España - Valencia

¡Viva el malo (si la música es buena)!

Rafael Díaz Gómez
lunes, 11 de enero de 2016
Valencia, sábado, 12 de diciembre de 2015. Palau de Les Arts. Sala Martín y Soler. Silla, dramma per musica en tres actos, libreto de Giacomo Rossi y música de George Frideric Haendel, estrenada probablemente en Londres en 1713. Nueva producción del Palau de les Arts Reina Sofia. Dirección de escena: Alessandra Premoli. Escenografía: Manuel Zuriaga. Vestuario: José María Adame. Iluminación: Antonio Castro. Elenco: Benedetta Mazzucato (Silla), Adriana Di Paola (Claudio), Karen Gardeazabal (Metella), Elisa Barbero (Lepido), Federica Di Trapani (Flavia), Nozomi Kato (Celia), Michael Borth (Marte / Scabro). Dirección musical: Fabio Biondi
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Azules contra rojos combatiendo a muerte en la arena de un circo (o en la tribuna de oradores de un hemiciclo): ¡vaya una forma de iniciar la acción escénica esta producción de la apenas conocida Silla de Haendel, a pocos días de unas elecciones estatales con vocación multicolor! Anecdótico, no obstante, este tradicional bicolorismo como punto de partida, porque en la puesta de Alessandra Premoli cualquier símbolo asociado a la desmesura del poder por la fuerza, ya sea un gesto o un complemento del atuendo, se toma y combina para incidir en la idea de lo asfixiante de los totalitarismos, vengan de donde vengan, lo hagan cuando lo hagan. 

Claro que es más fácil denunciar las dictaduras canónicas que en el mundo han sido que abordar la falta de democracia en las que tendiendo a serlo no lo parecen. Siempre ha habido Lucios Cornelios Silas muy respetables en su disfraz cortés que sin la parafernalia despótica al uso del cesarismo han abusado de las vidas de los demás. Pero Premoli prefiere no avanzar por esos caminos y hacer subir a sus personajes en un DeLorean con el condensador de flujo bien a punto para llevarles, en un unificador viaje sin movimiento, desde la Roma republicana hasta las Madres de la Plaza de Mayo, desde las espadas hasta las pistolas.

Es quien da nombre a la ópera el personaje que canaliza tanta insania, hasta que en su particular caída del caballo final la luz cegadora le muestra la senda del justo medio (y entonces, para qué seguir). En una época en la que en lo tocante a intenciones alegóricas no se daba puntada sin hilo, nos preguntamos, sin encontrar la respuesta, en quién estarían pensando los autores de la obra que pudiera asemejarse a tan poco grato protagonista. Y es que Giacomo Rossi, responsable también del texto de las haendelianas Rinaldo y Pastor fido, se basa en la biografía de Sila (138 a.C; 78 a.C), escrita por Plutarco, que encierra la moraleja de que el poder absoluto conduce necesariamente a la disolución moral de quien lo ostenta. 

Momento de la representación de 'Silla' de Haendel. Dirección musical, Fabio Biondi. Dirección escénica, Alessandra Premoli. Valencia, Palau de Les Arts, diciembre de 2015 Momento de la representación de 'Silla' de Haendel. Dirección musical, Fabio Biondi. Dirección escénica, Alessandra Premoli. Valencia, Palau de Les Arts, diciembre de 2015 © Tato Baeza / Palau de Les Arts de Valencia, 2015

Las notas de Anthony Hicks que acompañan al único registro de la obra grabado hasta ahora (Somm Recordings, SOMMCD 227-8, publicado en el año 2000) indican a este respecto que sólo se conserva un libreto de Silla, impreso en 1713, que contiene una dedicatoria del libretista dirigida al Duque de Aumont, quien a finales de 1712 fue nombrado por Luis XIV embajador de Francia en la corte británica al renovarse las relaciones diplomáticas entre ambas potencias después de la Guerra de Sucesión en España. Si el libreto aludía al monarca francés ni siquiera la conversión final de Sila reduciría la ofensa y desde luego no sería la mejor forma de congraciarse con su embajador. Quizá por eso haya quien quiera trazar el paralelismo con el Duque de Marlborough, dada su ambición por alcanzar los más altos puestos del escalafón militar. Sea como fuere, la obra más corta de las óperas de Haendel, no hizo fortuna. El libreto no indica siquiera ni fecha ni lugar del estreno, lo que también abre las puertas a la especulación, aunque probablemente se dio a conocer en junio de 1713. Haendel derivó buena parte de la estupenda música de esta obra a Amadigi de Gaula (1715).

El texto es quizás responsable del poco vuelo que tuvo Silla. No es de esos libretos que faciliten la tarea de la dirección escénica. Por eso, en la versión que comentamos, Premoli logró con pocos medios escénicos, sin esos fastos e ingenios de maquinaria que se exigían en el Barroco, la suficiente vitalidad, el interés justo como para contrapesar visualmente la continua alternancia de recitativos y arias da capo. Colaboraron por primera vez con Les Arts alumnos de la Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD) de Valencia y su presencia en escena, aunque a veces un poco tautológica (reiterativa, quizás, la aparición amenazadora de los sicarios), tuvo cierta entidad actoral, que se consolidará sin duda en sucesivas cooperaciones. La iluminación juega un papel fundamental en estas producciones contenidas, y lo hizo en este caso con encaje de manual. Y el vestuario, cumplidor porque vestía, adolecía de cierto feísmo que ignoro si era más una consecuencia de la crisis que una opción estética. 

Momento de la representación de 'Silla' de Haendel. Dirección musical, Fabio Biondi. Dirección escénica, Alessandra Premoli. Valencia, Palau de Les Arts, diciembre de 2015Momento de la representación de 'Silla' de Haendel. Dirección musical, Fabio Biondi. Dirección escénica, Alessandra Premoli. Valencia, Palau de Les Arts, diciembre de 2015 © Tato Baeza / Palau de Les Arts de Valencia, 2015

Así pues, el conjunto escenográfico, no resultando especialmente imaginativo, sí al menos fue efectivo. Desde luego no con el acabado de una función de escuela superior, pero tampoco del rango de un teatro de campanillas. Cabría aclarar, de cualquier manera, qué categoría hay que otorgarle a las producciones del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo o, si acaso, qué debe esperar de ellas el público. La posibilidad de asistir con los 35 euros de la entrada (sin descuentos) a un estreno en España (la obra tuvo su primera presentación moderna en 1991 y ha sido después muy poco interpretada) ni más ni menos que de Haendel es más que apreciable (la sala, desde luego, estaba prácticamente llena y los aplausos sonaron a satisfacción general). Pero a partir de aquí, y en este sentido de con qué rasero medir el nivel de la propuesta, nos encontramos con algunas contradicciones, que si no quedan bien resueltas pueden encontrar fácilmente atenuantes en el carácter formativo de la producción, y si funcionan suponen un acierto de esos con los que los organizadores hinchan el pecho a la espera de medallas.

Entre estas contradicciones destacamos dos relativas ya al aspecto sonoro: por una parte, la que se da del hecho de colocar a un director musical de reconocido prestigio, especialista en el repertorio, al frente de una orquesta que ha de salir de su medio natural de sonoridad (timbre, fraseo, articulación); por otra, la de mezclar unos cantantes en proceso de última formación, aunque ya bien fuera del cascarón, junto a otros en teoría ya formados. 

Momento de la representación de 'Silla' de Haendel. Dirección musical, Fabio Biondi. Dirección escénica, Alessandra Premoli. Valencia, Palau de Les Arts, diciembre de 2015Momento de la representación de 'Silla' de Haendel. Dirección musical, Fabio Biondi. Dirección escénica, Alessandra Premoli. Valencia, Palau de Les Arts, diciembre de 2015 © Tato Baeza / Palau de Les Arts de Valencia, 2015

De circunstancias tales resultó mejor parada la parte instrumental que la vocal, y en lo que al canto atañe no estuvo ni de lejos lo más acertado en la actuación de la profesional que desde que se anunciara la contratación para el reparto de una estrella mundial de la ópera barroca, vino, tras alguna sustitución, calando, hasta la presencia de una Benedetta Mazzucato de prestaciones limitadas. Mucho mejor ajustadas al estilo ágil y expresivo de la obra se mostraron la mexicana Karen Gardeazábal (color sin fisuras, compacto, fraseo comunicativo, aunque a veces un puntito renqueante en la coloratura) en su rol de Metella, y Federica di Trapani (de línea cálida y flexible, más entera, eso sí, en el extremo grave que en el agudo) en el papel de Flavia. No anduvieron muy a la zaga Nozomi Kato como Celia y Elisa Barbero como Lepido, si bien la japonesa demostró un mayor control sobre su instrumento y también una contención sobre el gesto escénico que habríamos agradecido hallar en su compañera, quien no obstante cuenta con un material en su voz con muchas posibilidades de desarrollo. Cerraba el elenco (el único y breve papel que cantó un hombre, lo hizo Michael Borth con autoridad) Adriana di Paola, la única con Mazzucato que no procedía del Centre de Perfeccionament, y, aún más que ella, y pese a que el público la recompensó con sonoros aplausos, lejos del nivel exigible en su asunción de un atragantado Claudio (no parece ser este el repertorio que más le convenga).

Disfrutó en cambio en su elemento Fabio Biondi, que desde su violín y con el apoyo de un excelente continuo condujo con intuición creativa a los elementos de la orquesta a los que les tocó enfrentarse al reto (la idea es que todos los atriles se vayan alternando en la interpretación de las óperas antiguas). Fue su presentación como director operístico en Les Arts y se ganó con creces la confianza de todos para próximas representaciones. Su dirección se reveló vehemente pero minuciosa, excitante sin dejar de mostrarse disciplinada, colorista, apasionada en el más barroco de los sentidos, fluida, vigilante con las cantantes y a la postre la principal causante de la sonrisa con la que muchos de los asistentes abandonamos la sala. Porque qué nos importarán los malos si la música es buena, ¿no?  

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