España - Cataluña

Excelente protagonista en Don Pasquale

Jorge Binaghi
miércoles, 1 de julio de 2015
Barcelona, viernes, 26 de junio de 2015. Teatro del Liceu. Don Pasquale (3 de enero de 1843, Théâtre des Italiens, París), libreto de G. Ruffini y G. Donizetti y música de G. Donizetti. Dirección escénica y vestuario: Laurent Pelly. Escenografía: Chantal Thomas. Intérpretes: Roberto de Candia (Don Pasquale), Pretty Yende (Norina), Antonino Siragusa (Ernesto), Gabriel Bermúdez (Malatesta), y Marc Pujol (Notario). Orquesta y coro del Teatro (directora Conxita García). Dirección de orquesta: Diego Matheuz
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Siempre entre manifestaciones de los acomodadores en huelga asistí a una función del segundo reparto de la maravillosa ópera de Donizetti.

Lo que tuvo de realmente mejor que la primera fue la caracterización vocal que del protagonista hizo Roberto de Candia en lo que, según se me explicó, es su primera aproximación al personaje. Cantó, con bella voz y bien, sin hablar nunca y con articulación ejemplar. Si hubo algún gesto o interjección de más resultó el más contenido de todo el reparto cuando es justamente su papel el que más los admite (o por lo menos el que tradicionalmente los tiene reservados casi en exclusiva).

Porque justamente lo peor, y lo que más hizo descender el nivel respecto al primer reparto, fue el Malatesta de Bermúdez: no es sólo que la voz sea pequeña y esté casi permanentemente colocada atrás y con reflejos nasales o con un grave desagradable y abierto. Ya al entrar se advirtió que habría más gesticulación que la necesaria (lo que no escondió los problemas de línea en su arioso inicial). Poco se oyó en el dúo con ‘Norina’, aunque de eso no fue el único responsable. Y tanto a él como a la soprano se les intuyó más que se entendió lo que decían.

Siragusa en cambio tiene un italiano claro y un buen agudo que empieza a sonar forzado (en realidad los problemas desaparecieron tras el primer acto y el tercero lo cantó bien). Pero aunque actuó bien, también él insistió en carcajadas y en hacerse vistosamente el gracioso. Si se le agrega que nunca la voz ha sido bella, que está cada vez más nasal, y que Donizetti (y mucho menos ‘Ernesto’) admite mucho menos su tipo de timbre que Rossini o, si se me apura, algún Bellini, tampoco aquí estamos ante una prestación completa.

La obra fue escrita para uno de los cuartetos más célebres de todo el romanticismo y todos deberían estar en el mismo o parecido nivel, cosa muy difícil, pero no imposible. Yende tuvo un gran éxito; yo soy menos entusiasta a su respecto como ya me ocurriera en Milán con su Musetta. Por empezar también ella tiene una batería de mohínes y de exclamaciones que no equivalen a ser una gran actriz y que pueden resultar cargantes a menos que el público desee ver una actuación que en los musicales de 1940 ya podía ser algo muy visto. Como voz, es una soubrette muy aguda (tanto que en el extremo puede resultar a veces desagradable), carece de grave (lo que por suerte aquí es apenas importante), el centro es débil,  ejecuta bien las agilidades (menos los trinos que apenas fueron esbozados en su aria, mientras que en el dúo del tercer acto con Pasquale hubo uno magistral …. de de Candia, porque de ella nada). Sus medias voces fueron tres en toda la velada. Igual de correcto que en la anterior oportunidad el notario de Pujol.

Pretty Yende y Roberto de Candia

De la puesta en escena y del coro nada hay que agregar a lo ya expresado, salvo que la primera, agrade más o menos, funciona (los juegos con las puertas, que creo no haber mencionado en la anterior reseña, son excelentes).

Por lo que se refiere a la orquesta, tampoco en cuanto ejecución, pero sí que la interpretación de Matheuz pareció peor, claramente bandística en los momentos ligeros y señaladamente en la obertura, en el dúo de Malatesta y Norina (sólo se oyeron siempre los agudos de ella) y en general en los conjuntos.

El público, con menos asistentes que en la función anterior (pero no pertenecía a ningún tipo de abono), aplaudió complacido. Probablemente presente lo que un reportaje en un suplemento de El País del sábado 27 de junio (con un error garrafal como citar un futuro concierto de Kaufmann en Peralada, que tuvo lugar en realidad hace once meses) alaba como el renovado interés por la ópera y sus aún renovados intérpretes: bien por lo primero, no tanto por lo segundo. No sé cuál es la ventaja de permanecer para un género si todo ha de ser primero por la vista y luego -por aproximación- por el oído. Sin duda la ópera es también teatro, pero primero es música: ser un singing actor/actress está bien para algunos musicales y operetas, pero es claramente insuficiente para una ópera (pruebe alguien a buscar alguien que no sea un cantante consumado para algunos roles de Nixon in China o The Tempest, por ejemplo, para no ir al repertorio de los siglos anteriores: si desafina y tiene voz imperfecta, por más genial intérprete que sea, se nota y cómo).

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