España - Andalucía

¡Ojo con la OJA!

José Amador Morales
martes, 12 de abril de 2016
Sevilla, lunes, 28 de marzo de 2016. Teatro de la Maestranza. Antonín Dvořák: Concierto para violonchelo y orquesta en Si menor op.104. Serguei Rachmaninov: Danzas Sinfónicas op.45. Guillermo Pastrana, violonchelo. Orquesta Joven de Andalucía. Manuel Hernández-Silva, director musical
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Cuando se trata de un concierto protagonizado por una de las llamadas orquestas-escuela, uno tiende a pensar en programas, si no pretendidamente cómodos, al menos sí de un compromiso moderado tanto para los músicos como para el director e institución de turno. No fue el caso de Hernández-Silva y la Orquesta Joven de Andalucía de la que actualmente es director musical, actividad que compatibiliza con su titularidad al frente del conjunto sinfónico malagueño. La dos obras seleccionadas en el programa con el que la OJA se presentaba en esta ocasión en Sevilla son verdaderos caballos de batalla orquestales, particularmente la del ruso: así que nos encontrábamos indudablemente ante un programa de “todo o nada” artístico. 

Adelantemos ya que la prestación de la Orquesta Joven de Andalucía brilló a un nivel altísimo, en determinados momentos superior a la media de orquestas profesionales de nuestro entorno, pues el entusiasmo y el compromiso no siempre entienden de nóminas. Ningún concierto de los escuchados a esta formación por quien esto suscribe, ya fuese con Juan de Udaeta, Tilson-Thomas o el mismísimo Barenboim, ha deparado semejantes logros en cuanto a cuadratura o balance sonoro, texturas y calidad de sonido general. Indudablemente la labor del maestro hispano-venezolano, un apasionado del trabajo “de base” con los jóvenes, está dando su frutos. Ayudó sobremanera la acústica impagable del Teatro de la Maestranza, obviamente a años luz de las plazas y corsos taurinos en los que a menudo se ve obligada a participar la esta formación musical andaluza. 

El Concierto para violonchelo de Dvorak supuso el primer indicio de lo que acabamos de comentar. El granadino Guillermo Pastrana aportó seguridad técnica y la firmeza de su violonchelo, en detrimento de un sonido no siempre redondo. A falta de una continua y deseable interacción entre solista y orquesta, sí encontramos momentos verdaderamente mágicos a lo largo de la interpretación. Baste citar el diálogo entre el chelo y el viento madera (aquí sencillamente extraordinario) en el tramo final del primer movimiento sobre el fondo aterciopelado de la cuerda: un hallazgo sonoro que se repitió de manera similar durante el segundo. O el “mano a mano” solístico entre la concertino de la orquesta y el solista antes de la coda final. Pastrana, emocionado por este debut personal en el Teatro de la Maestranza, obsequió a la audiencia una preciosa Nana de Manuel de Falla. 

En la segunda parte, el protagonismo fue para las Danzas sinfónicas de Rachmaninov, una obra de extraño desarrollo temático pero de enorme impacto rítmico y, particularmente, tímbrico, que aquí devino en todo en un ejercicio pedagógico de color orquestal. Hernández-Silva, que demostró dominar hasta el último recoveco de la partitura, obró el milagro: un contraste dinámico impresionante, un equilibrio sonoro prácticamente perfecto entre las distintas secciones instrumentales y, sin duda lo mejor de todo, una intensidad y un magnetismo electrizantes. Aquí la entrega de los jóvenes músicos fue total, destacando un metal brillante, segurísimo. Ante la cerrada ovación del público, Hernández-Silva atacó ni más ni menos que la Obertura de Candide, de Leonard Bernstein, a todas luces una pieza ideal para confirmar todas las excelencias anteriormente apuntadas y, en cualquier caso, disfrutar como pocas veces de una fantástica velada musical. 

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