España - Galicia

Quo vadis, Pogorelich

Xoán M. Carreira
martes, 2 de junio de 2015
A Coruña, sábado, 30 de mayo de 2015. Teatro Colón de A Coruña. Ivo Pogorelich, piano. Franz Liszt, Fantasia quasi una sonata 'tras una lectura de Dante' (Años de peregrinaje II G 161. Año II: Italia 1858). Robert Schumann, Fantasía para piano en Do mayor op. 17. Igor Stravinsky, Tres movimientos de Petrushka para piano solo. Johannes Brahms, Variaciones sobre un tema de Niccolò Paganini en la menor op. 35. Ciclo de Grandes Intérpretes.
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"Quienes me acusan de caprichoso están jubilados o demasiado cansados para atender en los conciertos. Y eso corresponde al ciclo biológico. Estoy musicalmente educado y de ahí proviene la legitimidad de mi trabajo" declaró Ivo Pogorelich (Belgrado, 1958) al diario La voz de Galicia el viernes 29 de mayo, fecha de su concierto en el Círculo de las Artes de Lugo. A pesar de que me encontraba en esta ciudad, renuncié a escucharlo en Lugo en beneficio del Teatro Colón de A Coruña, con mejor acústica y -presumiblemente- mejor piano. No fue así, por desgracia, y en el intermedio el afinador tuvo que corregir algunos de los problemas que perjudicaron las interpretaciones de Lisz y Schumann, especialmente en las octavas agudas.

Como acostumbra desde hace años, Pogorelich tocó con las partituras en el atril y muy atento a unos textos que valora sobremanera, no en vano afirma que "la distinción del intérprete está en la habilidad y la capacidad de leer". Es su forma de concebir la diferencia clásica entre ejecución e interpretación musical, pero también subyace una forma muy poco convencional de entender la relación del intérprete con la partitura. En épocas en las cuales la obra de arte era concebida como la 'emanación del genio creador', el texto se erigía en 'texto sagrado' para profundizar en su lectura. En el siglo XXI la obra de arte -la partitura- es un objeto perteneciente a los fondos del 'museo de la historia' que proporciona al intérprete un guión para una creación performativa que va mucho más allá del mero texto.

La partitura es para Pogorelich una propuesta a reelaborar y recrear, antes que una convención o un dogma de fe. No existe en sus interpretaciones el menor fundamentalismo filológico o textual, mientras que son una muestra de un profundo conocimiento de las tradiciones vinculadas a esa obra, tanto editoriales como interpretativas.

Esta perspectiva, que desde hace medio siglo comenzó a ser moneda corriente en las artes plásticas, en el teatro, en la danza y un poco después en la ópera, sigue siendo negado en el ámbito de la música instrumental por un relevante sector de la crítica musical y del público. Crítica y público que -como bien dice Pogorelich- "están jubilados o demasiado cansados" en correspondencia con su edad [basta ver los datos demográficos referentes al consumo de música sinfónica e instrumental en Occidente]. Como ni siquiera sus detractores ponen en duda la técnica superlativa de Pogorelich, no malgastaré tiempo ni espacio en ocuparme de las proezas de un pianista sobre el que escuché a Alicia de Larrocha afirmar "¡qué envidia me da!" poco antes de su fallecimiento.

Como no soy pianista, resulto inmune a la envidia pero no al asombro. Pogorelich es un artista con ideas propias, de una extraordinaria profundidad y coherencia, que a menudo me desconciertan y me obligan a la reflexión y al replanteamiento de mis propias convicciones o prejuicios. Así, en Schumann, Pogorelich parece prestar más atención a las cuestiones retóticas y afectivas que a las directamente formales o gramaticales. Tras la estimulante experiencia de escucharle la Fantasía en do mayor, y con la ventaja propiciada por el descanso entre las partes del concierto, comprendí que mi sorpresa ante la novedad del planteamiento de Pogorelich se debía a mi hábito de pensar a Schumann desde la perspectiva de Clara Wieck o Brahms, responsables ambos de la edición de sus partituras y de la creación de sendas tradiciones interpretativas que con frecuencia son poco fieles -o directamente contradicen- la concepción original de Schumann, que podemos intuir más que conocer dado el actual estado de las investigaciones filológicas. Al fin y al cabo, la mirada de Pogorelich sobre Schumann no es muy diversa de la de Paavo Järvi sobre Beethoven, a la que soy tan adicto en función de mis propias perspectivas sobre las ocho sinfonías beethovenianas.

En Liszt, aún más claramente que en Schumann, Pogorelich ofrece un acercamiento totalmente contemporáneo que incluye un replanteamiento de la trascendentalidad lisztiana, emparentada para él con la espiritualidad contemporánea, muy distinta de la del segundo Romanticismo, pero no por ello menos sentimental y afectiva. La creación artística -y científica- del siglo XXI tiene su fundamento epistemológico en la asunción como variables de la emoción y la tradición, y así lo viene explicando las neurociencias de nuestra década.

Así entendí la estremecedora y alucinada interpretación de las Variaciones en la menor de Brahms, una obra infrecuente en los programas de concierto a causa de su dificultad de ejecución y su complejidad retórica, pero que confío en que regrese al repertorio de la mano del creciente interés de los compositores y el público por la forma variaciones. Durante los aplausos que siguieron al absoluto silencio en la sala mientras sonaba Brahms, no pude evitar imaginarme cómo interpretaría estas Variaciones Uri Caine, un pianista muy distinto y un músico bastante próximo a Pogorelich en su amor por las tradiciones musicales románticas y la enorme riqueza retórica de las mismas.

Petrushka es de algún modo una señal de identidad para Pogorelich, que ha hecho de estos tres movimientos su propia work in progress. Pocas veces, quizás nunca, había visto tan claro el carácter crepuscular de Petrushka, una obra tan o más chaicovsquiana que las apropiaciones confesas que Stravinsky compuso muchos años después. Petrushka fue incluida por derecho propio en un programa que exponía como en una panoplia cuatro paisajes sonoros del 'siglo largo'. La tragedia del payaso triste -recordemos las visiones sobre este personaje de Benavente, Chaplin, Schoenberg, Picasso, Usandizaga, etc.- contada por el piano de Pogorelich es -y repito el término desde otra perspectiva- estremecedora y alucinante incluso en los bruscos parones y las meditadas dudas que caracterizan su interpretación 'trascendente'. Y de nuevo repito un calificativo utilizado anteriormente.

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