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“El estilista de la capital hispalense”, o “El barbero tiene un color especial”.

Jesús Aguado
jueves, 26 de mayo de 2016
Bilbao, sábado, 14 de mayo de 2016. Palacio Euskalduna. Gioachino Rossini. Il Barbiere di Siviglia. Libreto de Cesare Sterbini. Emilio Sagi, dirección de escena. Llorenç Corbella, escenografía. Renata Schussheim, vestuario. Eduardo Bravo, iluminación. Nuria Castejón, Coreografía. Marco Caria, Figaro. Annalisa Stroppa, Rosina. Michele Angelina, Il Conte d’Almaviva. Carlos Chausson, Don Bartolo. Nicola Uliveri, Don Basilio. Susana Cordón, Berta. Alberto Arrabal, Fiorello. Mitxel Santamarina, Ambrogio. David Aguayo, un oficial. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director. Orquesta Sinfónica Navarra. José Miguel Pérez Sierra, director musical. 64 Temporada de la ABAO.
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Fin de temporada y fin de fiesta en Bilbao con una de las obras más conocidas y queridas del repertorio, Il barbiere di Siviglia, de Rossini, un dulce y apetitoso postre para los aficionados bilbaínos, tan amantes de ese gran repertorio y con una manifiesta debilidad por las especialidades italianas, de las que han degustado un amplio menú esta temporada. Postre italiano, pues, pero al aroma de flor de azahar, a medio camino entre Nápoles y Sevilla tanto por la localización de la obra como por la muy sevillana ambientación de la bien conocida producción para el Teatro Real de Madrid de Sagi, que casi realiza un trayecto de ida y vuelta entre penínsulas, itálica e ibérica, entre tradiciones, flamenco y commedia dell’arte, feria de abril y carnevale, blanco y negro y color, toda una apoteosis mediterránea en las también apoteósicas dimensiones del muy cantábrico Palacio Euskalduna.

El simpático barbero protagonista era Marco Caria, barítono italiano de voz agradable y presente y muy divertido como actor. ¿Tal vez se le pudiera pedir a su Figaro un punto más de refinamiento vocal? En algún momento pude tener la sensación de que sacrificaba algo de calidad vocal por su compromiso como comediante, pero en cualquier caso el resultado fue notable, y probablemente no sea éste el papel en el que tenga que demostrar según qué sutilezas. Annalisa Stroppa fue una Rossina deliciosa, una falsa ingenua de auténtico premio. Su timbre es un tanto oscuro, casi se diría de contralto en el registro medio y grave, pero resolvió todas sus agilidades sin aparentes esfuerzos, y la excelente dirección de actores le permitió también brillar en ese apartado.

Marco Caria.  Il Barbiere di Siviglia. Dirección de escena, Emilio Sagi, Marco Caria. Il Barbiere di Siviglia. Dirección de escena, Emilio Sagi, © 2016 by ABAO

Completaba el trío protagonista Michele Angelini como Conde de Almaviva, y su actuación me merece algunas reflexiones. La primera, en la que no voy a extenderme para no aburrir irremediablemente al lector, es la del tamaño de la sala y la adecuación o no al mismo de algunas voces. No es que Marco Caria ni Annalisa Stroppa tuvieran instrumentos precisamente huracanados, pero en comparación, nuestro Almaviva llegaba por desgracia a quedar en evidencia. Sin embargo, en el caso de Angelini, tuve la impresión de que en su canto hay una elección consciente: es un tenor de timbre hermoso y ligero, que le permite afrontar todas (y digo todas) las coloraturas de un personaje como el Conde con una gran facilidad. En los sobreagudos es difícil a veces dilucidar si está empleando realmente falsete o voz de pecho, sin que el detalle me preocupe lo más mínimo mientras el resultado sea hermoso, y en su caso lo es. Pero, y aquí entro de lleno en mi apreciación personal, tengo la sensación de que su apuesta por ese ligero y casi etéreo timbre lo es también por no sacrificarlo en ningún momento a cambio de conseguir un mayor volumen. Y esa apuesta en el Euskalduna tiene un precio alto, y es el resultar inaudible para parte del público. Me encontraba en esta representación en las primeras filas, y desde ahí pude escucharle perfectamente cuando cantaba solo, pues en los concertantes ya resultaba complicado distinguir su voz. Imagino que desde las filas centrales del patio de butacas su actuación pasase casi inadvertida desde el punto de vista vocal, y es una pena porque realmente fue una actuación notable. Cuántas veces he escrito ya comentarios semejantes, pero seguramente en un teatro de dimensiones más humanas su papel hubiera resultado más brillante.

 Annalisa Stroppa y Michele Angelina.  Il Barbiere di Siviglia. Dirección de escena, Emilio Sagi, Annalisa Stroppa y Michele Angelina. Il Barbiere di Siviglia. Dirección de escena, Emilio Sagi, © 2016 by ABAO

Quien no hubiera podido en ningún caso resultar más brillante, por pura imposibilidad física, fue Carlos Chausson como Don Bartolo. Voz, presencia escénica, veteranía, maestría, en suma. Resulta obvio decir que es una referencia en estos papeles, y es un puro placer verle y oírle. Fue el incontestable triunfador de la noche, y suya fue la ovación más cálida y encendida al acabar la obra. Bien Nicola Uliveri como Don Basilio; eficaz como actor, no acabó de aprovechar del todo la ocasión de lucimiento que brinda un aria como La calunnia. El papel de Berta, la criada, permitió a Susana Cordón un gran triunfo como actriz, pues en la producción de Sagi está casi siempre en escena, resultando verdaderamente chusca y divertidísima, y cuando llegó el momento de su aria sorprendió con una voz cálida y potente (tradúzcase por “capaz de llenar sin problemas el inmenso espacio del Euskalduna”) que controlaba a la perfección. Agradable la muy breve intervención de Alberto Arrabal como Fiorello, el director de los músicos en la primera escena antes de que Figaro y el Conde se reencuentren. Mitxel Santamarina fue el actor encargado de interpretar a Ambrogio, el otro criado de Don Bartolo, y David Aguayo, como un oficial, mostró una voz de volumen verdaderamente atronador.

Michele Angelina. Il barbiere di Siviglia. Dirección escénica de Emilio Sagi.Michele Angelina. Il barbiere di Siviglia. Dirección escénica de Emilio Sagi. © 2016 by ABAO

Las voces graves del Coro de Ópera de Bilbao cumplieron con la eficacia de siempre, aunque tal vez hubieran podido controlar un poco más su volumen, pues en el momento de la intervención de la guardia se apoderaron en exceso del espacio sonoro.

Ocupaba el foso la Orquesta Sinfónica de Navarra, que sonó empastada y precisa desde el primer momento, muy bien dirigida por José Miguel Pérez Sierra. Vivacidad, exactitud, todo lo que se puede esperar de una partitura rossiniana estaba allí, en la batuta del maestro. Hubo algún momento en que ese mecanismo de relojería orquestal que es la obra del de Pesaro pareció desencajarse ligeramente, pero fueron pequeños desajustes (algún concertante, con todos los protagonistas y el coro en escena) que seguro se corregirían en representaciones posteriores.

Il barbiere di Siviglia. Dirección escénica de Emilio SagiIl barbiere di Siviglia. Dirección escénica de Emilio Sagi © 2016 by ABAO

La producción era la de Emilio Sagi para el Teatro Real, ampliamente conocida y ampliamente eficaz, con su ampliamente estilizado sevillanismo que tan atractivo resulta a la vista, un sevillanismo que, como señalaba antes, se cruza en la primera parte, toda en blanco y negro, con recuerdos de los personajes de la commedia dell’arte italiana. El color irrumpe durante el segundo acto, añadiendo referencias cuasi circenses (yo no podía dejar de pensar en algún montaje de Els Comediants) con las cometas y el globo de la escena final. Mucha gente en escena, figurantes y bailarines, tal vez demasiada gente, o tal vez demasiado tiempo con demasiada gente en escena; podía llegar a dar la impresión de que Sagi se esforzaba demasiado en dar esa imagen más o menos costumbrista, pero lo cierto es que todos los movimientos estaban bien resueltos (el público disfrutó ampliamente de la producción) y que la dirección de actores fue magnífica. La escenografía, a cargo de Llorenç Corbella, a base de módulos que los figurantes van desplazando para crear los diferentes ambientes resulta efectiva y realmente bella dentro de su esquematicidad, con el enorme acierto de utilizar al propio Rossini como elemento decorativo, y con verdaderos hallazgos como la escena de la calumnia o como ese segundo plano escénico dentro de la casa de Don Bartolo, que ayuda a dar profundidad a la vista. La irrupción del color está resuelta de una manera sencilla pero magistral, y el final, en el que los módulos desaparecen y sobre el fondo negro destacan todos los colores de las cometas y el globo aerostático, son un verdadero acierto. La iluminación de Eduardo Bravo contribuyó en todo momento a resaltar lo que la escenografía iba planteando y sugiriendo, y el vestuario de Renata Schussheim fue un verdadero festín para los ojos, contribuyendo tanto o más que la escenografía a transformar la historia en un cuento infantil para niños grandes y bastante pícaros. Suyas son, a mi juicio, las referencias más evidentes a la commedia dell’arte, sobre todo durante todo el primer acto, con los trajes en blanco y negro y los lunares, tan flamencos y tan italianos a la vez, Pierrot y Colombina resolviendo sus cuitas a base de rebujitos y sevillanas. Sevillanas, por cierto, admirablemente coreografiadas por Nuria Castejón, al igual que el resto de movimientos coreográficos, siempre con un estilizado flamenquismo verdaderamente ágil y atractivo. Muy bien los bailarines, reseñados en el programa de mano a título individual, sin formar parte, al parecer, de ninguna agrupación estable.

Fin de fiesta, por lo tanto, en la ABAO, que cierra una temporada con un balance más que notable. Repertorio italiano en general magníficamente servido, con el único tropiezo, a mi juicio, del Don Carlos inicial (y a falta del Requiem de Verdi, al que no pude asistir). Un repertorio ante el que reconozco que tenía mis reticencias, pero que, interpretado como se ha hecho en Bilbao, no puedo sino afirmar que comprendo perfectamente que sea tan del agrado del público.

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