España - Andalucía

Iconoclastia necesaria

Raúl González Arévalo
martes, 15 de marzo de 2016
Málaga, viernes, 4 de marzo de 2016. Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Ara Malikian: Pisando flores, Rapsodia, Vals de Kairo, 1915. Manuel de Falla: primera danza española de La vida breve. Pablo Sarasate: Zapateado. Led Zeppelin: Kashmir. Paco de Lucía: Zyryab. Ara Malikian (violín), Jorge Guillén (violín I), Humberto Armas (viola), Antha Kumar (tablas indias), Tania Bernáez (contrabajo), Héctor ‘el Turco’ (percusión), Cristina Garrido (violonchelo)
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El recorrido artístico de Ara Malikian es cuanto menos singular. Como todos los rompedores, partió de una formación clásica para evolucionar hacia una personalidad propia en la que tienen cabida desde los grandes compositores para el violín (Vivaldi, Paganini, Sarasate) hasta los elementos étnico-folklóricos de las tradiciones judía, árabe y armenia, pasando por el flamenco, Radio Head, Led Zeppelin y las composiciones propias.

Los hay que rechazan de plano esta transversalidad como guardianes de la tradición (los “puristas ortodoxos”). No en vano, en el recorrido biográfico musical que hizo de su trayectoria para introducir cada uno de los números del espectáculo, el violinista afirmó que “hemos llegado aquí porque nos echaron de la música clásica”. No parece que le importe mucho, ni la crítica seria ni los popes serios, no en vano hizo reír al respetable con comentarios sobre la dinámica radiofónica de Radio Clásica, imitando la manera de hablar de un famoso locutor de la casa. Le interesa más la conexión con el público moderno, y para acercarse a él viste como una auténtica estrella de rock. Presenta a sus músicos como cualquier cantante hace con su grupo. Y toca el violín moviéndose arriba y abajo del escenario, con todo el cuerpo, salta, gira velozmente sobre sí mismo, se arrodilla, incluso se tumba. Si en vez de un violín llevara una guitarra, podría pertenecer a cualquier banda mítica.

Sin embargo, el dominio técnico del instrumento es apabullante, como corresponde a quien se despacha tranquilamente con los Caprichos de Paganini y tiene en repertorio todos los grandes conciertos para violín y orquesta. La pureza del sonido no siempre es máxima. Pero aquí no es fundamental. Aquí lo que importa es transmitir, conectar con el público. Imposible no pensar en otros grandes músicos que se salieron de la ortodoxia, como Enrique Morente. Necesaria iconoclastia.

El viaje musical empieza en su Líbano natal, suena una composición “rollito moro”, como explica buscando la complicidad del público. Para recordar su paso por Alemania un tema propio, rebautizado como Pisando flores, con aires judíos, rememorando su contacto con esta comunidad y su cultura. Incluso en la coreografía mete algunos pasos de baile tradicional. El público acompaña con palmas.

De ahí a Inglaterra, su experiencia con Boy George y un tema de Radio Head: una compañera de prensa me pregunta si sé quienes son y cómo se escribe. Desde luego Ara Malikian descoloca al público más clásico... De nuevo una composición propia, una Rapsodia que brinda en “estreno mundial”. Y llegamos a Madrid, donde estuvo trabajando para su Orquesta Sinfónica, en la que llega a ejercer de concertino. Pero decidió “salir del foso”. Risas. De esa etapa trae como homenaje la “primera danza española” de La vida breve de Falla: ópera española como recuerdo de su paso por un teatro de ópera. Desde luego no iba a tocar la “Méditation” de Thaïs de Massenet... y sigue con otra danza, el Vals de Kairo que compuso para su hijo. Más experiencias personales y más risas del público, conquistado y entregado desde el principio. Hace semanas que colgó el cartel de “No hay entradas”. Formas y estructuras clásicas con una óptica actual, renovada. De pronto, estalla “la tormenta” de El verano (Las cuatro estaciones) de Vivaldi. Tuneado, como él mismo explica. Y sin solución de continuidad Agua e vinho del brasileño Egberto Gismonti.

El concierto emprende su recta final: Kashmir de Led Zeppelin. El Zapateado de Sarasate, con el que se identifica por haberse acercado a la música popular desde la clásica. Inevitable pasar al flamenco, que tanto lo ha utilizado. Recuerda que es de las pocas músicas que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y surge el nombre de su admirado Paco de Lucía, y un homenaje múltiple al maestro de Algeciras, a Andalucía y al país que le acoge con su Zyryab. Estupendo además el duelo de violines escenificado como un duelo de navajas, con ambos intérpretes dando vueltas en círculo mientras se desafían.

Para finalizar el programa oficial, y como tributo a sus raíces armenias, otro tema propio, 1915, en recuerdo de las víctimas del Genocidio Armenio (1915-1923), cuyo centenario se conmemoró el año pasado y cuyo mero reconocimiento aún es objeto de discusión en algunos círculos. No sorprende, teniendo en cuenta que aún hay quien niega el Holocausto y en nuestro país todavía no se condena sino que incluso se conmemora a Franco. El compromiso político es indiscutible en la reivindicación, equiparándolo justamente con la Shoah, Sarajevo, Ruanda y ahora Siria. La música no tiene que ser neutra por fuerza. Los intérpretes no tienen que ser neutros, en ningún campo -la crítica, tampoco–. Lo demostró Barenboim con su West-East Divan Orchestra y tocando Wagner en Israel. De la misma manera, Malikian es de todo menos indefinido. Su tema suena inquietante, comienza como un lamento, el final oscila entre ostinato y agitato, con sonidos desgarrados como gritos de las víctimas. Es mucho más que tener sentido del espectáculo. Es música comprometida, viva, dolorosa. Y el público se pone en pie.

La noche cierra más desenfadada, con los bises. Y uno agradece que se quedara a vivir en España fascinado y abducido por el jamón ibérico. Aunque él no lo crea, en realidad salimos ganando nosotros. 

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