España - Madrid

Poulenc en La pensión de las pulgas

Mikel Chamizo
martes, 29 de diciembre de 2015
Madrid, martes, 15 de diciembre de 2015. Pensión de las pulgas. “La voz humana”, ópera en un acto de Francis Poulenc sobre texto de Jean Cocteau (versión castellana de Marta Eguilior). Paula Mendoza, soprano. Alberto Masclans, arpa. Carlos Calvo, piano y dirección musical. Escenografía de Alberto Puraenvidia. Dirección escénica de Marta Eguilior. Aforo: 25 personas. Ocupación: 100%.
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La pensión de las pulgas, sita en la concurrida calle de las Huertas, no es un espacio escénico corriente y está en las antípodas del coliseo de ópera estándar. Se trata, ni más ni menos, de un apartamento habilitado para representaciones teatrales: la más grade de sus habitaciones se transforma en escenario y las demás estancias funcionan como guardarropa, camerinos, recepción... En ese espacio escénico, probablemente más pequeño que el salón de muchos de nuestros lectores, los gestores de La pensión de las pulgas proponen espectáculos que llevan al extremo la idea de “teatro de proximidad". En este caso no es que estemos cerca de los actores, es que podríamos tocarlos con solo estirar un brazo. El público, que no puede exceder de unas 25 personas sentadas en el perímetro de la sala, tienen acceso a observar, con un nivel de detalle privilegiado, la representación que se desarrolla en el centro.

 

Sería impensable programar en La pensión de las pulgas la inmensa mayoría del repertorio operístico: no hay caja escénica, ni hombros, ni siquiera un tablado propiamente dicho, y para qué hablar de un foso o de cualquier tipo de maquinaria. Los únicos elementos escenográficos son los que pueden caber dentro del prisma rectangular de la habitación principal, de unos 30 metros cuadrados. Sin embargo, La pensión ha logrado encontrar un hueco para la ópera en su programación, con un título que no solo funciona bien bajo esas limitaciones, sino que incluso podría beneficiarse de ellas: “La voix humaine”, el maravilloso drama psicológico de Cocteau y Poulenc, que requiere de escasos efectivos imprescindibles, una soprano y un teléfono. La orquesta, para la ocasión, se reduce a un piano y un arpa, que ocupan uno de los laterales de la sala.

La voz humana en La pensión de las pulgas. La voz humana en La pensión de las pulgas. 

Cuando accedemos al escenario, pues toda la habitación lo es, la mujer protagonista ya está allí, desfallecida sobre un sofá, con un bote de pastillas desparramadas a su lado. El ambiente, con el aire opacado por un humo que podría ser el de demasiados cigarrillos, es opresivo e irreal. También lo es el sonido de los instrumentos cuando abordan la introducción, pues el piano es eléctrico y suena hueco y acampanado. La precariedad de los medios, en este caso, contribuye a acentuar la alienación de la escena y a situar la historia desesperada que comienza a desarrollarse. En medio de la habitación, un elemento extraño en esa habitación que suponemos es la de un hotel: una cabina telefónica, como las de la calle, cuyo timbre despierta a la mujer que se avalanza sobre el auricular.

A partir de aquí todo el protagonismo es de la dirección de actores, porque al situarnos tan cerca de la protagonista cada expresión, cada gesto y cada movimiento de su cuerpo cobran una presencia extraordinaria. Marta Eguilior comunica la locura de amor, el despecho y los celos de la mujer a través de tics, gestos recurrentes, manos que se retuercen, y sobre todo con su caminar obsesivo alrededor de la cabina telefónica, enredándose cada vez más en un cable de longitud infinita. Las expresiones faciales de la protagonista, que son las que nos comunican lo que el hombre al otro lado del hilo puede estar diciéndole, están trabajadas con gran sutilidad. Y como Paula Mendoza es buena actriz y se expone completamente a nosotros, incluso cuando se retuerce de dolor, medio desnuda, en el suelo, terminamos por vernos atrapados con terrible intensidad en la lucha de egos y humillaciones que se está lidiando a dos palmos de nuestros ojos. Una intensidad que, me temo, sería difícilmente alcanzable en un espacio y una representación tradicional. 

La voz humana en La pensión de las pulgas. La voz humana en La pensión de las pulgas. 

Si el resultado teatral fue magnético, me resulta muy difícil juzgar la parte musical. La media docena de agudos que reserva Poulenc para la soprano resultaron tan atronadores en ese espacio tan pequeño, que no logré hacerme una idea certera de las cualidades canoras de Mendoza. Creo, en cualquier caso, que su técnica no era lo más importante en esta representación. La dicción, que sí era vital dado el contexto, puedo afirmar que estuvo muy lograda y permitió seguir el monólogo sin un esfuerzo por descifrarlo. Pianista y arpista, por su parte, recrearon la partitura de Poulenc con cierta inflexibilidad de tempo, lo que en muchos momentos obligó a la soprano a adaptarse a los músicos cuando debería ser al contrario. Paradójicamente, este avance a piñón fijo de la parte instrumental, unido a la tímbrica acampanada antes mencionada, hizo de la música una especie de mantra que nos empujó aún más hacia el círculo del infierno que atravesaba la protagonista.

Recomendar esta versión de La voz humana es arriesgado. Como experiencia teatral es interesantísima, pero como espectáculo lírico no puede desplegarse al cien por cien en el marco de La pensión de las pulgas. Quien decida acercarse a alguna de las funciones, que se prolongarán hasta finales de enero, debe tener esto muy presente. Las entradas tampoco son baratas, pero a cambio se obtiene una experiencia de enorme intimidad con la actriz protagonista y, por consiguiente, con esa mujer al límite que retrata Cocteau.

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