Recensiones bibliográficas

Batuta contra viento y marea

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 19 de febrero de 2016
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Anshel Brusilow y Robin Underdahl, Shoot the Conductor: Too Close to Monteux, Szell and Ormandy, Denton, TX: University of North Texas Press, 2015. 336 págs. ISBN: 978-1-57441-613-8

Sólo a unos pocos aficionados les sonará el nombre de Anshel Brusilow (Filadelfia, 1928) como responsable de los solos de violín en las grabaciones que en los años sesenta hizo Eugene Ormandy de Schéhérezade o de Una Vida de Héroe. Ciertamente, Brusilow –descendiente de judíos rusos emigrantes- fue concertino de la Orquesta de Filadelfia en aquellos años; y previamente ocupó el puesto de asistente de concertino en la Orquesta de Cleveland con George Szell. Sus relaciones con esos dos monstruos de la dirección y la descripción de la vida interna de las orquestas americanas en esa época ocupan buena parte de estas memorias.

Memorias que, naturalmente, han de empezar por sus comienzos como estudiante, primero en clases particulares, después en el prestigioso Curtis Institute con Efrem Zimbalist Sr., y más tarde –ya vislumbrando una carrera como solista pero apuntando a la batuta- con Pierre Monteux en sus cursos de verano. Y desde luego que su carrera está salpicada de recuerdos como solista en América y en Europa, aunque desde el inicio del libro Brusilow confiesa que casi enseguida quiso ser director de orquesta: una pista lo da el hecho de que únicamente evoque con agrado los conciertos para violín de Brahms, Chaicovski y Sibelius, y que no diga ni una palabra sobre los de Beethoven y Mendelssohn, por ejemplo.

Tan es así, que en su época de concertino en Filadelfia –desoyendo la opinión de Ormandy- formó una agrupación de cámara con sus colegas de la orquesta para dar una mini-temporada (conviene recordar que en aquel tiempo las orquestas americanas aún no ofrecían a sus instrumentistas contratos de cincuenta y dos semanas al año, y que había que ganarse el pan de la forma que fuera). Más tarde, cuando dejó el puesto, fundó una nueva orquesta de cámara en la ciudad con pretensión de temporadacontinuada –esta vez con la oposición manifiesta de Ormandy-; pero le fue imposible encontrar patrocinadores para sostener semejante aventura (recuérdese también que entonces –como ahora- las orquestas americanas apenas reciben subsidios públicos).

En 1970 llegó su gran oportunidad cuando fue nombrado director de la Orquesta Sinfónica de Dallas. Y en ese capítulo del libro Brusilow se expresa con un entusiasmo desbordado, porque no sólo debía ocuparse de las tareas propias del cargo, sino además de participar en la administración procurando más dinero para la orquesta, a base de atraer nuevos públicos y en espacios de gran aforo con programas que hoy llamaríamos crossroads (es muy divertido el relato de cómo fue a Las Vegas a ver al representante de Elvis Presley para contratarle, y cómo salió con el rabo entre las piernas cuando le informaron del cachet del divo). Pero antes de acabar su tercera temporada en la orquesta tejana fue despedido fulminantemente (y con la misma crudeza cuenta cómo en ese momento se dio cabezazos contra la pared, lamentando su suerte).

Después de eso –y por no volver a trajinar con su familia, ya afincada y establecida en Dallas-, Brusilow renunció a buscar otras orquestas (a pesar de que Zubin Mehta le ofreció el puesto de concertino en Los Angeles), y se dedicó a la enseñanza de la dirección (no del violín) en la Universidad del Norte de Tejas. Antes de eso, el libro está repleto de anécdotas e historias, agrias y dulces a partes iguales: el comentario a Brusilow de Joe Gingold -concertino en Cleveland- tras un Daphnis et Chloë con Szell (una obra nada afín al maestro): “muy bien, ¡y qué!”; los tejemanejes de Ormandy para que Brusilow abandonase a Szell y fuese a Filadelfia (ríanse ustedes de los intercambios de espías a la sombra del muro de Berlín); o los “arreglos” de Brusilow para hacer interpretable el Concierto para cuerdas de Ginastera, con felicitación inocente del autor.

De manera que el título del libro hace referencia a un arma de doble filo. Por una parte, la relación de amor-odio con sus tres mentores: no escatima elogios artísticos para ninguno de ellos; pero Madame Monteux desaprobó la relación de Brusilow con una azafata de vuelo, y por esa razón el francés le apartó de su lado (a día de hoy Brusilow sigue felizmente casado con su azafata); aludiendo a excusas poco creíbles, Szell le impidió ir a tocar el concierto de Sibelius ante el compositor (algo que Brusilow lamenta hasta la última página del libro); y Eugene Ormandy le boicoteó a cualquier solista de renombre que Brusilow pretendiese contratar para su orquesta de cámara en Filadelfia (e incluso para la orquesta de Dallas). Por otra, Brusilow no sólo calculó mal sus pasos en Dallas, sino que –él mismo se reconoce un bocazas- se enemistó gratuitamente con Ronald Wilford antes de que fuera... Ronald Wilford (el todopoderoso presidente de la agencia CAMI).

Pero si lo que cuenta el libro es muy interesante -y sobre todo muy ilustrativo de la vida de las orquestas americanas de aquellos gloriosos años-, aún es mejor la manera en que lo cuenta (y ahí entra la segunda autora del libro, Robin Underdahl, escritora graduada en la Universidad de Columbia). En los obligados comentarios laudatorios de la contrasolapa hay uno que dice: “no empiece a leer el libro ya entrada la noche, porque entonces no podrá dormir las horas necesarias”. Y es cierto: la técnica narrativa es rápida y entretenida; todos los episodios, momentos, aventuras y anécdotas se cuentan sin pelos en la lengua y a un ritmo vertiginoso (y en un inglés que no es mundano, pero tampoco académico); y la galería de situaciones, épocas y personajes (muchos de ellos bien conocidos por el aficionado) es inagotable. De manera que uno se ve atrapado en la lectura como en la mejor novela histórica.

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