciente), Karen Vuong (Primera criada de Aithra), Maria Pantiukhova (Segunda criada de Aithra), Louise Alder (Hermione, hija de Helena y Menelao), Anna Ryberg (Primer elfo), Katharina Ruckgaber (Segundo elfo), Nina Tarandek (Tercer elfo) y Maria Pantiukhova (Cuarto elfo). Chor der Oper Frankfurt (Tilman Michael, director) y Frankfurter Opern- und Museumorchester. Stefan Soltesz, director musical.
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Die Aegyptische Helena fue un proyecto de larga gestación, si lo comparamos con el ritmo habitual de trabajo de Richard Strauss y sus colaboradores. Fue en febrero de 1922 cuando von Hoffmannsthal le propuso a Strauss escribir una ópera sobre Helena de Troya. En ese momento Strauss estaba inmerso en la composición de Intermezzo, que finalizó en Buenos Aires en agosto de 1923. En septiembre de ese mismo año escribió a von Hoffmannsthal desde Dakar anunciándole su intención de retirarse a su casa de Garmisch para concebir la Helena, que en aquellos momentos imaginaba como un gran espectáculo de exquisito teatro musical que incluyera “interludios de ballet animados, unos pocos elfos encantadores o coros de espíritus”, “algo delicado, entretenido y que caliente los corazones”. El propio von Hoffmannsthal, entusiasmado, le promete dos actos de duración semejante, “como los de las óperas de Puccini” y propone a Maria Jeritza para el papel de Helena y a Richard Tauber para el de Menelao. En todo momento Helena fue concebida como una obra de éxito seguro que von Hoffmannsthal describió como “meramente una opereta que desemboque en un final a lo Strauss”.

La demora en la composición se debió a que Strauss no encontró la deseada calma, pues en los tres años siguientes participó en continuas giras que lo llevaron a Francia, España, Italia, y Gran Bretaña. Finalmente en octubre de 1927 y “tras muchas dudas, elementos rechazados, reescrituras, alteraciones y todos los agradables dolores de parto, la conclusión resultó muy hermosa, brillante, pero simple” finalizó la obra que se tituló Die Aegyptische Helena. Strauss se puso a preparar el estreno en la Sachsische Staatsoper de Dresde que tuvo lugar el 6 de junio de 1928 bajo la dirección de Fritz Busch, sin la participación de Jeritza ni Tauber, quienes exigían un caché excesivo. A pesar de eso, Helena egipcíaca está unida a la carrera de Maria Jeritza quien la estrenó en el Met neoyorquino en noviembre. Strauss y von Hoffmannsthal intentaron también interesar a Lotte Lehmann para el estreno vienés, la estrella de Intermezzo, pues su voz “está ahora en la cumbre, tanto vocal como actoralmente”, pero ella, decepcionada porque hubieran llamado a Jeritza en primer lugar, declinó. Y por cierto, al año siguiente esta ópera fue el plato principal del Festival de Wiesbaden de 1929, el primero tras la 1ª guerra mundial y el fin del Kaiser, con el que iniciamos esta serie de reseñas primaverales germanas.

De cara a la producción del Festival de Salzburgo de 1933, Strauss –a petición de Clemens Krauss- realizó algunos cambios y escribió música adicional; en 1940 Krauss la dirigió en la Bayerische Oper de Múnich con algunos cambios de su mano autorizados por Strauss, configurándose así la versión definitiva.

En medio de la Guerra Fría y de los mesianismos estéticos, esta linda fábula straussiana quedó descolocada y la crítica le dedicó duras palabras: “Es fácil sentir que Helena Egipcíaca es una obra derrotada tanto por el obtuso libreto de von Hoffmannsthal como por la falta de auténtica creatividad musical de Strauss, una falta que se vuelve más obvia a medida que la ópera avanza.” [Charles Osborne: 1988]

Por eso no puede extrañar que este haya sido el estreno franconiano de Die Aegyptische Helena, ochenta y siete años después de su estreno en la Sachsische Staatsoper, teatro que ha promovido la rehabilitación de Helena en nuestro siglo, en la cual ha sido también un hito la producción de 2003 del Teatro Aalto de Essen, bajo la dirección de Stefan Soltesz, responsable musical también en esta ocasión.

Saludos de Schager (Menelas), Ricarda Merbeth (Helena), Stefan Soltesz (Musikalische Leitung), Brenda Rae y el Coro tras la representación de 'Helena Egipcíaca' de Richard Strauss en la Ópera de Frankfurt el 1 de mayo de 2015

Teniendo en cuenta los cantantes que Strauss tuvo en mente cuando compuso su Helena y los directores a los que confió su interpretación, es fácil comprender que ‘levantar’ una Die Aegyptische Helena en el siglo XXI es una tarea ardua, lo que es sobrado eximente para justificar que la première franconiana se realizara en versión de concierto. Lo cual no fue en aparente detrimento de la expectación generada en torno a este estreno, más allá de Hesse y aún de la propia Alemania.

Ricarda Merbeth posee el perfil vocal idóneo para el rol de Helena. Pródiga en el repertorio wagneriano y straussiano, ha cantado recientemente Madame Lidoine de Diálogo de carmelitas de Poulenc en la Ópera de Hamburgo, en la cual también cantará Isolda bajo la dirección de Nagano, y en la próxima temporada debutará en la Scala como Maria de Wozzeck. Esto nos proporciona un perfil vocal claro de esta inteligente soprano que reúne las cualidades canoras y actorales que Strauss deseaba para su Helena de Troya. Hermoso color, igualdad, impecable proyección, potencia, control tanto en los fortes como en los piani, pero también –y no menos importante- intención expresiva, fraseo y sensibilidad para construir el complejo personaje de una mujer a la que le tocó la desdicha de ser la más bella del mundo.

Aithra es el contrapunto de Helena y como ella uno de los más hermosos papeles de soprano de su autor. No es en vano que Strauss –tras su enriquecedora experiencia en la Ópera de Viena- escribió un extraordinario dúo de sopranos para confrontar a las dos protagonistas de este crepuscular homenaje al belcanto. Brenda Rae, a quien ya había escuchado anteriormente en la Ópera de Fránkfurt (Olimpia, Musetta, Cleopatra, etc., siempre con enorme placer) acertó con su papel e incluso con su presencia escénica, gracias a su precioso vestido ajustado y verdoso que inevitablemente evocaba el mundo marino y las algas. Una vez más consiguió impresionarme por encima de sus compañeros, aparentemente más famosos, por su fiato, su lirismo y su capacidad de disfrute.

Menelao es un heldentenor al cual Strauss exige enormes dotes vocales y no menor sutileza. Andreas Schager está dotado de una potencia vocal indiscutible, pero no precisamente de sutileza: ni afectiva, ni musical, ni vocal. Su poderoso instrumento llena la sala y se escucha por encima de cualquier orquesta –lo cual es un problema cuando la afinación no es perfecta- y el intérprete, concentrado en el enorme esfuerzo físico, no atiende a sus compañeros, se despreocupa del conjunto y no consigue captar la complejidad psicológica y dramática de su personaje.

El barítono Simon Neal es otro cantante habitual y querido en Fránkfurt, que ya ha compartido escenario con Rae e otras ocasiones, además de conocer bien el teatro y la compañía. Esto, que a primera vista puede parecer una cuestión banal, evita muchos de los problemas que evidenció Schager y le permitió lucirse incluso por encima de sus cualidades naturales, que no son excepcionales, en un papel relativamente difícil y poco agradecido como es el de Altair.

El joven tenor Beau Gibson es desde hace tres años miembro del cuerpo estable de la Ópera de Fránkfurt. Resultó un espléndido Da-ud (el hijo de Altair) que cantó con elegancia su cantinela y sobre todo acertó con la ambivalencia y la ternura precisas en su hermosa escena con Helena. Igualmente satisfactorias resultaron sus compañeras en la compañía: Okka von der Damerau en el exigente papel de la Concha omnisciente y Maria Pantiukhova en su doble rol. No está de más volver a repetir mi admiración por estos teatros de ópera en los que pervive el concepto de compañía estable y pueden por tanto mantener un alto nivel en sus papeles secundarios, al tiempo que dotan de una experiencia valiosísima a sus cantantes residentes. Fránkfurt mantiene además un pequeño grupo de ‘estudiantes’, el Opernstudio, que es una valiosa cantera no sólo para el propio teatro sino también para muchos otros de la región de Hesse y del resto de Alemania.

La espléndida Frankfurter Opern- und Museumorchester está muy habituada a interpretar Strauss, un autor predilecto de su repertorio. Saben tocarlo en cualquier dinámica, mostrar sus espectaculares efectos instrumentales, exhibir con naturalidad sus sabios toques de exotismo y, sobre todo, comportarse como una fiel orquesta de foso. Cuando tienen delante a un director concertador como Stefan Soltesz, inteligente, con cintura musical y enamorado de la partitura, es día de fiesta en la Ópera de Fránkfurt. Como lo fue en esta ocasión, con la guinda exquisita de los coros femenino y masculino, concertados por Tilman Michael.

El éxito fue arrollador, el público se mostró agradecido por lo mucho que había disfrutado, los saludos se reiteraron y prolongaron tan generosa como justamente. Habían asistido a la proeza de poner en pie Die Aegyptische Helena, una obra que “no es de repertorio; el equivalente vocal de las óperas de Bellini en el siglo XX, una obra estrictamente reservada para los mejores.” [Michael Kennedy, 1995].

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