Argentina

Un Parsifal futurista y decadente

Gustavo Gabriel Otero
viernes, 11 de diciembre de 2015
Buenos Aires, viernes, 4 de diciembre de 2015. Teatro Colón. Richard Wagner: Parsifal. Drama sacro en tres actos. Libreto de Richard Wagner. Marcelo Lombardero, dirección escénica. Diego Siliano, escenografía. Luciana Gutman, vestuario. Ignacio González Cano, coreografía. José Luis Fiorruccio, iluminación. Cecilia Bassano, asistente de dirección y dramaturgia. Christopher Ventris (Parsifal), Stephen Milling (Gurnemanz), Ryan Mc Kinny (Amfortas), Nadja Michael (Kundry), Héctor Guedes (Klingsor), Hernán Iturralde (Titurel), Iván Maier y Norberto Marcos (Caballeros del Grial), Alejandra Malvino (Voz de lo Alto), Vanesa Tomas, Cecilia Aguirre Paz, Sergio Spina y Fernando Grassi (Escuderos), Oriana Favaro, Rocío Giordano, Victoria Gaeta, Vanesa Aguado Benítez, Eleonora Sancho y Cecilia Pastawski (Mujeres-flores). Orquesta, Coro de Niños y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro de Niños: César Bustamante. Director del Coro: Miguel Martínez. Dirección musical: Alejo Pérez
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El martes 4 de noviembre de 1986 se cantó la última función de Parsifal en el Teatro Colón, exactamente veintinueve años después volvió al escenario de la calle Libertad con una versión vocal suntuosa, una puesta impecable pero polémica y una dirección musical correcta. 

Marcelo Lombardero, comandando uno de los mejores equipos visuales para puestas operísticas que existe en la Argentina, decidió montar la obra en un futuro decadente luego de una catástrofe ambiental o ecológica. 

Deliberadamente resolvió eliminar de la obra toda referencia a religiosidad, culpa, pecado, misticismo, purificación, conversión, camino de salvación, pureza como don importante o sexo como pecado, y contarla como un camino que va de la posesión de la luz por un pequeño grupo a la democratización de esa energía. Se puede estar de acuerdo o no con la visión de Lombardero pero no se puede dejar de resaltar el gran trabajo realizado por un equipo visual de primera línea. 

En el primer cuadro del primer acto estamos frente a un escenario que, con claras connotaciones del estado actual de la desaparecida -por una inundación hace treinta años- Villa de Epecuén en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, nos muestra un escenario árido, sucio, decadente y post-apocalíptico, con la visión de la laguna homónima por detrás. 

 

La pequeña secta de esta vuelta al oscurantismo, luego del derrumbe de la sociedad por un colapso ambiental, tiene tintes de militarización, violencia y fanatismo religioso difuso con una vaga estética islámica. Nada que pueda asimilarse al verdor de los dominios de Montsalvat ideados por Wagner. Obviamente que el texto es el mismo -salvo alguna licencia en la traducción- por lo que la escena de la muerte del cisne y la pena posterior de estos fanáticos militarizados no puede dejar de asombrar por su incoherencia con la caracterización de personajes con la que se optó contar la historia. 

Perfectas las proyecciones que enmarcan la caminata desde el bosque al templo del Grial, siempre en una estética de aridez y destrucción. 

El segundo cuadro del primer acto se desarrolla en lo que parece ser una central nuclear. Titurel, caracterizado como un general de alto rango, aparece ordenando el rito a Amfortas desde una proyección cinematográfica. Lo que hace pensar en una reactualización de una orden dada en tiempos lejanos.

El rito del Grial es confuso de entender. Se prende la central nuclear y un halo de luz baña a Amfortas quien es desnudado y elevado por arneses como en una especie de crucifixión. El cuerpo de Anfortas está cubierto de llagas que semejan la de la sífilis. 

El segundo acto es, a nuestro modo de entender, el más logrado. Aquí música, texto y escena se conjugan de la mejor manera. Klignsor es un poderoso de actuales traje con corbata que desde un aparato electrónico controla su reino pleno de tecnología, información, valores de la bolsa y pantallas. Las mujeres flores son muñecas tecnológicas o realidad virtual que se mueven con frías posturas sexuales casi explícitas y Kundry una seductora de arrolladora sensualidad. En el final la lanza disparada por Klingsor destruye esa realidad virtual y luminosa.

El tercer acto vuelve al escenario del primero con un hotel semi-derruído y los restos de una de las piscinas de agua termal de la Villa de Epecuén con la visión por detrás que ya se vio en el principio, aunque todo un poco más sórdido, destruído y decadente. 

En el funeral de Tuturel se ve un esqueleto, lo que confirma que falleció hace muchísimo tiempo y que en el primer acto ya era solo un recuerdo. 

En el final Parsifal manipula la central nuclear generando la energía. Se suman a esto demasiados símbolos: luz desde la cúpula de la sala, un niño iluminado que camina por el pasillo central de la platea, Parsifal que desaparece, los fanáticos de la orden que avanzan hacia el proscenio y, luego, Parsifal que vuelve a aparecer. Todo concluye con potentes reflectores iluminando a los asistentes, en una metáfora de la democratización de la luz que fue centro de la versión de Marcelo Lombardero. 

Con sus más y sus menos y con las objeciones planteadas no puede dejar de reconocerse el inmenso trabajo del artista argentino y de su extraordinario equipo. Magnífica la escenografía de Diego Siliano, cinematográfica la iluminación de José Luis Fiorruccio y perfecto el vestuario de Luciana Gutman. 

La versión orquestal fue una lectura que intentó ser prolija, pero tuvo altibajos: pifias de metales en diversos momentos, imprecisión en las entradas de cuerdas y maderas y alguna falta de tensión dramática y de contrastes. No obstante es de destacar a Alejo Pérez como el primer director argentino que encara Parsifal en el Teatro Colón y como el más joven. Es bienvenido este primer acercamiento a la obra que seguramente redundará, con el tiempo, en una versión con mayor madurez interpretativa. 

Como en los mejores momentos de su historial sonó el Coro Estable y con perfección se oyó al Coro de Niños. 

Christofer Ventris fue un Parsifal de admirable solvencia. Correcto actor, de notable volumen, adecuada proyección, compenetración en el decir y belleza vocal. 

Sthephen Milling resultó un Gurnemanz de altísima calidad. Su línea de canto es atrapante y conmovedora, y su presencia escénica contundente.  

Completó un trío protagónico de excelencia, Nadja Michael como Kundry. A su belleza natural complementó con una actuación desenvuelta y una calidad vocal excepcional. 

Por debajo de la altísima calidad de los tres protagonistas se ubicó Ryan Mc Kinny, algo exigido vocalmente como Amfortas.

Muy solventes tanto Héctor Guedes (Klingsor) como Hernán Iturralde (Titurel), y correctos y sin desentonar el resto del elenco.

Párrafo aparte merecen los aislados gritos del público de las localidades altas. A los celulares, fotos y otras interrupciones se le agregó la protesta de algunos porque el sobretitulado no se veía bien desde lo alto del teatro. Una clara muestra de falta de respeto.

En suma: Un muy buen espectáculo, a la altura de las grandes noches, como cierre de una irregular Temporada 2015 del Teatro Colón.

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