Estados Unidos

Un descubrimiento sinfónico

José A. Tapia Granados
lunes, 21 de diciembre de 2015
Filadelfia, jueves, 26 de noviembre de 2015. Auditorio Verizon, Kimmel Center. Gioachino Rossini, Obertura de La gazza ladra; Sergei Rachmaninoff, Rapsodia sobre un tema de Paganini; Alfredo Casella, Sinfonía No. 2 en Do menor, Op. 12. Simon Trpčeski, piano. Orquesta de Filadelfia, dirigida por Gianandrea Noseda.
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El plato fuerte de este concierto fue la Sinfonía No. 2, de Alfredo Casella, que en el programa de mano se anunciaba como estreno en EEUU y era primera audición para quien suscribe. Se trata de una sinfonía para gran orquesta en la que es evidente la influencia de Mahler, pero también la de otros, desde César Franck a Wagner, pasando por los sinfonistas rusos. La sinfonía se estrenó en París en 1910, se acerca a la hora de duración y, juzgada globalmente, no desmerece en absoluto al compararla con las sinfonías de su época, incluidas las de Mahler. Algunos han llamado a Casella el Mahler italiano y conocida esta obra, quizá habría que hacer votos por un redescubrimiento de este compositor como el que hubo de Mahler en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.

La estructura de la sinfonía es más o menos convencional, con cuatro movimientos en los que se alternan los tiempos lentos y rápidos. Sin embargo, ya en el Lento grave solemne inicial la obra desarrolla un tremendo dinamismo que se continúa en un Allegro molto vivace y en el tercer movimiento, un Adagio quasi andante, tras alguna quietud la música se encrespa otra vez con violencia. El movimiento final comienza con un Tempo de marcia ben risoluto, con fuoco, sigue con un Adagio mistico, en el que se indica Con tutta la intensitá di espresione possibile, y acaba en un Maestoso marcado Trionfale y Con tutta l’energia sino alla fine, o sea, con máxima energía hasta el final. Los ritmos marcados, los extremos de intensidad sonora y dinamismo y los temas ominosos constituyen el contexto general de la obra en el que irrumpen momentos de calma que se desvanecen pronto y pasajes breves que pueden parecer banales, incluido un fragmento de sabor oriental en el segundo movimiento. En la inclusión de la diversidad, la sinfonía sin duda expresa el ideal mahleriano de abarcarlo todo, de ser todo un mundo. El último movimiento de la obra es quizá su punto más débil. Tras tres movimientos donde se derrocha volumen sonoro la materia musical del cuarto movimiento parece escasa, como si algo se echara en falta a pesar de la entrada del órgano y de la culminación de la obra en un clímax exultante.

La persistencia de motivos ominosos y ritmos marciales hace pensar en un programa y no se necesita mucha imaginación para ver la obra como premonitoria de la violencia bélica que pronto arrasaría Europa. Según las notas del programa de mano, Casella, que compuso la obra entre 1908 y 1909, la subtituló “Prólogo para una tragedia”, aunque luego tachó el subtítulo. Que una sinfonía como esta que en fuerza y expresividad no tiene nada que envidiar a las obras de los sinfonistas famosos del siglo XX sea tan escasamente conocida es sorprendente y no sería de extrañar que en ello hayan influido factores extramusicales. Tras el estreno en París al parecer con éxito de público pero no de crítica, la sinfonía nunca se publicó en vida del compositor. Tras la primera guerra mundial Casella publicó en Italia anuncios humorísticos en los que ofrecía sus dos primeras sinfonías de la forma siguiente: “A la venta dos sólidas sinfonías escritas según la tradición germánica, Strauss-Mahler. Buena factura y falta de originalidad garantizada. Ofertas a Alf. Cas., Ap. de Corr. 724, Roma.” Durante el fascismo Casella vivió en Italia y su ópera Il deserto tentato fue claramente celebratoria de la “gesta” mussoliniana en Abisinia. Si ello pudo contribuir a la marginación del compositor tras la caída de Mussolini, en las décadas que siguieron a la segunda guerra mundial la ortodoxia serial predominante pudo ser un factor más para empujar a la oscuridad la obra de un compositor en el que las influencias múltiples pueden verse como ejemplo de falta de estilo musical propio. Sea como fuere, el público de Filadelfia pareció muy complacido por el estreno estadounidense de la Sinfonía No. 2 de Alfredo Casella —con 105 años de retraso— y ovacionó largamente a la orquesta y al director invitado, Gianandrea Noseda.

La primera parte del concierto incluyó dos obras habituales del repertorio, la obertura de La urraca ladrona y la Rapsodia sobre un tema de Paganini. Ambas sonaron magníficamente, el público respondió con entusiasmo a las travesuras y el ingenio musical de Rossini y a la destreza transformadora del material musical de Rachmaninoff. El solista, el macedonio Simon Trpčeski, dio como propina un vals de Chopin.

Gianandrea Noseda, quien dirigió sin batuta en la primera parte y con ella en la segunda, ha sido a veces criticado por dirigir siempre con partitura. No parece una crítica que implique nada sustancial, dada la precisión, la emotividad y también las dinámicas rápidas con las que interpreta, que parecen indicar que de sobra se sabe las obras que dirige. Como dice el refrán castellano, cada maestrillo tiene su librillo, y si Noseda se siente mejor con los pentagramas enfrente, bienvenida sea la partitura en el atril.

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