Estados Unidos

Una orquesta agraciada

José A. Tapia Granados
viernes, 20 de noviembre de 2015
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Filadelfia, domingo, 15 de noviembre de 2015. Auditorio Verizon, Kimmel Center. Jean Sibelius, Finlandia; Aaron Copland, Suite de Apalachian Spring; Hannibal Lokumbe, One Land, One River, One People. Laquita Mitchell, soprano, Rodrick Dixon, tenor, Coro de la  Universidad del Estado de Delaware, Coro de Concierto de la Universidad Lincoln y Coro de la Universidad Estatal Morgan. Orquesta de Filadelfia, dirigida por Yannick Nézet-Séguin.
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Con el auditorio principal del Kimmel Center casi totalmente lleno, dirigida por su director titular, el maestro Yannick Nézet-Séguin, la Orquesta de Filadelfia inició este concierto de temporada con la interpretación de La Marsellesa, en honor a las víctimas de los atentados que acababan de asolar la capital francesa.  Baste esa mención para dejar constancia de los ominosos eventos que ocurren en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Siguieron en la primera parte del concierto las interpretaciones de Finlandia, de Sibelius, y la Primavera Apalache, de Copland. Estas dos obras de alguna manera podrían clasificarse juntas como pertenecientes al nacionalismo musical del siglo XX. Finlandia de Sibelius —que realmente fue compuesta el último año del siglo XIX— desde los primeros compases reafirma con autoridad y belleza la identidad del compositor y del “alma nórdica” del país. No es casualidad que se haya convertido en una de las numerosas obras de Sibelius que han pasado a integrar el repertorio.

Primavera Apalache es mucho más difícil de clasificar estilísticamente, de hecho Aaron Copland la compuso durante la Segunda Guerra Mundial, como música de ballet para el ensemble de Martha Graham, sin tener ninguna inspiración programática clara. Solo después de que la obra estaba ya compuesta aceptó Copland la sugerencia de denominarla Primavera Apalache, título que quedó para la posteridad. La música debió suscitar la admiración de los contemporáneos, pues obtuvo un Premio Pulitzer. Lo que se interpretó en el concierto fue la suite que Copland produjo en 1945 a partir de la música del ballet. Para quien esto suscribe esto es música que acepta muy bien el adjetivo primaveral, con pasajes agradables, pero fundamentalmente anodina incluso en una excelente interpretación. Tanto en Finlandia como en la Primavera Apalache, la Orquesta de Filadelfia brilló como suele brillar siempre, con un sonido impecable y una exactitud rayana en la perfección.

La segunda parte del concierto fue el estreno de la obra Una Tierra, Un Río, Un Pueblo [One Land, One River, One People]. Encargada por la Orquesta de Filadelfia al compositor afroamericano Marvin Peterson, de larga trayectoria como trompetista de jazz y cuyo nombre artístico es Hannibal, o Hannibal Lokumbe, la obra es una especie de oratorio inspirado en la mitología africana. El texto, del propio compositor, glorifica la comunidad y la hermandad de los seres humanos y llama a la aceptación de nuestro origen común, nuestras diferencias, nuestra vida y nuestra muerte, en una especie de panteísmo en el que humanidad y cosmos se funden en un solo universo. Dividida en tres partes denominadas “velos” —que se van levantando sucesivamente—, la obra es una fusión de elementos de jazz, música africana y música sinfónica occidental en la que los coros y la percusión tienen durante la mayor parte de la obra el papel protagonista. Además de una batería y las maderas y cuerdas habituales, la orquesta incluyó cuatro percusionistas y una extensa sección de metales. En un pasaje de la obra una armónica —a cargo de uno de los contrabajistas— también tuvo un papel destacado.

La monumentalidad de la obra, de ritmos casi siempre contagiosamente violentos o seductores, creó numerosos momentos de júbilo que el público claramente disfrutó, tanto más cuando las instrucciones en el programa del concierto llamaban a la participación no sólo con aplausos en cualquier momento sin esperar al final de la obra, sino también con palmas y voces, que Nézet-Séguin reclamaba volviéndose desde su podio. Si algo se le puede criticar a esta obra es quizá la falta de contraste, la música tiene mucha exaltación pero le vendrían bien más momentos de lirismo y de calma que dieran un descanso al oyente y permitieran a los solistas algún lucimiento. De hecho, a pesar de que ambos solistas hicieron un papel muy digno y especialmente la soprano Laquita Mitchell demostró tener volumen vocal y buena entonación, sus voces a menudo quedaban sepultadas por  los coros y la orquesta. El público aplaudió largamente a los intérpretes y al compositor que en el escenario abrazó con entusiasmo al director, a los solistas y a varios miembros de la orquesta y los coros y con su enorme estatura levantó por los aires en un abrazo a Nézet-Seguin, que físicamente es un peso pluma. Ser espectador de todo ello fue una experiencia singular y enormemente disfrutable.

En cualquier caso, lo mejor vino después y fue una sorpresa. El programa de mano pedía a los asistentes al concierto del 15 de noviembre que si lo deseaban se quedaran al posludio de música de cámara en el que miembros de la orquesta interpretarían el Cuarteto para cuerdas No. 1, Op. 7. de Bela Bartók. Nos quedamos solo unas pocas docenas ocupando las primeras filas del patio de butacas. Fueron cuatro mujeres, las violinistas Miyo Curnow y Elina Kalendarova, la violista Kerri Ryan y la violonchelista Katryn Picht Read, las que pusieron la guinda del concierto con una estupenda interpretación de este cuarteto, que desde los primeros compases “agarra al oyente por el cuello” y ya no lo suelta, haciéndolo pasar por los más variados estados de ánimo, desde la más honda tristeza hasta la más agitada exaltación. Los cuartetos de Bartók suelen citarse entre lo mejor que se ha compuesto para cuarteto de cuerdas en toda la historia de la música. Las cuatro instrumentistas de la Orquesta de Filadelfia lo demostraron cumplidamente, a la misma vez que pusieron de manifiesto la calidad de primer orden de los integrantes de esta orquesta agraciada.

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