Memoria viva

Primavera en Berlín

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 16 de marzo de 2016
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La primavera musical berlinesa se anticipó el 1ro de marzo con un ballet: bajo un sol radiante los participantes de la Conferencia de Rabinos Europeos bailaron frente a la puerta de Brandeburgo luego de haber otorgado el Premio de la Tolerancia a un musulmán, el ex refugiado Palestino Raed Saleh. Saleh es hoy un activista del Partido Social Demócrata Alemán dedicado a políticas de integración de minorías y la lucha contra el antisemitismo. Siguió un concierto nocturno, también dedicado a refugiados. Como saludo musical a los muchos que llegan incesantemente a la ciudad, sus tres mayores orquestas se juntaron en la Philarmonie para recibirlos bajo el lema de Willkommen in unsere Mitte [Bienvenidos en nuestro medio]. Mitte es una denominación para el centro de Berlín, en la jerga ciudadana, Berlín Mitte o “Berlín del medio.” Antes de comenzar con el concierto en re menor de Mozart KV 466 al frente de su Orquesta de la Staatsoper, Daniel Barenboim saludó a la audiencia en árabe (sólo árabe). Siguieron Iván Fisher y su Konzerthausorchester en la Sinfonía Clásica de Prokoviev. El concierto culminó con el segundo y cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák con Simon Rattle y la Filarmónica de Berlín. Al día siguiente, las fotos de los tres directores de orquesta saludando a su público de recién llegados ocuparon la primera plana de los diarios locales, junto a entrevistas donde éstos relataban sus penurias de guerra y éxodo. Y también hubo lugar para fotos de rabinos de negro bailando esas danzas suyas tan orientales sobre el pavimento que hoy reemplaza el campo minado que dividió la ciudad hasta 1989.

Pero yo no estuve en el concierto sino en el gran patio cubierto del Museo Judío para escuchar a la misma hora el testimonio de dos refugiadas de otra época invitadas a un panel organizado por Der Spiegel el mas influyente semanario político alemán, en ocasión de la presentación de un libro con entrevistas a veinte de los últimos sobrevivientes de Auschwitz y otros campos de concentración.

La chelista Anita Lasker-Wallfisch y su hermana Renate Harpprecht, née Lasker tuvieron que esperar casi un año desde su liberación de Bergen-Belsen para ingresar a una Gran Bretaña tan reticente en 1945 como en la actualidad para permitir el ingreso de refugiados de guerra y de genocidios. Cuando finalmente fueron admitidas, sus documentos fueron sellados con el alerta de: enemy alien algo así como “enemiga foránea.” Después de todo, eran alemanas, decidió un burócrata de turno incapaz de distinguir entre victimarios y víctimas.

Pero los tiempos pasan y el destino a veces se permite dar lecciones con una contundencia de sablazo. La chelista de Auschwitz se distinguió a lo largo de una carrera de décadas como miembro de la English Chamber Orchestra y su libro Inherit the truth, serializado por la BBC, y reseñado en mundoclasico.com, conmovió al Reino Unido con su prosa robusta, precisa y perceptiva. También recibió Anita el doctorado honoris causa de la Universidad de Cambridge de manos del Duque de Edimburgo y el año pasado fue la ex enemiga foránea escogida para recibir en Bergen-Belsen a la Reina Isabel en ocasión del septuagésimo aniversario de la liberación del campo. Renate terminó casándose con el periodista, político y escritor Klaus Harpprecht, el redactor de los discursos de Willy Brandt.

“¿Chelista? ¡Te salvaste!” le dijeron a Anita en Auschwitz después de pelarla y tatuarle un número en el brazo izquierdo. Enseguida fue reclutada por Alma Rose, una sobrina de Gustav Mahler que se desempeñaba como directora de la orquesta femenina del campo. El conjunto acompañaba con marchas la partida y la llegada del personal encargado de las tareas que iban desde desde trabajos forzados hasta el funcionamiento de las cámaras de gas y los crematorios. El mismo doctor Mengele le pidió una vez a Anita que le tocara Träumerei de Schumann. Fue un episodio inevitablemente evocado durante el acto del Museo Judío que ayudó a aclarar las circunstancias de este episodio que parece haber despertado una curiosísima morbosidad en la prensa escrita y televisiva. El célebre comentarista y actor inglés Stephen Fry, por ejemplo, ha banalizado la situación con invenciones de mal gusto sobre el miedo extremo e incontrolable que se habría apoderado de la chelista. Otros le han preguntado como pudo ella tocar frente a un verdugo. ¿No sintió repulsión? Sus respuestas: “¿Y que hubiera hecho usted en mi situación? No sentí nada. Ni miedo, ni repulsión. Allí no había tiempo para sentir. Sólo se trataba de sobrevivir. Simplemente toqué y me fui lo antes posible, tratando de no cruzar miradas con Mengele. Porque en Auschwitz era muy peligroso mirar a la autoridad. Y tocábamos mal, pésimo. Después de todo éramos muy jóvenes, yo con sólo dieciséis años.”

De cualquier manera su chelo fue alabado durante la presentación como el salvavidas de un náufrago. Una vez el tifus la llevó a esa enfermería desde donde varios desahuciados eran apurados a morir. Allí sintió que alguien decía, “ésta es la chelista” y la dejaron tranquila. También Renate se salvó en circunstancias similares simplemente aduciendo que ella era la hermana de la chelista. “¡Tal vez sea por eso que todos en mi familia parecen preferir el chelo!”, bromeó Anita en alusión a su hijo, el conocido chelista Rafael Wallfisch y también a los estudios de chelo de algunos nietos.

También otros sobrevivientes aluden a sus salvavidas musicales en las entrevistas compaginadas por Der Spiegel bajo el título de Mich hat Auschwitz nie verlassen ( literalmente: “Auschwitz no me ha dejado abandonado nunca”) El mas famoso es Coco Schumann, el conocido jazzista berlinés que luego de tocar guitarra en Terezin, encontró en Auschwitz admiradores de los tiempos de la República de Weimar que le pidieron acompañara con la batería favoritos como La paloma. Y también la gitana Philomena Franz cantó jazz en Birkenau, mientras se sometía a las inyecciones de Mengele. Sólo así pudo contrarrestar los planes de quienes querían incluirla en la sección de prostitutas. Luego de mentir que tocaba el acordeón a piano, Edith Bejarano logró que la dejaran ensayar a solas este instrumento hasta que finalmente encontró el DO que le permitió acompañar Bel Ami, otro favorito del campo.

Sobre el final del acto en el museo judío, los contertulios del podio preguntaron a Anita Lasker-Wallfisch que sentía cuando volvía a visitar los campos de Auschwitz y Bergen Belsen: ¿aprehensión? ¿angustia? ¿miedos retrospectivos? La respuesta: “Nada, absolutamente nada de eso,…¡porque la que ganó soy yo! Yo estoy viva y esos campos son una ruina que solo sirven para atestiguar la infamia y la locura de los nazis y sus planes. Pero todo eso fue destruido y yo seguí tocando el chelo. La música es invulnerable.” Es el mismo credo que la hace ver en los cortes de presupuesto para formación musical una irracionalidad semejante a suprimir antibióticos frente a enfermedades infecciosas. Sin la posibilidad de aprender a tocar un instrumento, un niño inevitablemente crece como un enfermo crónico.

Durante todo el acto Anita fue tan enérgica, incisiva, y risueñamente sarcástica como lo es en conversación privada. “Yo siempre voy a la yugular” me respondió una vez sonriendo, cuando le comenté que ella nunca parecía andar con demasiadas vueltas. Por ello quien la entreviste debe prepararse muy bien, porque en lugar de dejarse llevar donde el entrevistador quiere, la entrevistada terminará devolviendo cada pregunta con retruque destructivo de cualquier pretensión retórica. Pero es precisamente en estos retruques donde es posible advertir una humanidad poco común en su mezcla inteligencia y sensibilidad. Y por favor nada de sentimentalismos o figuras poéticas, aún cuando se habla de música. Eso que la música es inviolable fue dicho como si la música fuera un refugio antiatómico. Hace unas semanas la BBC la entrevistó junto al director de la incipiente orquesta sinfónica de Irak quién en un arrebato llegó a decir que la música era la mejor arma contra las guerras. Anita suscribió, pero con una de sus típicas notas de caución: “Bueno, tal vez. Tal vez es cierto que cuando un instrumentista está tocando, por lo menos en el momento de hacerlo, tiene que olvidarse de pelear. No le queda mas remedio que concentrarse en su partitura. No puede pensar en otra cosa…” Por ejemplo Coco Schumann, el jazzista incapaz de pensar otra cosa cuando volvió de Auschwitz a Berlín. Enseguida se fue a vagar a lo largo de la ruinosa Kurfürstendamm, Ku’damm en ese berlinés dialectal y cautivante en su resignado abandono que los editores del Der Spiegel ha preferido preservar: “¿Y que fue lo primero que vi? Un cartel con el nombre de ‘Ronny Bar’ y la música hasta podía irse desde afuera. Algún vivo ya había conseguido abrir ahí un bar…entro enseguida y veo mis colegas de antes haciendo música. Naturalmente fue una gran sorpresa para ellos. Todos me interrogaron: ’¡Chico!, Coco, ¿estás vivo?’ ” Contra estos Orfeos no hay infierno que valga.

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