Discos

Tiempo habitado

Paco Yáñez
lunes, 11 de enero de 2016
John Cage: One4; Two; Three2; Four3; Four6; Five; Five2; Five3; Five4; Five5; Seven; Eight; Ten; Thirteen; Fourteen. The Barton Workshop. James Fulkerson y Frank Denyer, directores. Robert Bosch, ingeniero de sonido. James Fulkerson y Ric J.B. Urmel, productores. Cuatro CDs DDD de 295:29 minutos de duración grabados en Ámsterdam y De Hoop (Holanda), en los años 1999, 2000, 2001, 2002 y 2005. Megadisc Classics MDC 7793. Distribuidor en España: Arsonal
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La música es una de las artes que mantiene una relación más intensa con el tiempo, que lo habita y lo desvela en más alto grado. Numerosas son las partituras contemporáneas que hacen del tiempo materia prima habitada: ya las del último Feldman (paradigmáticas), ya las del Nono en torno a Prometeo (1981-85), como el Reich de Music for 18 Musicians (1974-76), el Oberhausen del densísimo cuarteto Zerstörung des Zimmers/der Zeit (1999), y un tan largo como proteico etcétera. 

Entre los más reputados escultores del tiempo musical (valga una expresión vendimiada al cinematógrafo, acuñada por un no menor cincelador de esta materia, como Andréi Tarkovski), está el compositor norteamericano John Cage (Los Angeles, 1912 - Nueva York, 1992); de un modo muy especial, las cuarenta y ocho partituras conocidas como Number Pieces, compuestas en el último lustro de vida del genio californiano, de 1987 a 1992. Inmediatas en su creación al Feldman tardío (Feldman muere en 1987, si bien en el neoyorquino la materia sonoro-temporal se hilvana en un continuum de densidad abigarrada, entretejida, plasmática), en estas obras finales de Cage el paisaje sonoro se muestra atomizado, conformado por destellos que se encuentran, forman acoples y se desintegran marcando en(tre) sus paréntesis temporales una plenitud musical que es reflejo de una filosofía de la existencia en la que Cage se muestra pleno de lucidez, además de habilitador de destellos de rotunda belleza, en partituras de una serenidad sólo accesible para quienes han alcanzado un estado de sabiduría en verdad trascendente. 

Al escuchar las Number Pieces resulta imposible no trazar un gran arco que nos conduciría a otra pieza axial en el catálogo de John Cage, la polimorfa y flexible Atlas Eclipticalis (1961-62), con la que las piezas tardías comparten su brillo estructurado como constelaciones, su movimiento como arquitectura de brotes sonoros en un mapa temporal espacializado, su quietud y carácter homeostático, en el que las irrupciones acústicas retornan a una suerte de equilibrio transversal (¿nirvana?) que finalmente lo atempera y reintegra todo al gran fluido de la existencia (pues hablar, aquí, de 'pensamiento', 'conciencia'; incluso de 'arte', parece limitar en exceso la potencia de lo alquitarado: algo propiamente más allá de lo catalogable)...

...y es que las piezas tardías de John Cage (como buena parte de su obra) no pueden ni deben ser pensadas únicamente como fenómenos acústicos (ni meramente musicales), siendo en este sentido ejemplo de su más despojada e intimista creación; una creación que James Pritchett definía en estas Number Pieces a partir de conceptos como concentración, espaciosidad y simplicidad. Las quince partituras reunidas en estos cuatro compactos del sello Megadisc Classics son un perfecto ejemplo de dichas coordenadas, ya desde su pieza más esencializada, One4 (1990), obra para percusión en cuyo título, como en el de todas las Number Pieces, Cage indica con su nombre el número de intérpretes para el que la partitura está escrita, mientras que con el superíndice especifica el orden dentro de la serie de piezas para dicha cantidad de ejecutantes. Así, One4 sería la cuarta de las Number Pieces para un solo intérprete, aquí un percusionista para el que Cage establece seis paréntesis temporales para su mano izquierda, y ocho para la derecha. En cada uno de estos paréntesis, tan sólo un sonido, de dinámicas libres y ciertos márgenes temporales para su epifanía y restitución al silencio: márgenes que pueden superponerse, momentos en los cuales el intérprete ha de buscar la cohabitación sonora más adecuada a través de lo que su sensibilidad dictamine, ya graduando la intensidad sonora, ya recortando los periodos de sinergia acústica. Tobias Liebezeit enfatiza aquí los contrastes entre sonidos horizontales, mantenidos y lineales, y las irrupciones de corte vertical, mostrando una enorme contención, una serenidad muy pertinente para la poética de estas partituras; algo que comparte con las restantes interpretaciones de sus compañeros del ensemble holandés The Barton Workshop. La lectura de Liebezeit me ha gustado bastante más que la de D’Arcy Philip Gray para mode records (272), que me parece demasiado evidente y falta de misterio; donde Liebezeit se muestra pleno de indefinición tímbrica y de un brumoso sentido de lo (in)temporal, algo en lo que también son paradigmáticos, dentro de las trece entregas de One, tanto el propio John Cage en One7 (1990), para voz (mode records 200); como Mayumi Miyata en One9 (1991), para shō (mode records 108).

En el mismo compacto, la primera de las Number Pieces en ser compuesta, Two (1987), suena en este registro en flauta y piano con idénticas premisas en cuanto a aplomo y serenidad poética, aunque de tímbrica más reconocible, por lo cual una de las entregas más sugerentes de esta pieza tardía cageana para dos músicos sigue siendo Two3 (1991), en la versión de Mayumi Miyata en el shō y de Arabella Hirner en las caracolas (NEOS 10947-50); así como Two5 (1991), especialmente en el trombón de Mike Svoboda y en el piano de Steffen Schleiermacher (MDG 613 1765-2), con una distribución más atractiva entre los instrumentos, donde en Two recae prácticamente en el piano, sonando aquí la parte de la flauta, sus trazos horizontales, un tanto apagados en manos de Jos Zwaanenburg.

Con Three2 (1991) alcanzamos un altísimo grado de indeterminación en cuanto a las posibilidades que Cage tiende a los intérpretes, ya desde la propia instrumentación, además de la disposición de los eventos sonoros, obtenidos por Cage por medio del azar, con programas informáticos, lo que lleva a James Fulkerson a preguntarse ¿qué hace entonces el compositor aquí?, puesto que parece rehuir las decisiones propias de su labor, indicando apenas unos paréntesis para el nacimiento y desaparición de eventos sonoros, además de una muy tímida indicación en cuanto a dinámicas, referida a que éstas son libres para los sonidos cortos y suaves para los sonidos largos... Fulkerson, ante este panorama, se cuestionar, asimismo, el hecho de cómo afrontar y juzgar el valor de una interpretación, considerando hasta qué punto Cage no ha creado en Three2 un puro medioambiente sonoro no distinto del que podemos vivenciar acústicamente en nuestra cotidianeidad; y, por tanto, más allá de la categorización y/o valoración artística de su realidad... Para crear este paisaje sonoro, radicalmente libre e impredecible, tan levemente acotado por Cage, el percusionista Tobias Liebezeit procede a atacar una versión, como One4, muy bella en cuanto a tímbrica, telúrica, oscura e indefinida. Por medio de la edición en la mesa de montaje, él mismo ha grabado las tres partes, después mezcladas, lo que confiere gran coherencia a su lectura; de nuevo, entre lo más destacable de este cofre de piezas tardías. 

Interesantísimo, el contraste que The Barton Workshop nos propone entre Four3 (1991) y Four6 (1992). Si la primera es todo un homenaje al silencio (en lo que denominan un fragmento de la obra -pues al ser circular tan sólo podremos escuchar secciones de lo que continuaría sin fin-), la segunda suena aquí como un homenaje a las técnicas extendidas tan (bien) exploradas por Cage, ámbito en el que podemos considerarlo una de las principales figuras del siglo XX. A pesar de tratarse de una obra para una coreografía de Merce Cunningham, Beach Birds/Beach Birds for Camera (1991), Four3 en esta versión de Megadisc Classics es de una serenidad y un extatismo impactante, con el mágico sonido de los palos de lluvia y un piano resonante que acaba trabajando como una auténtica 'máquina de eco', lo que unido a sus patrones rítmicos genera una sensación de amplitud y expansión de la materia sonora hacia el infinito... Mientras, Four6 me ha recordado en esta versión a una partitura de Mauricio Kagel, Kantrimiusik (1973-75), por sus sonoridades, ritmos y ciertos atisbos que diría humorísticos muy poco frecuentes en un Cage tardío donde el humor tan característico en muchas de sus propuestas anteriores parece haber dejado sitio a una sonrisa iluminada. Plétora ruidista, Four6 se acerca en esta versión a la estética de la dedicataria de esta obra, la compositora Pauline Oliveros, disfrutándose su libérrima inventiva de principio a fin durante su media hora de genialidad concentrada. 

Idea brillante, también, la de incluir en un mismo compacto todas las realizaciones posibles de las piezas numéricas para cinco instrumentistas, comenzando por un Five (1988) que The Barton Workshop despliega para cinco clarinetes y una sonoridad imposible de disociar del Ligeti micropolifónico de los años sesenta, con su red de microvariaciones y su extático fluir: puro cromatismo, auras sonoras. En todo caso, versión más canónica y articulada que el curioso experimento realizado en Five por Essential Music (mode records 239), con un quinteto de botellas sopladas que iban en la misma línea, agudizando ese carácter ligetiano despojado de melodía y armonía: música de masas, colores y suspensión. Five2 (1991), para corno inglés, tres clarinetes y timbal, sigue análogos derroteros: abismada al silencio, despojada, serena, con unas tensiones que se expanden y nos remiten a la plástica, ya a un expresionismo abstracto del que nunca dejó de beber Cage, ya a sus propias pinturas: masas de color y diálogos entre la infinitud y la forma contingente. Las sucesivas irrupciones que se destacaban en  Five2, especialmente en clarinete bajo y timbal, alcanzan un nuevo grado en la gran obra maestra de la serie: Five3 (1991), notablemente superior en duración (cuarenta minutos, por cinco del resto de las Five). Quinteto para percusión y cuarteto de cuerda, Five3 es una obra de una belleza hipnótica, epítome del Cage tardío; una de esas partituras tras (o durante) cuya ejecución, uno puede suscribir aquellos versos de Kavafis del año 1917: «Contemplé tanto la belleza, / que mi visión le pertenece». Y es que resulta difícil seguir ubicado como oyente a lo largo de esta pieza, no sentirse hecho música, abducido o sublimado en su deriva, aquí no exenta de expresividad y carácter, tanto en unas cuerdas que nada tienen que envidiar a las del Arditti Quartet en su referencial versión para mode records (75), como muy especialmente en el atmosférico trombón de James Fulkerson, a quien el quinteto está dedicado. Five4 (1991) sigue esa línea ascendente de movilidad sonora e irrupciones perturbadoras, en su formación para dos saxofones y tres percusionistas, aunque tras la soberbia pieza para trombón y cuarteto, queda un tanto en sordina su resultado artístico, de menor magia y atractivo que Five3. Por último, Five5, para flauta, tres clarinetes y percusión, parece proceder a una suma de las técnicas, estilos y ambientes sonoros de los quintetos precedentes, con un arranque más agitado y una incursión progresiva en el silencio; de nuevo, con lecturas más que destacables, cerrando un disco de gran valor. 

Si la respiración es fundamental en estas Number Pieces, así como su expresión a través del flujo poético en el espacio, en la interpretación que de Seven (1988) realiza The Barton Workshop creo que falla este aspecto, al amalgamar en muchos paréntesis acciones instrumentales de un modo algo apelmazado, lo que le resta inspiración y expansión sonora a las subsiguientes reverberaciones. La cohabitación instrumental (flauta, clarinete, percusión, piano, violín, viola y violonchelo) queda, así, un tanto saturada, restando magia y aura al conjunto, aunque los trasfondos sonoros que expone la percusión sean por momentos perturbadores, bellos y densos.

Eight (1991), que escuchamos aquí en su primera grabación mundial, es una de las joyas de este cofre, en una lectura plena de respiración, inspiración y estilo, en la que se vuelve a sumir la mirada en la belleza haciéndola suya. Destaca en la versión de The Barton Workshop el trabajo de los metales, su expansión en el espacio, en un recorrido que va encontrando otras voces instrumentales con las que se unen en unísonos y diversas arquitecturas de acordes que espejean, de nuevo, la infinidad de la materia sonora tratada de este modo tan sutil, poético y radical en cuando a despojamiento.

Ten (1991) viene a resultar de una síntesis de Seven y Eight: nace de las más abigarradas masas de sonido cohabitado de la primera, para adentrarse progresivamente en el desnudo paisaje sonoro y la delicadeza de la segunda, destacando las partes de percusión y un piano atacado en el interior de la caja, produciendo sonoridades que nos remiten al Cage de los años cincuenta y sesenta del siglo XX.

Thirteen (1992) presenta lo que el propio Cage conceptualizaba como «armonía anárquica», una redefinición que excluía reglas o leyes tradicionales, y en la que los sonidos cobraban nueva vida conjuntamente, incluidas alturas y ruidos; procediendo, así, a la fusión de los lenguajes dominantes en la larga trayectoria de John Cage (tres, si unimos al propio silencio). Sea como fuere, ni mucho menos Thirteen es la piezas más prolija en técnicas extendidas o 'ruidismo' (como lo podrían ser en estas versiones One4 o Three2), de ahí que la mayor parte de 'acoples' o 'acordes anárquicos' provengan de un lenguaje de alturas muy discrepante en cuanto a intervalos, polifonía, duración de los procesos de engastado tonal, etc. Es por ello la sonoridad tan peculiar de la pieza, no tan atractiva en cuanto a auras y magia como las anteriores; más a camino de varios estilos, cual rutas que se comienzan y abandonan sin cesar: exploración del caminar en sí mismo por medio de sus largas sonoridades de dinámicas rebajadas y un punteo más irregular en el afloramiento de los tonos breves.

Concluimos este viaje por el Cage tardío con Fourteen (1990), última de las Number Pieces seleccionadas por The Barton Workshop dentro de un recorrido que alcanzaría partituras de verdaderas dimensiones, como las orquestales 101 (1988), 103 (1991), o 108 (1991), las piezas numéricas para un mayor contingente instrumental. En el caso de Fourteen, destaca en su efectivo un piano atacado en el interior de la caja con arcos, alcanzando un rol casi solista y una sonoridad indefinida, de naturaleza rugosa y textural, que por momentos pareciera música electrónica o algún tipo de emisión de radio de onda corta; de ahí que, tal y como señala en sus notas James Fulkerson, en ocasiones se haya denominado a Fourteen como Concerto for Bowed Piano. A ese piano frotado, de bellas y evanescentes auras, se suman dos percusionistas que también rozan cuerpos reverberantes en buena medida de origen oriental: címbalos turcos y chinos, gongs ceremoniales japoneses y balineses, tam-tams; además de marimbas, láminas metálicas y todo un efectivo resonante que contrasta en sus muy expansivas y serenas notas con los ataques de maderas y metales, más breves, intensos e hirientes (especialmente por contraste con el susurrante mundo de piano y percusión; pues de por sí todo resuena como un fluido de dinámicas muy rebajadas). Este contraste y asociación de tonalidades y dinámicas; además de la síntesis de sonoridades ruidistas y lenguaje de alturas, hacen de Fourteen todo un paradigma de las Number Pieces, por lo cual, si seguimos las estaciones, pieza por pieza, de este magnífico cofre del sello Megadisc, el final no puede ser más lógico y consecuente. Además, es una de esas piezas realmente bellas y atractivas, tanto estética como espiritualmente, epítome de cuanto referíamos al comienzo de esta reseña como señas de identidad de uno de los ciclos musicales más trascendentes del siglo XX. 

Como ya se ha señalado a lo largo de esta reseña, excepción hecha de algunas de las Number Pieces como Two o Seven, la mayor parte de las propuestas de The Barton Workshop son soberbias, de una musicalidad, un buen gusto y un acierto a la hora de decidir los resquicios que deja Cage abiertos para sus músicos realmente destacables, con versiones marcadas por la serenidad y la exploración tímbrica de las combinaciones instrumentales en densos marcos de espacio y silencio. Es por ello comprensible el que alguno de estos compactos estuviese ya agotado individualmente; razón de más para que Megadisc Classics los incluya ahora en esta caja que se presenta como una de las propuestas más omnicomprensivas para las piezas tardías de John Cage. Por más que la carátula del álbum remita al centenario Cage en 2012, este cofre ha visto la luz en 2015, aunque para celebrar al californiano nunca es tarde y cualquier motivo dado por la música de este verdadero genio siempre es bueno. De este modo, podemos proseguir con el conjunto holandés su exploración de la música norteamericana contemporánea, de la que ya han brindado, además de sus registros previos de John Cage para el sello Etcetera, notabilísimos compactos de Frank Denyer (mode records, Etcetera), Morton Feldman (mode records, Etcetera), Alvin Lucier (New World Records), James Tenney (New World Records), o Christian Wolff (mode records, Etcetera); además de sus acercamientos a clásicos europeos del siglo XX. 

Las grabaciones son todas ellas muy buenas, especialmente cuidadosas en cuestiones tímbricas, lo cual se agradece, como su respeto por los rangos dinámicos, en registros muy delicados fácilmente saturables al pasar de sonoridades casi inaudibles a súbitos ataques (además, en frecuencias totalmente contrastantes, debido a la asociación de tonos e intensidades antes señalada). Cada disco presenta individualmente su libreto, por lo que el cofre no añade nada nuevo más que su estuche de cartón. Entre los firmantes de los ensayos, Sam Richards o el propio James Fulkerson, en textos que en ocasiones se solapan en cuestiones generales referidas a la concepción de las Number Pieces, pero que, afortunadamente, se adentran y especifican, de forma somera, cada una de estas puertas a un tiempo habitado, a una música como forma de arte trascendente. 

Estos discos han sido enviados para su recensión por Megadisc Classics 

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