España - Galicia

... y en un principio fue Bach

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 4 de marzo de 2016
Santiago de Compostela, lunes, 29 de febrero de 2016. Auditorio de Galicia. Laurent Blaiteau y Luis Soto, flautas; James Dahlgren, Adriana Winkler y Grigori Nedobora, violines. Real Filharmonía de Galicia. Helmuth Rilling, director. Johann Sebastian Bach: Concierto de Brandenburgo nº 4 en Sol mayor, BWV 1049; Concierto para dos violines en Re menor, BWV 1043; Suite para orquesta nº 3, BWV 1068. Concierto extraordinario del 20 aniversario de la Real Filharmonía de Galicia. Asistencia: 100%.
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El 29 de febrero de 1996 daba su primer concierto la Real Filharmonía de Galicia con Helmuth Rilling como director titular. Entonces sonó la música de Bach. Veinte años después, a petición de los músicos de la orquesta y con las sienes aún más plateadas a sus 82 años, Rilling ha vuelto para que se escuche otra vez la música de su compositor predilecto ante un público que llenaba hasta la bandera el Auditorio de Galicia -incluídas aquellas autoridades municipales y autonómicas que deberían dejarse ver con más frecuencia en esta casa-, y que saludó al maestro alemán con una ovación de entrada de verdadera celebración.

Y Bach sonó de nuevo, en la interpretación que era de esperar en Rilling - impecable pero no elocuente, rigurosa pero poco expresiva-, y con el concurso entregado de los miembros de la orquesta, desde los solistas hasta el último atril. Permítaseme, pues, personalizar mi felicitación a la Real Filharmonía en su primer contrabajo, Carlos Méndez, porque es una de las glorias de esta orquesta (y porque uno le tiene querencia sinfónica a la clave de Fa); así como dar cumplida cuenta de la ovación de despedida del concierto, con el público puesto en pie (cosa harto infrecuente).

No hubo discursos –ni falta que hacía, que para conmemonar el aniversario ya se han organizado sendas exposiciones en el propio Auditorio de Galicia y en la Casa do Cabido-, pero sí unas palabras de Rilling en correctísimo castellano para recordar aquel primer concierto (aunque en su curriculum oficial, impreso en el programa de mano, Rilling haya omitido cualquier referencia a su paso por Compostela durante cuatro años), y para dar las gracias a Xerardo Estévez –alcalde inspirador, impulsor y propulsor tanto de la orquesta como del auditorio, porque no se puede concebir una cosa sin la otra- y a Maximino Zumalave –quien a día de hoy sigue ligado a la Real Filharmonía como director asociado-.

Celebración, por lo tanto, más emotiva que sinfónica. Pero no debe olvidarse que este febrero bisiesto ha sido, todo él, un acontecimiento detrás de otro en la vida de la orquesta: el día 4 Antoni Wit (¿cuántos maestros dirigen en una misma temporada a la Real Filharmonía de Galicia y a la Filarmónica de Berlín?) dio una Octava de Dvorák para quitar el hipo, en un ejemplo de cómo se puede llevar la orquesta al límite de sus posibilidades sin perder ni pulso ni claridad; el día 18 Paul Daniel tiró la casa por la ventana fichando para una misma noche (además de media docena larga de refuerzos en la orquesta) a dos divos como Luis Tosar y Nicholas Angelich –ese Tercero de Prokofiev salió auténticamente de vértigo-; y el día 26 el mismo Daniel presentó un monográfico Mendelssohn que, de tan obvio para una orquesta de este tamaño, nunca antes se había hecho.

Claro que semejante festín no ocurre todos los meses; pero tampoco sucede sólo con ocasión de las grandes celebraciones. De estos veinte años, durante los últimos catorce he sido testigo semanal –siempre como abonado, y muchas veces también como comentarista- de la feliz evolución de la Real Filharmonía. Si en aquel mes de febrero de 2002 -cuando pisé por primera vez el Auditorio de Galicia- me quedé literalmente pasmado después de escuchar el Fidelio que dirigió Antoni Ros Marbà, hoy sigo asombrándome de que una ciudad del tamaño de Santiago de Compostela tenga una orquesta de tan alta calidad y la albergue en una sala de tan grata acústica. En España no encuentro otro caso igual; y en Europa, bien pocos.

Y como los milagros sinfónicos no existen -por más que uno se encomiende al Apóstol-, la explicación de este tesoro cultural compostelano hay que encontrarla en sus cuatro patas terrenales: el trabajo de los músicos –la orquesta ha crecido en su plantilla regular hasta la cincuentena, y las caras nuevas han venido casi siempre de las nuevas incorporaciones-, de sus tres directores titulares, y de los directores invitados; la colaboración de las instituciones públicas –que sobrevive a los vaivenes de la coyuntura política, y eso sí se puede calificar de milagroso-; la dedicación de un equipo técnico reducido pero infatigable (por cierto, después de casi dos años de vacantes, interinajes, pasantías y resultas, urge el nombramiento de un gerente que esté a la altura); y la complicidad de un público que también ha crecido de manera paulatina –en número y en entusiasmo- hasta llenar prácticamente la sala en cada función.

El futuro –al menos a medio plazo- tampoco tiene mayor secreto, porque reside en esos mismos cuatro elementos. Naturalmente, los músicos tendrán que echarle imaginación a los programas y a la manera y lugar de presentarlos (hace siglo y pico que el ritual es el mismo); las Administraciones –siempre que el poder legislativo ayude a seducir al sector privado- deberán espabilarse para conseguir recursos financieros más allá de los tributarios y los taquilleros; los equipos técnicos habrán de estar permanentemente al día de las nuevas formas de comunicación; y al público le competerá el deber moral de contribuir a la educación musical de sus descendientes.

Sé muy bien que esas cuatro cuestiones son objeto de debate desde hace muchos años; y que nunca habrá conclusiones definitivas al respecto, porque los tiempos corren más deprisa que las semigarrapateas. Como también sé que nada de eso será suficiente si falta el convencimiento general de que una orquesta sinfónica es de los pocos inventos que los terrícolas podremos presentar con legítimo orgullo ante los marcianos. Mientras tanto, larga y sonora vida a la Real Filharmonía de Galicia.

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