España - Andalucía

Exquisiteces galas y desmelene eslavo

José Amador Morales
miércoles, 20 de abril de 2016
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Sevilla, viernes, 1 de abril de 2016. Teatro de la Maestranza. Claude Debussy: La noche en Granada (orquestación de Leopold Stokowski). Manuel de Falla: Noche en los jardines de España. Maurice Ravel: Gaspard de la nuit (orquestación de Marius Constant); Modest Mussorgsky: Una noche en el monte pelado (orquestación de Nicolai Rimsky-Korsakov). Danylo Saienko, piano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Tito Ceccherini, director musical
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Al duodécimo concierto de abono de la presente temporada de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla podíamos acercarnos desde diversos puntos de interés, todos ellos plausibles y sabrosos. De una parte, en tres de sus compositores -Debussy, Ravel y el propio Falla- se trataba de música directamente francesa o de influencia francesa directa en el caso del compositor español. De otra, nuevamente tres de las cuatro propuestas -Debussy, Ravel y Mussorgsky- ofrecían orquestaciones a posteriori de sus respectivas creaciones originales. Y, en cualquier caso, todas ellas con un componente y requisito común: el enorme despliegue tímbrico al que se enfrenta la orquesta.

En este caso el conjunto sinfónico sevillano brilló a gran altura bajo la batuta de de Ceccherini que se reveló consistente en lo sonoro y elocuente en lo expresivo. El comienzo de la velada con La soirée dans Grenade de Debussy se reveló sumamente eficaz, pues la sugerente transcripción sinfónica del mítico Leopold Stokowski ahonda en ese sutil cuadro sonoro de una noche en la Alhambra granadina, aquí servida de forma realmente embriagadora. Recordamos una impresionante y mágica versión de las Noches en los jardines de España hace dos años en la que el taumatúrgico piano de Achúcarro distó mucho de la mediocre dirección orquestal [leer reseña]. En esta ocasión sucedió todo lo contrario y, mientras la dirección de Ceccherini resultó estimulante y enriquecedora, el piano de Saienko pasó de puntillas por demasiadas “verdades” musicales en una lectura que por momentos parecía repentizada.

La segunda parte del concierto comenzó con un Gaspard de la nuit, aquí ofrecida en la meritoria versión orquestal de Marius Constant cuya virtud estriba precisamente en encontrar satisfactoriamente un punto de equilibrio estilístico entre la impresionante obra original para piano y la personalidad del propio Ravel como orquestador. Precisamente fue de nuevo en color sonoro donde batuta y orquesta más destacaron, dentro de las excelencias y hallazgos de esta traducción sinfónica de la obra raveliana. Pero el clímax de la velada llegó con la imponente interpretación de Una noche en el Monte Pelado de Musorgsky, en la tradicional orquestación de Rimski-Korsakov. Una lectura de una increíble intensidad que vino a demostrar cómo Ceccherini había permanecido algo encorsetado entre las exquisiteces tímbricas y, salvo algún que otro apunte con Falla, no fue hasta el poema sinfónico de Mussorgsky donde se soltó y expresó con mediterránea vehemencia y apasionada intensidad. Intensidad, palabra que parece venderse cada vez más cara en el mundo de la interpretación musical en general y de la dirección orquestal en particular.

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