Reino Unido

El Orfeo parisino llega el Covent Garden

Agustín Blanco Bazán
viernes, 18 de septiembre de 2015
Londres, lunes, 14 de septiembre de 2015. Royal Opera House, Covent Garden. Orphée et Eurydice. Tragédie opéra en tres actos con libreto de Pierre Louis Moline (basado en el texto italiano de Ranieri de’ Calzabigi) y música de Christoph Willibald Gluck. Edición Bärenreiter-Verlag Kassel editada por Ludwig Finscher. Directores de escena: Hofesh Shechter y John Fulljames. Escenografía: Conor Murphy. Iluminación: Lee Curran. Intérpretes: Orfeo: Juan Diego Flórez. Eurydice: Lucy Crowe. Amor: Amanda Forsythe. Ballet de la Hofesh Shechter Company. English Baroque Soloists y Monteverdi Choir; John Eliot Gardiner, director.
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En contraste con el rigor poético musical de las Ifigenias, Alceste o Armida, el Orfeo y Euridice de Gluck es una creación de dos versiones vulnerables a modas y públicos diferentes. Hasta el 14 de septiembre pasado, la Royal Opera House (ROH) insistió en la versión vienesa en italiano de 1762 para mezzo en el papel protagónico y con una digresión lingüística al alemán durante la visita de la Kömische Oper de Berlin en 1989. Valió la pena, gracias a la legendaria puesta de Harry Kupfer y la actuación de Jochen Kowalski, un cantante excepcional que rechazaba el apodo de contratenor para presentarse como “contralto masculino.” 

La nueva producción que acaba de abrir la temporada 2015-16 de la ROH corresponde a la versión francesa para tenor estrenada en Paris en 1774 y da la sensación de estar frente a una ópera diferente: la austeridad y concisión de la versión italiana se esfuma para dar lugar a un espectáculo superficial por la inclusión de varios números para lucimiento de los cantantes y un extendido ballet final que pulveriza la fuerza dramática del original. 

La presencia de Juan Diego Flórez en el rol protagónico permitió una ovación de esas reservadas para I Puritani, luego que el tenor concluyera el aria preparada para satisfacer a María Antonieta y su corte en el teatro del Palais Royal. Se trata de 'L’ espoir renaît dans mon âme', un número de coloraturas y ornamentos italianos que parece importado de un planeta diferente al usualmente habitado por la estética musical de Gluck. Por supuesto que Florez cantó esta aria con una bravura y squillo que hizo acordar a su Ramiro de Cenerentola, pero en el resto hubiera sido deseable una mayor claridad de color en la proyección de fraseo. De cualquier manera, su 'J’ ai perdu mon Eurydice' fue un modelo de sensibilidad y expresión dramática. Y en general estuvo histriónico en su representación como artista contemporáneo (de pantalón y chaleco) en crisis de dolor por la muerte de su amada y en general problematizado y existencial en su desconcierto y persistencia de constante duda e interrogación. Inolvidable es en este sentido la visión de su canto frente a las furias en el segundo acto. En contraste al caos del coro y el ballet que parecen querer abalanzarse sobre el poeta, este canta serena y estoicamente, iluminado por un foco de luz blanca, mientras una arpista lo acompaña desde el costado izquierdo del proscenio. 

Flórez (Orfeo) y Crowe (Euridice) en 'Orfeo y Euridice' de Gluck. Royal Opera House, Covent Garden, septiembre de 2015Flórez (Orfeo) y Crowe (Euridice) en 'Orfeo y Euridice' de Gluck. Royal Opera House, Covent Garden, septiembre de 2015 © Bill Cooper, 2015

También con un fervor excesivo, más típico de drama belcantista pero de cualquier manera convincente en su impostación y expresividad, fue la Euridice de Lucy Crowe. Amanda Forsythe vistió un traje sastre dorado para cantar su Amor con timbre similarmente luminoso.

En correspondencia con las peculiaridades de la versión francesa, la puesta de combinó intensidad en la regie de personas (Euridice llega a violentar físicamente a Orfeo para recibir de este la mirada fatal que la devolverá a la muerte) con una espectacularidad escénica centrada en un constante movimiento alrededor de una gigantesca plataforma que aloja a la orquesta en el centro de la escena. Es una plataforma que a veces baja para transformarse en un verdadero foso orquestal que divide el fondo del proscenio y otras veces se eleva a un plano superior a los siempre activos coro y orquesta.

Y de más está decir que John Eliot Gardiner se luce en la variedad cromática, la precisión de ataque y una diferenciada exposición de detalles. Similarmente intensa es la articulada proyección de la masa coral del Monteverdi Choir. La actuación del ballet a cargo de la compañía de Hofesh Shechter es mas discutible, en primer lugar por una asiduidad que no se limita a los números de ballet sino que también interfiere en los momentos corales: es este un Orfeo y Euridice coreografiado del principio al fin, y la coreografía comienza asombrando por su dinamismo pero termina cansando por la reiteración constante de pasos de baile a veces algo pueriles, un poco estilo disco o Michael Jackson. Y para el momento del desmesurado ballet final las reiteraciones han alcanzado el límite de lo tolerable. 

Flórez (Orfeo) y Crowe (Euridice) en 'Orfeo y Euridice' de Gluck. Royal Opera House, Covent Garden, septiembre de 2015Flórez (Orfeo) y Crowe (Euridice) en 'Orfeo y Euridice' de Gluck. Royal Opera House, Covent Garden, septiembre de 2015 © Bill Cooper, 2015

Finalmente, ¿cómo trata esta nueva producción los aspectos más trascendentales del mito de Orfeo según Gluck? Pues con un aceptable balance de espectacularidad e introversión. En el primer acto, el lamento inicial por la muerte de Euridice es actuado alrededor de una escultura de mujer transparente y contorneada por hilos de metal. Este aparato es devorado por un fuego que lo transforma en cenizas. Cuando Amor resucita a Eurídice en el tercer acto, esta canta mecánicamente, casi como un robot: no es posible volver de la muerte, no hay milagro de amor que capaz de devolvernos a un pasado feliz. Es así que esta Euridice indiferente termina desapareciendo entre el coro, dejando una escultura de alambres similar a la del primer acto, que vuelve a incendiarse frente a un Orfeo desconcertado. ¿Ha sido todo una ilusión provocada por el dolor de una pérdida por definición irreparable? ¿O tal vez Eurídice muere y resucita en el canto y la poesía de este Orfeo solitario y atormentado? Son interrogantes cuya respuesta queda a cargo del espectador. 

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